La piscina de Paco Castillo

Piscina Castillo Rafael Velasco Cabrera

La piscina de Paco Castillo (Foto de Rafael Velasco Cabrera)

Ahora que llega el esperado calor en este raro verano que nos ha tocado en suerte (y nunca mejor dicho, por lo soportable de sus temperaturas), viene bien hablar de algunas cosas del pasado. Palma del Río ha sido siempre una localidad calurosa, por eso he dedicado varias entradas a este fenómeno y su incidencia en nuestro pueblo. Incluso he tenido recuerdos para las piscinas, tanto de la pública que hubo en el Paseo, que ocupaba parte del Jardín Reina Victoria y de la que llegué a publicar una película que rodó mi suegro, Miguel Santos Enríquez, cuando se puso en funcionamiento, allá por por el verano de 1971, como de las privadas. Además, en mi casa mi padre hizo una pequeña alberca, que nos servía de piscina y para regar el huerto que mi madre tenía en nuestra antigua vivienda.

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El autor en la piscina de la vieja casa

De niños, y también de más mayores, hemos conocido piscinas privadas para uso propio, y otras que eran usadas como establecimientos públicos. Recordemos la que tuvo el cura Don Tomás, donde muchos niños y jóvenes buscaban diversión y el frescor de sus aguas. También, cuando derribaron mi antigua casa, su nuevo dueño (Rafael García Belmonte), que al mismo tiempo se quedó con la casa del al lado, la de los Angulo, para hacer un mesón anejo a la Discoteca Géminis, construyó en su solar una piscina privada de uso público, que funcionó algún tiempo.

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Repasando una vieja revista palmeña, la publicación Guadalgenil, he encontrado un anuncio de 1959 de otra piscina que fue muy popular, la de Paco Castillo Anguita. En esta inserción publicitaria nos ofrece sus servicios y precios, animándonos a pasar las vacaciones en nuestro pueblo. De ella también he comentado algunas cosas en otras entradas del viejo Celtibético.

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Localización de la piscina

Paco Castillo, conocido popularmente como Al Capone, por ser empresario de famosos billares y máquinas recreativas (tragaperras), ha sido siempre un gran emprendedor. Era sobrino de Nieves Castillo, la de la Fonda Castillo (también “Huéspedes Castillo”) que había al final de la calle Portada, y que los niños llamaban la “Fonda de Blanca Nieves y los siete Balconcitos”, haciendo un juego de palabras con el nombre de la dueña y los siete balcones que presentaba en su planta alta. De la fonda o pensión también he encontrado publicidad en la misma revista, en ejemplares de finales de los años cincuenta del siglo pasado. En ella hace referencia a la piscina, como un servicio más del establecimiento hotelero. Estaba frente al viejo Cine Coliseo España.

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Durante años esta piscina de Castillo prestó un servicio muy querido, no solo por los clientes de la pensión o fonda, sino también por el público en general, mérito por el que hoy la volvemos a recordar. Posteriormente, Paco Castillo edificó un salón de bodas y una cochera colectiva en el solar que ocupó la piscina, y más tarde, cuando incorporó también el local del añorado Bar Charneca al edificio de la antigua pensión, con todo el terreno pudo edificar el actual Hotel Castillo que todos conocemos.

 

Los veranos en el Rincón de la Victoria

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Con mi padre y mi hermano Roberto, al fondo mi madre, en la playa

Ya que acabamos el primer periodo de vacaciones, donde he estado estudiando (y examinándome del primer ejercicio de otras oposiciones) y disfrutando de una semana de descanso en la playa, parece buen momento para recuperar una entrada del viejo Celtibético alusiva a las vacaciones de la niñez. Ahí va.

De pequeños, cuando mis hermanas Sole y Mari vivían en Málaga, era frecuente hacerles una visita en verano. Incluso llegamos a pasar algunas temporadas allí, por ejemplo, en la Barriada de El Palo, y varias veces en la población del Rincón de la Victoria. Allí tenían unos parientes de mi padre, los Doblas, unos apartamentos que alquilamos para pasar parte del verano. Eran los años 70, y mis padres y mi hermano Roberto y yo nos desplazábamos con placer para disfrutar de la playa. En aquellos tiempos me gustaba la playa y era motivo de alegría ir allí, además de por estar con mis hermanas.

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A la izquierda Roberto y yo a la derecha

El Rincón de la Victoria era ya una zona turística dentro de la Costa del Sol, aunque entonces se veía menos masificada que en estos tiempos. En nuestros días ha llegado a ser considerado uno de los municipios con mayor bienestar y renta per cápita de la provincia de Málaga, aumentando su población considerablemente desde aquellos tiempos en que lo visitábamos.

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La playa del Rincón en la actualidad desde la misma perspectiva de la foto anterior

En el bloque de apartamentos había un local para disfrute de los vecinos, donde había juegos de mesa (billares, futbolines, etc.) y un escenario para representaciones o actuaciones musicales. Recuerdo que mientras jugábamos un verano sonó machaconamente en los altavoces del local el éxito de Demis Roussos Velvet Mornings (1973), ese que tenía el famoso estribillo de “Triki triki”, la canción del verano. Allí hicimos amigos y compartíamos juegos con los Doblas más pequeños, por ejemplo, Jaime, al que vimos hace no mucho tiempo en el funeral de mi cuñado Antonio Miguel. Otro de ellos era Juan Doblas, el padre, una persona encantadora que cada septiembre venía por Palma en las fiestas patronales y se llegaba a visitarnos a casa, hasta que falleció.

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Con mi madre, Sole y Roberto en la calle del bloque de apartamentos

Muchas más anécdotas se podían contar de aquellos veraneos. Como cuando perdí una de las sandalias con las que iba a la playa y con la que me bañaba, ya que la arena tenía también muchas piedras y era molesto andar descalzo. A la vuelta me prestaron unas chanclas y eso fue motivo de bromas entres los niños de la zona, pues entonces no estaba de moda que los varones usaran este calzado, que se consideraba más propio de mujeres.

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Las familias Domínguez y Doblas en las puertas del apartamento

O cuando una tarde, paseando detrás de los bloques, me picó una avispa en el cuello y, al golpearla, la retuve allí con la mano, con lo que volvió a clavarme el aguijón, provocando una enorme hinchazón en esa zona.

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Con mi madre, Sole, Mari y los niños de los Doblas

Aquellos eran otros tiempos, y Roberto ha vuelto hace poco de allí, comentándome que ha cambiado mucho la fisonomía del lugar. Así que he “desempolvado” algunas viejas fotos de nuestro paso por allí. Recuerdos que alegran también el verano.

Feria del Teatro en el Sur 2017, lo visto

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Una vez más la Feria de Teatro en el Sur ha tomado las calles y espacios de Palma del Río, en este caso en su 34 edición. Como estoy escaso de tiempo, son pocas las obras que he podido disfrutar, pero les haré su, aunque sea pequeño, comentario, como acostumbro desde hace años.

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El martes 3 de julio asistimos al Teatro Coliseo para ver “Marat/Sade”, la obra de Peter Weiss, en la versión de la compañía Atalaya. Un texto donde se contraponen dos visiones contemporáneas de las ideologías, encarnadas en los dos personajes principales: Marat, como representante del colectivismo, del “ala izquierda” de la Revolución francesa, y el Marqués de Sade, defensor del individualismo, la “derecha egoísta”, presentes en una obra de teatro puesta en escena en el manicomio de Charenton por los internos. La obra, de 1964, se adapta bien a esa visión de la política tan del momento, que enfrenta derecha e izquierda de forma maximalista, tajante, dogmática y maniquea incluso (las “dos orillas”), donde no caben los matices. Atalaya se echa de lleno en brazos de esta concepción simplista, haciendo uso de las influencias del teatro de Bertolt Brecht que tanto caracterizan sus últimos montajes. Eso sí con un trabajo muy bien elaborado, con una escenografía minimalista, basada en el empleo de telones que sirven para muchos usos, muy efectista y lograda. El trabajo de los actores y actrices bien resuelto, aunque la música, para mí no aportara nada, e incluso impidiese comprender algunos mensajes.

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El miércoles llegó al Coliseo la hora de la nostalgia. La compañía La Cuadra de Sevilla volvía a Palma con su obra “Quejío”, un montaje de 1972 que a nadie dejó indiferente entonces. Salvador Távora (que tuvo que subir al escenario, a pesar de sus achaques y años, para ser aclamado) quiso montar en su día un espectáculo donde el flamenco dejaba de ser el entretenimiento de los señoritos y los turistas, para pasar a expresar las penurias del pueblo andaluz, la queja de los mineros, jornaleros y otros trabajadores, postrados ante el poder de los amos, los grandes terratenientes y los empresarios, que esquilmaban las riquezas de estas tierras, explotando a sus habitantes. Unos habitantes que lanzan sus quejas, sus quejíos, en forma de arte flamenco, de cante, de baile, de lamento. Tiene la obra su parte de actualidad, aunque mucho haya cambiado la realidad andaluza 45 años después de su estreno. Pero la Andalucía de la Transición, en la que encumbramos la producción de Távora, ya es historia, y ni los nacionalismos entonces en boga, ni las soluciones “agraristas” nos sirven para conquistar un mundo mejor en nuestro solar. No obstante, no vino mal un poco de recordatorio (con mucho arte) de dónde venimos.

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Terminamos nuestro repaso por lo visto en la Feria (solo 4 obras de las 29 programadas), con dos representaciones del viernes 7. La primera, también en el Teatro Coliseo, a cargo de la compañía jerezana La Zaranda, otra de las clásicas de la Feria. Trajeron “Ahora todo es noche”, un montaje protagonizado por tres mendigos que nos enseñan sus miserias, sus grandezas, su vida en permanente lucha por la supervivencia, entre cubos de basura, estaciones, comedores sociales y obras sin terminar, con buen o mal tiempo, haciéndonos ver que un día se puede ser el mejor y al poco caer en lo más profundo de la pobreza, con todo lo que ellos conlleva de mantenimiento de la dignidad o de pérdida de ella y hasta del juicio. Exposición bien resuelta con el magnífico trabajo de los tres actores y el escaso atrezzo. Para mí lo mejor que he visto este año (y salvando lógicamente lo que no he podido presenciar).

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La segunda y última obra, la muy esperada “Lope que te parió”, de la muy querida compañía Malaje Sólo. Parodia al estilo acostumbrado de este grupo, encabezado por Jose Antonio Aguilar (que se hiciera famoso aquí por su paso por Garrapato Teatro) del teatro del Siglo de Oro, encarnado en dos obras: “El mejor alcalde, el rey” de Lope de Vega, y “La vida es sueño” de Calderón de la Barca. Gags, chistes, parodias, sin muchas pretensiones (también afortunadamente) que hicieron reír un buen rato a los asistentes, para empezar de buena manera y algunas risas el ansiado fin de semana. El año que viene, más.

El Paseo y el Barrio de San Francisco, a través de los años

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Seguimos recuperando entradas del viejo blog Celtibético. Esta vez, ya que estamos en verano, lo hacemos con un lugar singular y característico de esta estación: El Paseo. También con alguna novedad, respecto al artículo de 2014.

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Hace años dediqué un post al Paseo, al Paseo Alfonso XIII, titulado “Las noches en el Paseo”. En aquella entrada, además de describir esta zona de Palma, me extendí por algunas de las costumbres que caracterizan sus quioscos, ente ellas esa de que te llamen a voz en grito para hacerte saber que tienes preparadas las consumiciones que has encargado, para que te las lleves a tu propia mesa, pues se trata, en la mayoría de los casos del llamado “autoservicio”. Los quioscos y sus ritos son una parte esencial de esta zona de esparcimiento con tanta solera.

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Hoy vuelvo al lugar, en el recorrido de recuerdos de otras épocas. Épocas que comprenden desde la niñez hasta hoy día, pasando lógicamente por la juventud, pues, para mí, como para muchos habitantes de esta tierra, el Paseo ha sido siempre un lugar esencial. Esencial sobre todo para la temporada veraniega, pues, aunque ahora hay establecimientos abiertos todo el año, lo tradicional era que funcionasen desde la primavera hasta septiembre, aproximadamente, comprendiendo la época estival su apogeo.

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Mi suegro, Miguel Santos, con un amigo junto a las norias

El Paseo es zona verde y de ocio desde tiempos remotos, desde que allí se instalaran las ferias de ganados que dieron origen a las actuales ferias de mayo y agosto. Elementos característicos son sus quioscos, conocidos antaño con el nombre de “aguaúchos”, que están a “tentebonete”, sobre todo en feria. Establecimientos ubicados a ambos lados de la franja de albero (el paseo central) que se delimitó con árboles, formando la parte para caminar, que empezaba en la Avda de Pío XII y termina en la salida a La Chirritana, en la zona conocida como “La bombilla”, cerca del río Genil. Allí había varias casas, donde hubo un bar que no conocí, propiedad de un amigo de mi padre, al que llamaban Juan Manuel “el del Puente” (posiblemente por ocuparse del puente de San Francisco Javier). El bar lo compró el dueño de la Electro Harinera y en él vivía Antonio González Domínguez, que era el gerente. Había además otras casas, la de los llamados “Juncos” (la familia García Martínez) y otras junto al río, más pobres. Esas casas estaban cerca de la “fábrica de harinas”, la Electro Harinera, empresa que fue de la familia García Liñán. construida en 1941-42 y ampliada en 1954. En la zona de terrizo entre las casas y la fábrica, junto a la tapia que daba al río Genil, la Asociación Cultural Vientos del Pueblo, a la que pertenecí, montó varias ferias una caseta, cuando todavía no existía el recinto de caseta actual.

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Fotografía de Miguel Santos: riada de 1963

En la parte del río que daba a la fábrica de harinas estuvieron muchos años antes las famosas norias que, decían, estaban allí desde el tiempo de los árabes. No podemos olvidar tampoco, para cerrar por aquí el recinto, que la Electro Harinera continuaba por la Avenida de Madrid, a espaldas de los pisos de San Francisco (los nuevos, los que edificó la Organización Sindical del Hogar, llamados 18 de Julio), con la calle la Isla, y Miralrío, donde estaban las cocheras de Manzano, el de los autobuses. Por allí se decía que estuvo el burdel de Anita Casas, una “madame” de meretrices que no llegamos a conocer, pero que no faltaba en nuestras conversaciones de niños, cuando queríamos insultar a alguien y decíamos, por ejemplo, que “era más puta que Anita Casas”.

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La zona central estaba delimitada por unas vallas de ladrillo y rejas metálicas, en su parte norte y sur. Las que dan a Pío XII aún se conservan, pero las que estuvieron en la parte más próxima al río fueron sustituidas por una pérgola, a principios de los años noventa del siglo pasado, cuando todo aquel área experimentó importantes cambios. Entonces se urbanizó el llano de los pisos de San Francisco, para situar el recinto de casetas de feria, que se estrenó en 1991. La calle del infierno o zona de los “cacharritos”, que se situaba en ese llano antes, pasó a una parte que compró el Ayuntamiento en la Huerta del Quinto, permitiendo además la ampliación del colegio San Sebastián. Además se pavimentaron los llamados paseos laterales (las vías exteriores que comunican con el jardín, por un lado, y el llano de San Francisco, por otro). Las vallas que subsisten fueron las que cerraban el cementerio y que el alcalde Martínez Bravo trasladó al Paseo. Me cuentan que, desde que esto pasó, los gitanos que eran supersticiosos entraban al Paseo por los laterales. Afortunadamente esto ya no sucede.

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Típicos ornamentos eran sus bancos, de obra, similares en factura a los del jardín, pero con respaldo de azulejos, donde mucho tiempo lució la publicidad de establecimientos locales, como vemos en una de las fotos de mi suegro, Miguel Santos. Que fueron reemplazados por otros menos singulares y ahora son de hierro fundido. También la iluminación tuvo su encanto. Al principio con una hilera de farolas en el centro del albero, con alta columna y dos brazos de los que colgaban las pantallas, con cierto estilo “modernista” y con las lámparas del momento. Podemos verlas en varias de las fotografías. Yo no las recuerdo, pero sí los báculos impersonales que se instalaron luego a ambos lados, similares a los de una carretera, a los que sucedieron unas columnas de cemento con muy feas pantallas de plástico translúcido, ahora cambiadas por otras luminarias, más estándar pero presentables.

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Nevada en febrero de 1954

Había varias casetas. La del Casino, o Círculo de Recreo, propiedad de esta entidad, a la derecha del recinto según se va hacia el río, donde se realizaban bailes en verano, además de en feria. Caseta exclusiva, vedada para mi. Allí recuerdo ver, desde fuera, actuar al famoso grupo musical Los Munsters. Hace algunos años el ayuntamiento la compró a sus dueños, como hizo también con los aguaúchos que eran propiedad privada, cuando se aprobó un convenio con sus ocupantes para regular su adquisición por el ayuntamiento palmeño, al ser el suelo de propiedad municipal. Desde entonces son varios los quioscos que han pasado a manos del consistorio, adjudicándose posteriormente su explotación por los particulares. Pero, volvamos a otros tiempos. Además había otra caseta, la Caseta de la Amistad, que sí era de propiedad municipal, la que hay a la izquierda, que recientemente ha sido también modificada gracias a una obra financiada con fondos del FEDER. En esa caseta, antes de retocarla, jugábamos muchas veces al salir del colegio San Sebastián, sobre todo cuando llovía, pues nos podíamos refugiar bajo su techumbre metálica. Como también jugábamos en los bancos de obra que antes hemos mencionado. Estas casetas eran las más antiguas. Más tarde se levantaron dos más al final, cerca de la valla sur. Una, a la izquierda, era el Munster Club, dedicada al grupo musical. Cuando cerraban en verano la discoteca El Candil, que había fundado el cura Don Tomás, en la calle Cuerpo de Cristo, la fiesta se trasladaba allí los fines de semana. No se me olvidan sus blancos muros, donde empecé a frecuentar este tipo de diversión. Como tampoco olvido su mobiliario: cajas de madera para naranjas con la base tapizada, como asientos, o las mesas, en forma circular con un agujero en medio. Además de los paneles con fotografías de cantantes o artistas del cine que colocaban en los muros, mirando al exterior.

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Mi madre, mi hermano Roberto y yo junto a la caseta de la OJE

A la derecha, enfrente, estuvo la discoteca de verano de la OJE, que, al igual que la anterior, trasladaba sus instalaciones cuando acababa el invierno. Allí, además, esta organización juvenil del Régimen celebraba actos y competiciones de deportes de salón, como ajedrez, tenis de mesa, etc. Sus arcos de ladrillo, enrejados y también blancos, como sus muros, tenían entrañable sabor. Ambas casetas, que compitieron por captar a los jóvenes de varias generaciones, desaparecieron con las obras de los años 90, dejando libres sus solares, que algunas veces fueron ocupados por los “chiringuitos de verano”, establecimientos provisionales que tuvieron bastante éxito durante algún tiempo, idea de Rafalín Campanario, cuya estela siguieron varios hosteleros después y que terminaron desapareciendo por los problemas del volumen de la música.

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Otros elementos esenciales el lugar eran los quioscos de helados, el de Los Valencianos, a la entrada, y el de Luis Ruiz, “el bollito”, en el interior. Objetos de deseo insuperable de todos los tiempos, sobre todo para los “paseantes” de menor edad.

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Rafael Lopera, en el centro con otros camareros y clientes

Pero lo singular, pues es algo que no se da en muchos pueblos y ciudades, eran y son sus quioscos, los aguaúchos. No en todas partes encontramos un buen número de bares con terrazas al aire libre, reunidos en una extensión de terreno fresca, hermosa y cómoda, pues permite que los padres disfruten del ocio, mientras sus hijos pueden jugar seguros en una amplia zona verde. Desde los primeros tiempos del paseo tenemos noticias de estos establecimientos. Como, por ejemplo, este quiosco, donde vemos, en medio de pie, de camarero, a Rafael Lopera Dugo, el padre de Antonio Lopera Flores, el de la imprenta Higueras, y de Rafael, que tuvo el Bar El Barco, en la esquina de las actuales Avenida de Andalucía, con Blas Infante, ahora clínica veterinaria del establecimiento del popular “Pepe, el de la Paja”. También está el tío del que fue dueño del Bar que había junto a la gasolinera de la entonces Avenida de la Diputación (hoy María Auxiliadora), al que llamaban “el Titi”. Una copia de una foto en mal estado, pero que conserva la visión de lo peculiar de aquellos aguaúchos añejos.

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También antigua es la terraza de Rafael Nieto, del bar Mezquita, el abuelo de mi amigo Federico Navarro, bar que frecuentaba mi padre. Con mi padre, mi hermano Roberto y mi madre, recuerdo haber estado en uno de esos bares, junto a otra obra singular, que todavía pervive, el Quiosco de la Música.

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Banda Municipal de Música. En el centro (con la batuta) el director. También aparecen otros, como su hijo (agachado a la derecha), los hermanos Pepín y Manolín Fernández, “Reina”, Paco y Antonio Lora, los “Escupiera”, Ortiz, etc.

Entonces actuaba allí la Banda Municipal de Música. Orquesta a cargo del maestro Angel Martínez de Chomón, padre del policía municipal Angel Martínez Calderón, al que vemos en la fotografía de la inauguración del poblado de El Calonge, agachado a la derecha, ya que también formó parte de la banda. Esta banda la componían palmeños del pueblo llano, como un herrero, un carpintero, un herrador de caballerías… y allí se interpretaban fragmentos de zarzuelas, pasodobles y otras piezas populares, que deleitaban los oídos de quienes estaban en las terrazas o paseaban por allí. Su música dejó de oírse siendo yo niño, pero pude saborearla aquella y otras noches de verano.

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También incluyo una imagen de una de las partituras que Angel Martínez de Chomón transcribió para la banda municipal de Albalat de la Ribera (Valencia) donde vivió antes de recalar en Palma. Este hombre nació en Chiva (Valencia), estuvo de director en la banda de música de Albalat de la Ribera desde 1927 hasta 1932 y luego marchó a dirigir la banda de Sumacárcer (Valencia). Se jubiló en Mieres y falleció en Sevilla en 1976, según me contó Salvador Astruells Moreno, musicólogo y autor de la Tesis Doctoral “La Banda Municipal de Valencia y su aportación a la historia de la música valenciana”, que me facilitó la fotografía.

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Junto a la Caseta de la Amistad, en los años 70 se formó la Peña Los Cabales, entre cuyos fundadores se encontraba Miguel Santos. Hoy día sigue funcionando, con un número importante de miembros, muchos de ellos hijos de los primeros socios, como mi mujer. También he conocido otros establecimientos, como el Bar de los Amigos, el Pichi…

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Arroz de apertura de temporada en Bar Guerra

Especialmente he frecuentado el bar Guerra, cuya familia he conocido desde muy joven, siendo su hija Lola, por ejemplo, una de las “niñas de la pandilla” en mi adolescencia y juventud. Allí he pasado muchos y buenos ratos, ya fuese consumiendo (lo poco que podía un joven en los años setenta y ochenta), echando el rato de charla con los amigos, jugando al “quinito” o viendo el fútbol u otra retransmisión destacable en la televisión que instalan en verano. Era un local especialmente “señalado” por ser frecuentado en tiempos de la clandestinidad por los “elementos subversivos” (como se decía entonces), al ir mucho allí miembros de las organizaciones comunistas y sindicales del pueblo. También era conocido por “el bar de los perros”, al tener en su decoración tras la barra, hace años, un cuadro con esos animales. Todavía sigue siendo un lugar habitual de nuestras noches de primavera-verano, ya reformado y en manos de Pepito, uno de los hijos de Juan y Serafina (excelente cocinera de la que recuerdo especialmente los callos), junto a su mujer, su cuñado Juan José y su hermana Eloísa.

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“Manzano” y su mujer en la barra

En frente a la entrada, estaba el Quiosco de Manzano, de Francisco Muñoz Manzano, padre de “Chiqui”, Francisco Muñoz Vera (al que agradezco que me haya cedido ésta y otras fotografías), oficial albañil del ayuntamiento. Francisco compró el quiosco en 1973 o 1974 a las hermanas Torres. De él recuerdo un juego con una rana de metal, en cuya boca había que introducir unas fichas. En una puerta lateral se veían los números de los cupones de la ONCE, que siempre escribían con tiza para que los clientes supiesen el número premiado.

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Iglesia de San Francisco, con la antigua valla (Foto Miguel Santos)

Había y hay otros quioscos. Nombres, además de los citados, como Mario, “Pollina”, “Peporro”, El vaporcito, Adolfo, Mínguez, Venus (Oliver), Rafael García “el cuquillo”, “El Primo”, el de las roscas, la pizzería… a los que uniremos más que seguro que recordaréis, y que componen la historia reciente de los establecimientos de este bendito lugar. Lugares donde encontrarse con los amigos, quedar con la familia y pasar un buen rato. Como los que no me resisto a rememorar y que disfrutamos muchas veces con Domingo Hidalgo, el abuelo de Manolo Pérez, que vivía en los pisos más recientes de San Francisco. Domingo pasaba mucho el tiempo en el Paseo ya jubilado, y no era raro que, si pasásemos por allí, nos llamara para invitarnos en algún quiosco.

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El Paseo está junto a uno de los barrios populares de Palma, el barrio de San Francisco, nombre lógico por la iglesia y antiguo convento franciscano, hoy hotel, que lo definen. A la entrada del Paseo, en la avenida Pío XII, estaba el cine Coliseo España de la familia Jerez. Cine de verano que compró el ayuntamiento y hoy día es el Teatro Coliseo. Antes fue Caseta Municipal y bar de verano que, por ejemplo, regentó Manolo Pérez. Cine de verano también del área de cultura. De niño íbamos a las azoteas de los pisos de San Francisco (los “blancos”, los primeros en construirse, en 1957 por la Obra Sindical del Hogar) para ver el cine gratis. En esos pisos vivió mi tío Rafalito, hermano de mi madre, con su mujer, Frasquita, cuando se vino de Madrid, ya jubilado y muy mayor. Y también vivían allí otros antiguos compañeros de colegio, como en los otros bloques de viviendas sociales posteriores.

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En esa avenida Pío XII también estuvo el Bar Romero, una fábrica de terrazos, que compró Paco Castillo, para su cine de verano (hoy salón de celebraciones Reina Victoria) o los locales de “El gallero” y el taller de Palma, “el civiquito”, frente al Jardín Reina Victoria. Por la otra parte, tras la calle Portada, la pensión de Castillo, el Bar de Charneca, la piscina de la pensión y, posteriormente el salón de celebraciones de Paco Castillo (“Al Capone”) y las cocheras. También recordamos el Bar Charito, la casa de Campanario, el de la droguería, la casa de González el jardinero, la carpintería de Nieto o el bar de Cabrera, San Francisco, dando a la plaza, donde años más tarde el ayuntamiento levantó una fuente, con piedras de molino de aceite, que dio mucho que hablar, y luego fue sustituida por la fuente actual.

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Mi madre (a la derecha) con amigas en el Paseo (el quiosco de la música no tenía pérgola, solo la valla y las farolas estaban en el centro del albero

Muchas cosas más se podrían decir del Paseo y del Barrio de San Francisco, pero por hoy hacemos una pausa. Seguro que para muchos de vosotros, como para la mayoría de los palmeños, estos espacios encierran un cúmulo de recuerdos que podemos compartir. Y los que seguirán provocando.

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

AMPRimg348Como estoy viendo que en el Facebook se está repitiendo el enlace de este antiguo post del viejo blog Celtibético, muy apropiado para las fechas en que estamos, y que recibió gran número de visitas y comentarios en su día (junio de 2014), y lógicamente, no se puede ver en ese blog (todavía bloqueado por Blogger), os vuelvo a publicar la entrada de entonces, incluyendo alguna foto nueva, facilitada por José Luis de las Heras. Disfrutad.

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Pantalla del Popular Cinema

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

Ahora que ha llegado el calor en su máxima expresión, como si estuviésemos ya en verano, apetece recordar aquellos lugares que eran esenciales para pasar las noches cálidas de nuestra ciudad, como, por ejemplo, los cines de verano. Palma del Río tenía tres cines de verano en mi niñez y juventud: el Cine o Cinema Jardín, el Coliseo España y el Popular Cinema.

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Cines San Miguel y, junto a él, Cinema Jardín

El Cinema Jardín, se situaba junto al Cine San Miguel, en la Calle Alamillos. Se llamaba así, supongo, por las plantas que lo adornaban en la entrada y en el interior, unas enredaderas alojadas en celosías, creo que de color verde (si no me falla la memoria) muy llamativas. Era una terraza al aire libre que compartía máquinas proyectoras con el Cine San Miguel, que se volvían hacia cada local, según la temporada. La pantalla se colocaba en la parte más cercana a la calle Ana de Santiago.

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Calle Alamillos, donde estuvo el San Miguel y el Cinema Jardín, en la actualidad

Fui pocas veces a este cine, que fue el primero que cerró. Recuerdo una vez a mi madre decirme que íbamos a ir “al cine de la sábana blanca”, cuando mi hermana Mari se iba allí con las amigas y queríamos acompañarle. Se refería a que nos iba a acostar temprano, así que mejor olvidarse de la película. Tal vez pensase en la fama que tenía de que en sus sillas de anea se criaban chinches, y no tenía ganas de correr el peligro de los parásitos, frecuentes entonces en las zonas más modestas.

Carteleras-Guadalgenil-1959aOtro de los cines, que duró más tiempo en funcionamiento, fue el Cine Coliseo España. En 1932 el ayuntamiento autorizó a Miguel Jerez y Jerez (médico titular y funcionario municipal) a la construcción de un “teatro de mampostería para espectáculos de verano”, cediéndole el terreno para ello en el Llano de San Francisco (La Segunda República en Palma del Río, 1931-1936, Juan Antonio Zamora Caro y Joaquín de Alba Carmona. Editorial Coleopar Ceparia). En su terraza se llevaron a cabo todo tipo de espectáculos: teatrales, musicales (del gusto de la época, como la copla) y, por supuesto, proyecciones de películas. También recuerdo alguna “Naranjá flamenca” (festival de los que se pusieron de moda en los ochenta) organizado por la Peña Flamenca La Soleá.

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El Coliseo España

Posteriormente a su construcción se edificarían los pisos del Paseo, desde los que vimos más de una película de las que se proyectaban en el cine (sobre todo las que no nos dejarían ver por la edad), en la azotea del bloque donde vivían compañeros del Colegio San Sebastián.

El cine lo compró el ayuntamiento en los años ochenta para caseta municipal. Funcionó así algún tiempo, además de como bar y zona para espectáculos del Área de Cultura, incluido el cine de verano. Se ideó alguna fórmula de techarlo provisionalmente para su uso en invierno, pero finalmente se encargó un proyecto de teatro de nueva construcción, aunque reconstruyendo la primitiva fachada, como recuerdo de la anterior. Hoy día es el Teatro Coliseo, donde se desarrolla cada año parte de los espectáculos de la Feria de Teatro en el Sur, otras actividades culturales e institucionales, tanto públicas como organizadas por entidades privadas, y en contadas ocasiones se ha proyectado también cine.

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Popular Cinema, sillas y cabina de proyección

El Popular Cinema, era también conocido como el cine de la Calle Belén. Fue el último cine de verano privado durante bastantes años, hasta que se cerró para edificar viviendas, como le pasó al Cine San Miguel, aunque éste estuviese abandonado durante bastante tiempo en espera de un proyecto que le diese uso (solo fue empleado por el ayuntamiento durante algunas ediciones de la muestra de murgas del Carnaval). En este cine de verano, recuerdo haber visto, por ejemplo la entonces muy popular “Fiebre del sábado noche” (1977), todavía sin ser mayor de edad, como la mayoría de los asistentes, por lo que al salir al inicio de la proyección la indicación de que estaba autorizada para mayores de 18 años, las carcajadas llenaron la noche veraniega como si de un magnífico gag humorístico se tratase. Nadie podía resistirse a la moda de la música discotequera que esta película impulsó entonces. También asistí a otras películas y espectáculos musicales allí. Así como nos “colamos” más de una vez, viendo la película desde la azotea de los pisos de la Calle Belén, donde vivía mi amigo Manolo Pérez, aunque con mayor distancia que en el caso del Coliseo.

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Comunes a todos ellos, eran los “esenciales” servicios que prestaban al cliente. El puesto de pipas, chucherías, garrapiñadas, altramuces (chochos), por ejemplo, aunque también en los alrededores se instalasen comercios semejantes, la mayoría ambulantes, para surtir a los que iban a pasar allí la noche. Las pipas y otras chucherías, como las palomitas, parecen que están indisolublemente unidas a la contemplación cinematográfica. También había quien llevaba un botijo con agua fresca para que bebieran “a peseta la jartá”. Tal vez fue en el Cinema Jardín, donde lo hacía un tal Valdeón del que me han hablado algunas veces.

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Las carteleras de la “Plaza del Guardia”

El uso de sillas de anea fue nota característica durante algún tiempo. De ahí que del Cinema Jardín se dijera que en ellas se criaban chinches. Algo que pasaría en los demás también. Luego se impuso el uso de sillas y sillones de metal, como las que se usaban en las terrazas de los bares. Los ambigús, para el consumo de bebidas y refrescos, también se fueron generalizando con el aumento del nivel de vida, recordando, por ejemplo, el de Rafael Nieto. En cada cine encontramos unos comunes empleados: operador, taquilleros, control de entrada, barrenderos (por las cáscaras de pipas y otros residuos), acomodadores (que hacían las veces de vigilantes para mantener el orden durante la proyección). Estos cines, como las salas de invierno, anunciaban sus películas, además de en los medios locales, como la Revista Guadalgenil, en las conocidas “carteleras” que había repartidas en diversos puntos del casco urbano, sustituyendo a las de las salas cerradas durante el verano. Y funcionaban con sesiones diarias, lo que les hacía más atractivos.

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En el Paseo los titulares del antiguo Quiosco Manzano, con la fachada del antiguo cine de Paco Castillo al fondo

Habría que resaltar la importancia de los cines, y especialmente la de los cines de verano, en estos tiempos individualistas que vivimos. Eran un entretenimiento ideal y no caro para las noches calurosas, donde se cimentaba la amistad, la convivencia y las relaciones familiares. Un motivo para tomar un refresco, y salir a pasear. Nos ponía en contacto con el mundo que nos rodeaba, estrechando, al mismo tiempo, los lazos de vecindad. Un motivo de añoranza, repleta de emotividad. Algo que se perdió y se está perdiendo en otras partes, donde tienen a gala la conservación de estas instituciones sociales, como pasa en Córdoba capital.

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Foto aérea del Paseo con las naves que adquirió Paco Castillo para el cine

Los últimos cines de verano que hemos tenido en Palma, tras varios periodos de largos años sin nada, fueron el de Paco Castillo en la Avenida de Pío XII, cuyo solar ocupa hoy salón de celebraciones Reina Victoria. Y el que hubo en el lugar que alberga hoy día el Espacio Joven, en la Barriada del V Centenario, junto al Colegio Ferrobús.

juventudEl cine de verano se limita en la actualidad a las proyecciones que realiza el ayuntamiento en la temporada estival tanto en el Jardín Reina Victoria, como por diferentes barrios, donde hay plaza para las proyecciones. En ellas los vecinos se llevan su propia silla, sillón o tumbona para ver la proyección al aire libre. Y algunos hasta mesas de camping para degustar la cena o un tentempié, durante la película. Algo que nos recuerda aquellos gloriosos días en que disfrutábamos del séptimo arte en aquellas salas al aire libre, durante las cálidas noches del verano palmeño.