El guardia de tráfico

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Una de las imágenes que recordamos de la infancia es a Cleries (padre de nuestra amiga Mª Carmen Fuentes), el guardia municipal, con su gran altura y parsimonia habitual, al desenvolverse y al hablar (casi sin mover su fino bigote), montado en la bicicleta y advirtiendo a los niños que jugaban en la calle que se comportaran correctamente, pues, si no, les tendría que denunciar. Eran los tiempos en que la policía local (entones policía municipal, o “los municipales”) se desplazaba por el casco urbano de Palma del Río a pie o en bicicleta, pues no disponían de vehículos motorizados.

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La Plaza del Guardia, en 1960. Foto de José de las Heras

Cuando entré como concejal por primera vez en el ayuntamiento palmeño, en 1983, la corporación anterior, ya les había comprado un coche de policía, concretamente un Citroën Mehari, color crema, con carrocería de plástico y descapotable, sin más distintivos y equipamiento que la pegatina con su nombre y el escudo de Palma. Pronto llegaron a tener walkie talkies para comunicarse entre ellos y después un radio transmisor en el coche. Hasta hoy día, diferentes vehículos han servido para sus desplazamientos, disponiendo incluso uno equipado con material para hacer pruebas de alcoholemia, proporcionado por la Dirección General de Tráfico.

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El antiguo Cuartel de la Guardia Municipal, esquina calle Virgen del Rosario (frente al Bar Guanche). Foto de Gloria García Sánchez.

De los tiempos que hablaba al principio, y otros de los que me han hablado, recuerdo a guardias municipales, como el citado Fuentes Cleries, Mariano Peral, Ángel Martínez (el hijo de Ángel Martínez de Chomón, el director de la banda municipal de música), al apodado “Rosilla”, a Muñoz Cervera (cuya mujer tenía una tienda en la calle Ana de Santiago, cerca de la casa de mi tío Emilio), a José Carrasco (padre del anterior jefe de la policía), a Mariano Navarro, a Ortiz (que también fue jefe), a Damián González (padre del antiguo dueño del pub Mochu, del Río Seco), a Rafael Siles, a Díaz, al apodado “Poleo”, a Peso, a Julián, a “Reina” (que acompañaba al padre de José Felipe Cardenete, cuando venía a Palma a la inspección de pesas y medidas), al apodado “Perdigón”, a Navarro “Correo” (al padre y su hijo Juan)… Una plantilla de agentes que se fue renovando con el tiempo, tras las correspondientes jubilaciones, y mejorando en medios.

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La plaza del guardia (foto publicada por Saxoferreo)

También de épocas pasadas es la fotografía que encabeza esta entrada, cuyo autor en Miguel Santos Enríquez, el padre de Ana. En ella aparece un guardia municipal, con su bicicleta. Se trata de un policía que no conocía, pues falleció hace unos 50 años con 34 años de edad, Francisco Morales Ferrari, tío de Juan Morales, que tuvo el bar del Polideportivo hasta hace no mucho tiempo (logró identificarlo a través de otro tío suyo, cuando publiqué por primera vez esta fotografía). Está en la calle Muñoz (entonces llamada Capitán Cortés), pues a la derecha se aprecia una casa con mástil de bandera y rótulo en la fachada (entre las dos ventanas de la planta alta), que debía ser la antigua casa de Correos (también se aprecia el buzón en la fachada), antes de su traslado a la plaza de Andalucía; a la izquierda la casa de la Compañía Sevillana, y al fondo vemos una casa de la calle Barbera (antes Teniente Molero).

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La plaza del guardia en invierno, con el Banco Hispano provisional (por obras) y Gademar. Foto Archivo Municipal

La placa con el escudo de Palma, que hay debajo del faro de la bicicleta, nos indica que formaba parte de un servicio especial, el de Tráfico. Debe ser verano pues el niño que vemos detrás usa pantalón corto y camisa de manga corta. El agente lleva el uniforme de aquellos tiempos, aunque sin chaqueta, un uniforme de color gris, como los de otros cuerpos de policía (como los de la policía armada, de triste memoria, a los que llamábamos, por ello, los “grises”), con gorra de plato, correaje y cinturón blanco, y corbata oscura.

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Mariano Peral, junto a la peana en la plaza del guardia, con el autobús de Manzano, entre el BHA y la casa de Julio Muñoz. Foto del Archivo Municipal

Asimismo vemos en diferentes fotografías, que otros agentes vestían uniforme blanco y casco similar a los de la policía británica, cuando realizaban labores de regulación de la circulación. No se aprecia que porte ni armamento ni defensas (porra), por estar encargado del control de tráfico, algo normal en los tiempos en que el tránsito de vehículos a motor no era tan denso como hoy día, lo que permitía que numerosas calles de Palma tuviesen dos sentidos de circulación, haciéndose necesaria en ocasiones la intervención de los agentes de tráfico, para desatascar las vías, como pasaba en algunas encrucijadas, como la Plaza del Guardia, que ya comenté otro día.

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Foto de la plantilla de la Policía en otros tiempos: Ortiz, Fuentes Cleries, Peso, Muñoz Cervera, Mariano Navarro, “Perdigón”, Mariano Peral, Navarro (“Correo”), “Poleo” y otros (Foto cedida por Horacio Almenara a mi cuñado Ramón)

El guardia de tráfico, con su bicicleta, es un retrato vivo de otros tiempos, y refleja una época en que la circulación no nos daba tantos quebraderos de cabeza, como en la actualidad. Un recuerdo de aquellos momentos en que todavía se podía jugar y convivir con el vecindario en plena calle.

Referédum

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En medio del caos que estamos viviendo con el referéndum organizado por la Generalidad catalana el pasado 1 de octubre, ilegal y suspendido por el Tribunal Constitucional, la “no-se-sabe-si” declarada independencia de Cataluña posterior, y todo lo que ello está dando de sí, más de uno ha empleado el argumento, en su defensa, de que los catalanes se han pronunciado votando sobre su futuro, a diferencia del régimen del 78, cuyo rey no ha sido elegido, ni los españoles se han pronunciado sobre monarquía o república. Aparte de que es una falacia dicho argumento, pues la decisión fue tomada con la Constitución de 1978, ratificada en referéndum el 6 de diciembre de dicho año, en nuestra historia reciente encontramos otro referéndum donde el pueblo español se pronunció sobre si su Estado debía ser un Reino: el referéndum de la Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado de 1947. En esta consulta, celebrada el 6 de junio de ese año, se aprobó, por un 89, 86% del censo, entre otras cosas, que España se constituyera en Reino, que Franco fuese Jefe del Estado vitalicio, la creación del Consejo del Reino (disuelto con la Constitución de 1978) y que Franco propusiese a las Cortes a su sucesor, “a título de Rey o Regente”, como efectivamente sucedió en 1969, cuando nombró a Juan Carlos de Borbón “Príncipe de España”, como sucesor a título de Rey, tras su muerte.

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Es decir, que el pueblo español decidió mayoritariamente, con su voto (“Volem votar!”), que España se convirtiese en monarquía y que el Rey fuese el sucesor del dictador, a su fallecimiento. Así que no sería cierto, como nos dicen algunos, que no se haya votado esta monarquía. A mí me hubiera gustado que, a la muerte de Franco, hubiésemos podido elegir entre monarquía o república, pero no es ilegítimo que tengamos monarquía, pues, además, así fue confirmada en el referéndum constitucional de 1978. Algunos dirán que la consulta de Franco no fue una consulta democrática… y es verdad. Votar no significa elegir democráticamente, no es lo mismo. Eso lo hemos visto en el referéndum ilegal del 1 de octubre: no había censo oficial, se pudo votar más de una vez (como se ha comprobado en más de un caso), no había un órgano imparcial o judicial que verificase la votación y el escrutinio, el recuento fue “clandestino”, se vivió un clima de acoso y coacción hacia los no partidarios del referéndum, la misma consulta estaba orientada para que saliese el objetivo de los convocantes (la independencia), no había garantías de imparcialidad y de derechos de todas las opciones, etc. Lo mismo que en ese referéndum de 1947 ¿no?, nos dirán los partidarios del derribo del “régimen del 78”. De este modo, si lo importante “era votar” (“Volem votar!”) y eso era lo democrático el 1 de octubre, también fue democrático el 6 de junio de 1947, porque los españoles votaron. Y, si este no vale, aquel tampoco. Como diría un castizo: “o todos moros, o todos cristianos”. Con Franco ya se bailaba el mambo. El mambo de las falacias.

(En las imágenes, certificados de votación en el referéndum de 1947, en Palma del Río, donde aparecen como votantes familiares de Antonio Lopera Flores, que me facilitó las copias)

La Cantarería de Onieva

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Recuperamos otra entrada muy visitada en su momento del viejo blog Celtibético, sobre la Cantaería de Onieva, una institución artesanal e industrial del pasado palmeño, cercano a nosotros en nuestra infancia.

“Este paseo que estamos dando en los paisajes de Palma, de mediados del siglo pasado en adelante, por donde transcurrió mi niñez, nos llevó en el último capítulo por la muy larga calle Río Seco. Algunos comentarios me han hecho de este viaje imaginario en estos días, en el blog, pero, sobre todo, en persona o por correo electrónico.

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Calle Río Seco 1958 ( de la publicación “Palma un paseo único”)

Sigo buscando imágenes que ilustren estos capítulos de mi memoria, compartida por muchos, y que completen incluso lo ya evocado. La mayoría de las imágenes que he incluido en días pasados forma parte de la colección de fotografías que posee la Diputación Provincial de Córdoba relativas a nuestra ciudad, a las que he podido acceder, como ya las tiene el archivo municipal. Hoy he tenido una gran alegría al conseguir algunas copias de fotografías más, que me ofrecieron en días pasados, a cuento de lo relatado sobre la calle Río Seco. Son sobre la cantarería de Onieva, que nombraba hace una semana (se refiere a una entrada de 2011, en el viejo Celtibético), y me las ha facilitado Francisco Godoy, el mismo que me proporcionó imágenes del Bar El latero, al ser su tío. Estas imágenes las tiene por estar casado con Belén, hija de uno de los Onieva, que llegó a trabajar en la tienda de la que hablaba en el post anterior. Son imágenes más antiguas que este humilde cronista de recuerdos, pero reflejan a la perfección lo que fue aquella entrañable empresa artesana.

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Horno de la Cantarería (Foto de internet)

Los Onieva son varias familias, algunos de los cuales emparentaron con familiares de la primera mujer de mi padre, dando lugar a los López Onieva, conocidos y amigos míos. Como decía en el post anterior, la empresa y la casa estaban en calle Río Seco, pero también se comunicaban con la calle Boquete de Anghera, de la que os hablé antes. En esta casa vivió Manolito Onieva (como se le llamaba en casa), cuya familia tuvo algunos pacientes de mi padre, como practicante, en los años difíciles de la sanidad local, y que luego continuaron siendo atendidos por mi hermano mayor Pepe, el médico.

La primera fotografía, de 1942, que da inicio al post, creo que es de este hombre que he citado anteriormente (Me aclara Francisco que su nombre es José, su suegro, padre de Belén. Quien yo creía, aunque con nombre equivocado). Está, como vemos, trabajando en el torno, haciendo uno de los famosos cántaros. Le acompañan unos jóvenes que le ayudan en su tarea, deduzco por sus manchas. El torno es tradicional, accionado con el pie. Tiene sobre él unas pellas de arcilla, preparadas para ser moldeadas. A la derecha se almacenan los cántaros recién torneados, esperando pasar al horno.

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En la siguiente fotografía, aunque de mala calidad, por el paso del tiempo, podemos apreciar el exterior de la cantarería. Al fondo a la izquierda, sobresale la torre de la Parroquia de la Asunción, luego, si vamos hacia la derecha, vemos el fin de la calle José de Mora, con el rótulo del nombre arriba del muro de la última casa. Luego donde estaba la carpintería de López, por ejemplo, con un gran portalón. Tras una casa baja, la Cantarería, con dos plantas. En el bajo, unas personas sostienen cántaros, salvo una que está cogiendo un recipiente que le echa uno de los de la planta superior por la ventana. Obsérvese la suerte del fotógrafo, que pudo captar el cántaro “volando” hacia quien tenía que recogerlo.

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En la imagen que nos precede, vemos parte del proceso de elaboración de los objetos de cerámica. En este caso un paso previo, la obtención de la materia prima. La cerámica se fabrica con arcilla que, mezclada con agua, forma una pasta flexible, moldeable, que permite dar forma a diversos útiles. Una vez que pierde el agua, generalmente por el secado en un horno, se vuelve dura y resistente. Aquí vemos como se obtiene la arcilla, en un lugar conocido en Palma como el “Cerro de la Grea”, es decir, el cerro de la greda, que es un tipo de arcilla que se encuentra en ese montículo. Al fondo se ve un canal de riego, que vemos cuando vamos por la carretera de La Campana. La greda se colocaba en capazos de esparto o caucho y la transportaban en el camión que vemos hasta la alfarería.

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En esta otra imagen vemos algo fundamental. Están descargando el combustible del horno: las ramas o paja que alimentaban el fuego. Mi hermano mayor me cuenta que vio muchas veces hacer esta operación, cuando un hombre alto (cree que conocido por Aruja) las metía en el horno con una horquilla larga. Le gustaba verlo, pues también tenía su emoción la cosa, al tener muchas veces el operario que esquivar las lenguas de fuego que salían de la boca del horno, como rebufo, buscando oxígeno. Como ya os decía en la entrada anterior, ese combustible quemado (las pavesas) se mezclaba con el humo, que, si los vientos no eran favorables, terminaban cayendo en las casas del vecindario, como la nuestra, arruinando más de una colada tendida para secar.

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Y esta otra fotografía, nos da una idea clara del interior de la alfarería. En ella se ve el edificio de dos plantas, con ventanas cubiertas por esteras de palma o esparto, a modo de persianas, algo muy típico de nuestro pueblo entonces. Vemos también los cántaros almacenados, y las ramas o paja para encender el horno. Hay muchas tejas secándose al sol en una especie de colgadizo, que sirve para proteger otros productos. Por encima de los tejados vemos sobresalir edificios que nos orientan sobre su situación. A la izquierda vemos la torre de proyección del cine Salón Jerez, tras ella, la espadaña del Convento de Santo Domingo, o escuela de La Inmaculada. Hacia la derecha aparece la espadaña y el tejado de la Ermita de la Coronada. Y luego, más al fondo, casi borrosa, la torre de la iglesia del Hospital de San Sebastián.

La tienda estaba en la acera de en frente. Yo iba de pequeño con mi madre a comprar botijos, o macetas para las muchas plantas con las que adornaba la casa. Terminó vendiendo también objetos de la conocida ciudad alfarera cordobesa de La Rambla y de otras procedencias, y de peor calidad, cuando el taller decayó y las modas empujaron a la gente a comprar otros útiles de materiales más baratos y resistentes, como el plástico. Cerró hace años. Una lástima.

Sirva este pequeño reportaje de homenaje a esta industria artesanal palmeña con mucho sabor y fama. Y hoy, estas imágenes sirvan también de homenaje a los obreros que trabajaron allí, sosteniendo una modesta, pero importante, empresa de nuestra localidad. Muchos, fallecidos, como Juan Manzano (cuyo hermano aparece en la primera imagen de niño, a la derecha), cuya familia vivió al final de la calle José de Mora. Alguno incluso vivo, como Antonio Ascanio, tornero, que ha ayudado en el taller de cerámica de mi amigo Pepe Lora: Barro de Palma, nombre en honor a la materia prima con la que se fabrica aun una gran cantidad de productos cerámicos.”

El Cordobés, en Palma del Río, torea por primera vez

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Manuel Benítez “El Cordobés”, toreó en Palma en 1960, cuando todavía no había tomado la alternativa, en una plaza portátil. Una novillada con picadores (la primera) con reses de Juan Pedro Domecq. Cortó cuatro orejas y un rabo. Triunfo total en su tierra. Esta fotografía, del archivo de José de las Heras, da fe de que ya se estaba convirtiendo en ídolo de masas. Nos lo muestra rodeado de admiradores de todas las edades, ufanos, ratratándose con el joven aspirante a torero, ya famoso.

De nuevo echo mano de una de las fotos de este no muy numeroso, pero sí interesante archivo gráfico, pues en ella, delante de “El Cordobés” aparece la hija pequeña del técnico que vino a las obras de ampliación del Canal del Bajo Guadalquivir, Begoña. También, al otro costado del torero, encontramos a Brígida Trujillo, hija del médico Juan Trujillo del Río (nombre que ostenta el Centro de Salud), cuyos familiares fueron amigos de esta familia que recaló algunos años en nuestra ciudad, conocida como “los bilbaínos”.

En la imagen aparecen otros personajes conocidos, que no dudaron en fotografiarse junto al diestro triunfador. De izquierda a derecha: Atanasio Caro Nieto, pariente de la familia Caro Dugo de la calle Feria (residente en Madrid), Alvaro Martínez Conradi, propietario de la ganadería de toros bravos “La Quinta”, sita en la Finca “Fuen La Higuera”, Miguel Delgado Reina, hijo (ya fallecido) del alcalde de entonces, Miguel Delgado Ruiz (también fallecido), que aparece a continuación (con bigote), junto a “El Cordobés”. Le siguen Antonio Raso Tirado, que vivía en la casa del Arco de la Calle Ancha (junto al surtidor), que, junto con otras edificaciones, posteriormente fueron demolidas para hacer una gran promoción de viviendas. Y Manuel Jiménez, veterinario ya fallecido. Les acompañan otros paisanos, entre adultos y niños, cuya identidad desconozco. Y dejan constancia de la alegría, por el resultado del festejo, celebrándolo en un bar de la localidad palmeña. Otro documento histórico e interesante de nuestro pasado reciente.

La tortería de Esteve y su entorno, un lugar con historia y con historias

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Hace unos días, en un conversación sobre “antigüedades”, Juan Delgado (“Iríbar”, conocido con este apodo por sus tiempos de profesional de portero de fútbol en su juventud) mencionó un edificio y un entorno que ya conocemos por diversas entradas de nuestro blog Celtibético. Por su mujer, Mª del Rosario (“Sario”) Esteve, recordó la tortería Esteve que había en la hoy llamada Plaza de España, entonces Plaza del General Sanjurjo y que conoció gracias a ser familiares de la esposa. La tortería estaba situada junto a la casa de una maestra, conocida como Doña Lola, en la entrada de la travesía de la calle Alamillos.

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Casino y Acción Popular en febrero de 1936, tras el asalto

Eso me hizo recordar unas palabras (y una fotografía, la del inicio de la entrada) que me envió José Luis de las Heras, el hijo del ingeniero José de las Heras Hernández del que publiqué hace unos meses algunas de las fotos que me facilitó. Este hombre se trasladó a finales de 1959 con su familia a Palma del Río, para la ampliación del canal del Bajo Guadalquivir, y residió en una vivienda de alquiler en esta zona. Estas son sus palabras:

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Antigua Fuente en la actual Plaza de España

“Doña Lola, propietaria de la casa, era una viuda, creo que maestra, ya retirada, muy conocida y apreciada en Palma. Tenía una hija, Lolita, que unos años más tarde casó con Alfonso Calañas, original de Priego de Córdoba.

La casa, situada en un rincón de la Plaza de España, al lado de la farmacia Chacón, era típica, con patio central con su pozo y una parte trasera con cuadras, cochera y graneros, con salida a la calle Alamillos. Ocupaban una de las dos partes en que habían dividido la casa, reservándose la planta alta y una sala en la planta baja con acceso directo desde el zaguán y una ventana que daba a la Plaza de España, ante la cual pasaba, sentada, la mayor parte del tiempo, con la mesa camilla por delante. Por esa ventana entraban los efluvios de la tortería que quedaba a la derecha del portal, al salir.”

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Casino y sede de Acción Popular en febrero de 1936

El edificio donde estaba la tortería formaba parte de otro mayor. Donde tenían el horno era una dependencia con nichos u hornacinas y pinturas que recordaban por su forma a una capilla, posiblemente de una casa de alguien acaudalado, cuyo nombre no recordaba Juan. También recordaba que daba a la calle Alamillos, a unas cocheras y corralones que lindaban con la casa de la familia Expóstio, que hace años tuvo un quiosco de prensa, donde más de una vez compré el periódico de joven. Esa otra edificación (la de los corralones) fue demolida hace tiempo y sustituida por un edificio de dos plantas, con una amplia cochera en la planta baja. Algo que coincide con la descripción que nos da José Luis de las Heras.

Calle Rafael Calvo de Leon

Por la comparación de la fotografía que menciono, con otras anteriores del lugar, la ubicación de la tortería (que años más tarde sería sede de la Peña El Palmeño) estaría en las dependencias donde estuvo el antiguo Casino, sede de Acción Popular en la Segunda República, local que fue asaltado, tras el enfrentamiento entre jóvenes de izquierdas y derechas en febrero de 1936. Seguramente este edificio formó parte de las propiedades de la familia de Juan Calvo de León, que daban a la calle Alamillos. Los Calvo de León fueron una familia con numerosas propiedades e influyente, contando con alcaldes en Palma del Río y otros cargos importantes en las Cortes españolas. Varias calles ostentaron históricamente los apellidos Calvo de León, como la calle Feria (Rafael Calvo de León, a principios del siglo XX) o la calle Portada (calle Calvo de León hasta la Segunda República). Juan Calvo de León y Benjumea, diputado a Cortes, consiguió que en 1888 la Regente Maria Cristina otorgase el título de ciudad a Palma del Río. ¿Fueron las propiedades de Doña Lola y la tortería de Esteve parte de una misma finca de los Calvo de León? No lo sabemos, pero pudo ser, en base a estas descripciones.

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La plaza de abastos en 1943

La casa de Doña Lola (que era donde vivía, pues  los reales propietarios eran Miguel Caro y su esposa la maestra Teresa Sánchez, que tenían también la finca El Garrotal y un molino, y que habían acogida a Doña Lola y su familia, tras dejar su vivienda en la calle Castelar 6, la que tenía un escudo en su fachada, junto al antiguo comercio de Delgado) fue comprada por Paco Castillo, donde situó los billares, el salón recreativo que ha tenido durante años. La casa contigua la adquirió el cosario Gamero y la siguiente Paco Castillo, para su vivienda. La casa y mercería de las hermanas Ruiz Valle (en la esquina con calle Escamillas) también fue sustituida hace no muchos años por otra edificación de nueva planta. De esa acera ya no queda nada de los edificios antiguos. Y en la plaza permanecen la casa donde estuvo la tienda de Juanito Rodríguez, la Plaza de Abastos y el antiguo bar Rafael, un inmueble que antes albergó una sombrerería de un tal Delgado. Un entorno cargado de historia e “historias”.

Vindicación de mi padre

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Recupero una entrada que publiqué hace años, gracias a la mención que ha hecho de mi padre,  Manuel Muñoz Rojo, en la revista Kerigma (cosa que agradezco públicamente), como profesional de la Sanidad palmeña en nuestra historia reciente, completándola con menciones a otra publicación posterior, relacionada con una petición ciudadana, al cumplirse 25 años de su fallecimiento.

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En este mes de febrero que ahora terminamos (se trataba de febrero de 2009) se cumple el vigésimo aniversario del fallecimiento de mi padre. José Domínguez Godoy nació en Palma del Río el 11 de diciembre de 1908 y falleció en Córdoba el día 8 de febrero de 1989. Estuvo casado en segundas nupcias con Carmen Peso Nieto, mi madre, que falleció el 12 de octubre de 2000. Anteriormente estuvo casado con Soledad López Cabrera, con la que tuvo 3 hijos, Soledad, José y María del Carmen, la primera muerta en Argentina en octubre de 1992, y la última hija también fallecida en enero de 2013.

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Siendo joven marchó a Sevilla, con un tío suyo que tenía una barbería en Triana,  donde desempeñó diversas labores con las que ganarse la vida y pagar sus estudios. Obtuvo el Título de Practicante, otorgado por el Rey Alfonso XIII, y autorizado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, por sus estudios en la Universidad de Sevilla, a los 21 años, con fecha de 8 de octubre de 1930.

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Realizó el servicio militar en el reemplazo de 1929, de la caja de recluta de Sevilla (concentración en abril de 1930), y con destino en Granada, donde se licencia en abril de 1931.

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Sintió verdadera alergia a la política desde que, asistiendo a un mitin durante la República, un ladrillo voló sobre su cabeza, lanzado por un asistente contrario al orador, probablemente conservador o falangista, ideologías con las que se identificaba la clase media, a la que pertenecía en la sociedad palmeña. Prestó sus servicios en el Cuerpo de Sanidad Militar, durante la guerra civil, en el bando nacional, volviendo a Palma el 13 de mayo de 1939, desde Sevilla.

En el Pleno del ayuntamiento de Palma del Río de 12 de mayo de 1931 se acordó concederle el puesto de practicante interino, de acuerdo con su solicitud, “toda vez que el solicitante tiene título de aptitud para practicar dicha profesión y que se forme el correspondiente expediente para proveer dicho cargo en propiedad”, cosa que ocurre en 1932.

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El 24 de noviembre de 1948 le fue concedida la situación de excedencia voluntaria en su plaza de Practicante de Asistencia Pública Domiciliaria y le admiten su reincorporación al servicio activo, con nombramiento en propiedad de la plaza del distrito 1 de Palma del Río, el 29 de marzo de 1950. En este puesto ejerció las labores de practicante titular del ayuntamiento, siendo la beneficencia municipal (servicio que hacía las veces de la asistencia social o los servicios sociales actuales, en atención a la salud, antes de su integración en el Servicio Nacional de Salud, ya en tiempos de Felipe González) uno de sus principales centros de trabajo, estando por tanto al servicio de la asistencia gratuita de las personas que formaban parte del padrón benéfico municipal (clases menesterosas y familias consideradas pobres de solemnidad, en aquellos tiempos, muy numerosas). El hospital de San Sebastián fue lugar habitual de trabajo.

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También realizó labores (poner inyecciones, extracciones de sangre para análisis clínicos, curas…) en la Farmacia de Chacón, de Sebastián Chacón Díaz (farmacéutico también de la asistencia pública municipal), que pasó a su hija Leocadia Chacón Chacón. La rebotica de este establecimiento, por su situación privilegiada, permitía observar con detenimiento el bullir de la vida en la actual Plaza de España y el Mercado (plaza) de abastos municipal, y era punto de encuentro y tertulia de personalidades locales.

Familia y Pepe con bata

Recuerdo como muchos “clientes” se acercaban a casa, la de la calle José de Mora, número tres, en busca de sus servicios, pues en ella tuvo también consulta o dispensario, no solo para las tareas normales de un diplomado en enfermería actual, sino para otras reservadas hoy a otras profesiones de la salud, pero que en aquellos tiempos (sobre todo los de posguerra) de penuria debía (y podía) realizar un practicante: hizo labores de dentista, traumatólogo …Cada dos por tres, fuera mañana, tarde (en esas siestas que religiosamente practicaba) o noche tenía que salir en su vieja, pero bien cuidada bicicleta, a hacer algún aviso que no podía esperar en casa de un enfermo o accidentado. Y, como me contó mi hermano el médico, “muchos médicos vinieron a casa a pedir auxilio ante un accidentado, un quemado, una mastitis o unos golondrinos, que ninguno era capaz de hacer y mucho menos con los conocimientos, la destreza y los buenos resultados. En Palma no ha habido ningún responsable en la salud del pueblo, que tanto ayudó, orientó o resolvió con tanta sabiduría y criterio clínico como él.”

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Una vez tuvo que coserle a un hombre el tendón de Aquiles porque se lo había seccionado. Ahora eso se hace en un quirófano con todo el equipamiento y la asepsia del mundo, anestesistas, enfermeras, cirujanos etc. Entonces lo tuvo que hacer él solo con los medios que pudo, y por supuesto el hombre quedó perfectamente, gracias a su habilidad.

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En otra ocasión lo llamaron urgentemente para que fuese a la farmacia donde se encontró con el juez, el médico del pueblo, el farmacéutico y un señor con una oreja que le pendía de un hilo de piel, pues se la habían cortado en una reyerta. Por aquella época tenía veintipocos años. Entre el médico y el juez dictaminaron que había que coserle la oreja y que lo iba a hacer “el niño” como le llamaban.

El submarino en ducha

Doy fe de su eficiente trabajo, pues muchas veces también tuvo que curar a mi hermano Roberto y a mí, tras los percances lógicos por la edad, que tuvimos en nuestros juegos. El más llamativo, cuando me partí los dos huesos del brazo izquierdo al tropezar con el “tacataca” de mi sobrino Pepe, y él lo recompuso y vendó con tal rapidez y presteza que los médicos del hospital, al día siguiente, cuando me escayolaron se quedaron admirados, no quedándome defectos por ello.

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Obtuvo la Jubilación por imposibilidad física, con cese “en su cargo de Practicante titular de Palma al finalizar el día 30 del corriente mes de Junio”, de 1968. La pensión de invalidez (2500 pesetas) era tan baja que continuó ejerciendo por libre para poder mantener a la familia. No obstante, a todos nos dio estudios, ahorrando, trabajando como un negro, administrando. Los sueldos municipales que ingresó también eran una miseria (la corrupción institucionalizada les permitía enriquecerse a los funcionarios y mandamases que la practicaban) y por tanto tampoco se hizo rico, con algún desahogo sí, pero no para derrochar. De hecho, la virtud del ahorro y el negarse al endeudamiento eran señas de identidad. Por ello había medios, pero no ostentación. Esta situación era otro de los motivos por los que detestaba la política. No se llevó bien con los prebostes del régimen, con lo que se ganó enemistades y posibilidades de “progresar”, pero es que no le interesó la política y veía en ella algo sucio, muy propio del pensamiento conservador que tenía (aunque los ejemplos que conoció en su relación con el régimen, le reafirmó en su idea). Se mantuvo dentro de la ley y las mas estrictas normas, no aguantando a los pelotas ni a los cuentistas. Llegando a discutir con cierto alcalde, que ante sus amenazas pretendiendo que participara de una arbitrariedad, llegó a decirle (en aquellos tiempos franquistas) ”YO SERÉ PRACTICANTE DE LA BENEFICENCIA MUNICIPAL MIENTRAS CUMPLA CON LA LEY Y USTED SERÁ ALCALDE HASTA QUE LE PEGUEN UNA PATÁ EN EL CULO”. Una frese que decía mucho, reafirmando su carácter era “ ladran, luego cabalgamos”.

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Fue una persona de su tiempo, conservador en lo moral, autoritario y severo (y, al mismo tiempo, divertido y cariñoso con sus seres queridos y amistades), valiente y estudioso al mismo tiempo. Un enamorado de la sanidad, dispuesto a aprender siempre. Católico, aunque heterodoxo en lo religioso. Recuerdo como siendo mi hermano Roberto y yo muy pequeños nos acompañaba a mi madre y a nosotros a misa los domingos, pero poco tiempo después se quedaba en casa, viendo el fútbol. Un día le pregunté por qué no iba a misa y me respondió que a su edad Dios lo tenía ya perdonado y que rezaba a su manera. Lo entendí años después, pues esa era otra característica suya, su aversión al clero, creo como consecuencia de que su hija mayor, Soledad, fuese captada siendo muy joven por la Institución Teresiana. Y se tenía por merecedor del perdón divino tras una vida dedicada a los demás, a la salud de sus vecinos.

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Tuvo capacidad de hacerse a sí mismo, de ser respetado y querido por el pueblo en tiempos difíciles, por los de dinero y los necesitados, que practicó la caridad con justeza y valoró la dignidad de su trabajo.

También discrepamos (menudo disgusto cuando se enteró, en tiempos todavía de clandestinidad, que yo era un “niñato rojo”), pero me (nos) respetó y me (nos) educó bien, siendo su integridad personal y su independencia, virtudes dignas de admiración. Creo que reunió los méritos, más que suficientes, para que muchas de esas personas a las que atendió le hicieran el homenaje que se ganó en vida.

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En julio de 2010 tuve conocimiento que unos ciudadanos (Francisco Castellano y Rafaela Durán) presentaron escrito en el ayuntamiento palmeño solicitando que se le diese el nombre de José Domínguez Godoy a una calle o plaza de Palma del Río. En esta petición se argumentaba que “es fundamental” que se “recuerde a las personas que ayudaron a suplir las innumerables carencias y necesidades que, durante tiempos tan duros como los que hemos vivido en nuestra historia reciente, se sufrieron en nuestra localidad, como en el resto de España”. Varios de sus compañeros de aquellos tiempos difíciles, en los que dieron lo mejor de sí mismos, para procurar la salud de los palmeños y las palmeñas, como Rafael Carrasco, Juan Trujillo, José Jiménez Molina o María Luisa de la Cruz, ya tuvieron su reconocimiento oficial, en diversas modalidades y momentos.  Hasta la fecha no hemos sabido nada en mi familia sobre el estado de esta solicitud de denominación de calle o plaza para nuestro padre.

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Al menos, la mención en la revista nombrada al principio, y esta nueva publicación de lo que escribí hace ocho y nueve años, sirva de reconocimiento y recuerdo de un gran palmeño. Los ochenta años de su vida son parte de la historia imprescindible de nuestro pueblo.

La Palma de los sesenta y setenta: El Bar Charneca

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En este recorrido por la geografía evocadora palmeña que venimos realizando, hoy nos vamos a detener en otro punto importante que, tal vez no pase a la historia de nuestra ciudad, como sus numerosos monumentos, pero sin duda debe tener un lugar destacado entre los enclaves con renombre y sabor popular, el Bar Charneca. Para ello me serviré de varias fotografías cedidas por su familia, y alguna más.

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Manuel Ruiz Peso, “Charneca”, era hijo Manuel Ruiz y Belén Peso, posiblemente prima de mi abuelo Sebastián. Este matrimonio, entre otras actividades, surtía de agua potable a la población por los años 40 y 50, gracias al pozo que había en su casa en la Calle Nueva (entonces Écija), frente a la Calle Sánchez. Mi hermano mayor, Pepe, bebió alguna vez de ese pozo al ser amigo de uno de sus nietos. La abuela de Anamari, Concepción, era hermana de Charneca, con lo que mi relación con él se puede atisbar por varios frentes. En el libro de Dominique Lapierre y Larry Collins, “O llevarás luto por mí”, se le nombra varias veces, aunque se le llama “Pedro Charneca”, cambiándole el nombre de pila y haciendo de su apodo el apellido.

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El bar estaba situado en la Avenida de Pio XII y cerró hace bastantes años. Era el primer edificio de esta calle, entrando por la calle Portada, hacia la izquierda, en dirección a San Francisco, después de la casa de Huéspedes Castillo. Un local no muy grande que lucía una marquesina, que perduró tiempo después de cerrar, además del toldo que lucía el nombre comercial del establecimiento.

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La entrada, con la marquesina, la vemos en la foto, aproximadamente de 1956, con Mari Díaz Ruiz, sobrina de Charneca, la tía Conchita (hermana menor de mi suegra) y Mari Pepa, sobrina de ésta. Detrás, a la izquierda, se ve el puesto de turrón de la tía Amelia, casada con un hermano de mi suegra, feriante ecijana que solía instalar otro puesto de juguetes delante del Bar Guerra, antes de las obras de remodelación del Paseo y el nuevo Recinto Ferial de 1991. La imagen, muestra esos momentos de gran afluencia de clientes en las ferias, debido a su excelente ubicación cercana al Paseo.

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Charneca montó el bar con el dinero que le quedó de cuando le tocó la lotería en 1940 y se gastó la mayoría de las 90.000 pesetas (un capital entonces) en fiestas, cuando se trasladó a Sevilla. Lo cuentan Lapierre y Collins en su libro, y me lo han confirmado en la familia. Manuel había sido camarero y conocía bien el negocio. Su establecimiento se distinguió por el ambiente taurino, ya que era gran aficionado a los toros, habiendo sido incluso becerrista en su juventud. Nos dicen que se gastaba grandes cantidades en teléfono para conocer el resultado de las principales corridas de toda España, y luego lo anunciaba en una pizarra colgada en la puerta del bar.

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El bar estaba adornado con numerosos carteles taurinos y fotografías de toreros, divisas de las ganaderías y alguna cabeza disecada de un astado. Parece que Manuel Benítez, “El cordobés”, encontró su vocación observando semejante decorado, como otros chavales palmeños. De hecho, Charneca fue uno de los más firmes defensores del torero, colocando diferentes fotografías del diestro en su local y convirtiéndolo en “Peña El Cordobés”, como vemos en la imagen. En su establecimiento se daban cita, además de muchos humildes trabajadores del barrio, bastantes personajes del mundo del torero, tan de moda en los años 60 y 70 del siglo pasado. El bar llegó a convertirse en un santuario del mundo taurino local, con trascendencia nacional en los tiempos en que “El Cordobés” fue un personaje popular y mediático, incluso a nivel internacional, siendo usado por el Régimen de Franco como un “embajador” de la España que quería abrirse al mundo, tras la posguerra.

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Mi familia no era asidua del local, solo lo recuerdo al verlo cuando pasábamos por allí, sobre todo en las ferias. Sí fui más de una vez a la otra peña taurina que había en los años 60 en Palma, la Peña “El Palmeño”, dedicada a Manuel Fuillerat Nieto, “Palmeño”, hijo de Julio Fuillerat García, la otra figura taurina local de los primeros años 60. Estaba entre la actual Plaza de España y la Travesía Alamillos, y creo que mi padre era socio. Y eso, tal vez, más por la cercanía a la Farmacia de Chacón, donde prestaba sus servicios, que el que un primo mío se hubiese casado con una hermana de este torero.

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Volviendo a Charneca, hemos de recordar que siguió a Manuel Benítez en muchos de los lugares en los que toreó, organizando excursiones para ver sus corridas y gozó de su amistad hasta su muerte. En algunas fotografías le vemos en compañía del torero, junto a otros palmeños. Mi tío Emilio, el carnicero, junto a sus hijos, también tuvieron lógicas relaciones de negocio tanto con el torero como nuestro barman.

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Junto al bar, Paco Castillo levantó un local de bodas (donde antes tuvo la primera piscina de Palma, que se ve en la tercera fotografía) que ha visto pasar muchas celebraciones de todo tipo, incluso actos políticos durante la Transición. Yo mismo participé allí en el primer mitin en el que hablé, en la campaña de las elecciones municipales de 1983. La foto de una celebración que supervisa Manuel “Charneca”, está situada en ese salón. Muchas veces el local se complementaba con la nave de aparcamientos que tenía contigua el mismo empresario. Como hizo mi hermano Roberto cuando su boda. Manolo servía bodas y otros ágapes, además de atender su bar. Allí empezó su sobrino Manuel Díaz Ruiz, que luego montó con su esposa Victoria Sánchez el Catering Virgen de Belén, negocio que mantienen sus hijas en estos tiempos.

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Manuel “Charneca” enviudó, sin tener hijos, y durante mucho tiempo convivió con su cuñada, a la que tenía empleada en el bar. Cuando cerró el bar, un pedacito de la historia popular de nuestra ciudad cerró sus puertas, coincidiendo con el declive de lo taurino. Elemento que se quiso utilizar para reclamo o seña de identidad local, debido al gran número de aficionados y a algunos profesionales del toreo que dio nuestro pueblo. El cartel en forma de burladero que había en la antigua carretera, tanto por la entrada desde Peñaflor como por la de Córdoba, con la inscripción “Palma del Río, cuna de grandes toreros”, era una señal clara de ese intento de “vender” Palma en su vertiente taurina. El cierre de las Peñas, tanto la del Palmeño, como la de El Cordobés, cuando se cerró el Bar Charneca, sin duda, simbolizó la decadencia de este arte en nuestro pueblo, y su casi desaparición hasta fechas recientes en que parece que hay quien intenta darle nuevos bríos. Queden estas imágenes y estas palabras como recuerdo de aquellas viejas glorias.

Surtidores de combustible de otros tiempos, en Palma del Río

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Continuo rescatando entradas del viejo blog Celtibético. Hoy una de las antiguas gasolineras palmeñas.

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En nuestra antigua casa había una estufa de petróleo. Eso, al menos, creía yo, pues así la llamaban, aunque nunca la vi funcionando. Era como uno de esos quinqués que encontrábamos en las películas del oeste, aunque más grande, con otra forma. Como las lámparas de queroseno, aunque se apoyaba en el suelo, pues su función no era iluminar, sino calentar. Algo parecido a la de la imagen.

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Foto de los dos surtidores del Arco de la calle Ancha

Siempre me pregunté de donde sacaban el petróleo con que alimentar la estufa en otros tiempos, pues yo lo que ya conocí entonces era las gasolineras, los establecimientos donde se vendía gasolina (la normal y la super) y el gas-oil, para coches o vehículos y maquinaria agrícola, o el combustible para las motos. Pero allí no se veía comprar petróleo para estufas o quinqués (ya se usarían poco). Aunque no solo surtían directamente al depósito de los vehículos, sino que podías llenar aquellas latas que muchos llevaban en los maleteros de los coches, por si se quedaba vacío el depósito en un largo viaje, cuando las carreteras eran otra cosa y no viajábamos por autopistas, ni autovías, y encontrar una gasolinera en kilómetros de marcha era casi una suerte.

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Unos de los antiguos carteles de las entradas de Palma, con Pepe Godoy del grupo “Los jóvenes lobos

De niño conocía pocas gasolineras, pues en mi casa no había coche ni moto. Mi padre tuvo un coche, un “medio huevo”, pero yo no llegué a disfrutarlo. Estaban la gasolinera de la Avenida de la Diputación (ahora María Auxiliadora), de Pepe Morales, y más tarde la de Los Toreros, en el Cerro de Belén, en el cruce de la carretera Córdoba-Carmona, cuyo nombre vendría por los carteles que había en las entradas del pueblo en forma de burladero de plaza de toros, con la leyenda “Palma del Río, cuna de grandes toreros”, y que desapareció con el nuevo puente sobre el Gualdalquivir, y alguna más, como la de la Avenida de Santa Ana, cerca de la antigua y desaparecida ermita, donde trabajó mi amigo y medio pariente Rubén Cárdenas tras dejar el colegio San Sebastián. La más conocida por mí la que había en el arco de la Calle Ancha, concretamente en la entrada de la Avenida de La Paz, entre la casa de Raso y los talleres de Carmona, la gasolinera de Callejón.

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La ermita de Belén, con la gasolinera Los toreros al fondo

De esa gasolinera es la foto de inicio de la entrada, imagen que me proporcionó Pepe Martín, donde se ve a su padre, Rafael Martín Callejón, en la que le vemos con unos 18 años o menos, trabajando en el primer surtidor, un solo poste, con las compuertas abiertas, para sacar la manguera, con la que están llenando un barril metálico. Luego luego hubo dos postes de suministro, cubiertos con unas pequeñas marquesinas, como sombrillas, que era el que heredaría Teresita Callejón y años más tarde se trasladaría a la misma Avenida de la Paz, pero cerca del Instituto de Bachillerato, su ubicación actual. Rafael aparece con un compañero, Almenara, ya fallecido. Rafael, conocido como “Rafalito Callejón”, fue chófer del camión de bomberos que tenía Callejón, el concesionario de la basura, un camión de depósito largo y de color rojo, que se usaba preferentemente para el riego de los jardines y las calles. La famosa “Pipa del agua”. Fue así porque era de los pocos que tenían carnet de conducir para ellos en aquellos tiempos. Él se los sacó de joven y vinieron de Córdoba a examinarle. También fue conductor de Alonso Moreno de la Cova, de uniforme y gorra de plato. Todo un profesional del automovilismo, y una persona educada, y de personalidad amable entrañable, a la que agradezco (a él y a su hijo) el haberme facilitado la foto y datos sobre los surtidores. Pues hablando de ello surgió la duda sobre otro del que publico una fotografía de Miguel Santos Enriquez, mi suegro.

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En la imagen, datada el 10 de diciembre de 1941, aparece mi suegro, que es el que sostiene la boina (el del centro). Los otros dos acompañantes no sé quienes son, aunque aparecen en otras fotografías de la misma colección, alguna ya publicadas por mí en otras entradas, como, por ejemplo, la de El Paseo. Es una foto humorística, donde están de broma los amigos, y simulan llenar la boina con el combustible suministrado con la manguera del surtidor. No conocíamos dónde estaba ese surtidor de combustible, pues la imagen es pequeña, hasta que Rafalito Callejón nos lo aclaró. Resulta ser un poste de petróleo que había a la entrada del pueblo, en el paraje conocido por Vistalegre, en la curva que hace la carretera al dejar el Cerro de Belén, para entrar ya en el puente antiguo sobre el Guadalquivir. Lo que se ve detrás es el río, junto a una casilla.

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En esta otra foto, de Manolo Godoy, el del “Bar El Latero”, se puede apreciar en su contexto. Corresponde a un reportaje fotográfico que hicieron Manolo y mi suegro (eran grandes amigos), durante la riada de 1963. Miguel Santos también hizo una foto similar, pero es en ésta donde se aprecia mejor el surtidor, que, por cierto, aparece con las compuertas cerradas. Es el señalado con una circunferencia roja.

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Y Rafalito nos aclaró que ese era el surtidor de Flores (padre de José Flores Medina, y abuelo de mi amigo Antonio Flores Tirado, profesor de los Salesianos), que instalaron en 1928 y solo servía petróleo. Con lo que volvemos al inicio de nuestra exposición. Ya sabemos dónde vendían petróleo también, en el surtidor de Flores. Claro que éste tampoco lo conocí, pero con esta broma de mi suegro queda para guardar en la memoria algunas de esas instalaciones “de servicios industriales” y domésticos de Palma del Río.

La calle Ancha de otros tiempos

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Volvemos a recuperar los paseos por la geografía de nuestra Palma del Río, recalando en una de las calles importantes de su entramado urbano: la Calle Ancha. Su nombre vino porque en el momento de entrar en uso (siglo XVI) era una de las de mayor anchura del trazado, motivado por ser entrada al pueblo y salida hacia Écija, conectando con el llamado Arco de la calle Ancha, puerta que estuvo en el lugar por todos conocido, que desapareció en 1870. Durante siglos ha cambiado de nombre, siendo calle Mártires el que tenía durante la etapa que he ido rememorando de recuerdos de la niñez y la juventud, y volviendo a recuperar el apelativo Ancha tras las primeras elecciones democráticas municipales tras la muerte de Franco.

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La plaza del guardia (Archivo municipal)

Entrando por la Plaza del Guardia, dejando atrás el Casino (Círculo de Recreo), que estuvo funcionando en la Casa-palacio del Marqués de Monte Sión, en la otra esquina de la calle Cigüela, estaba la Casa de Julio Muñoz Morales, cuyo último propietario fue Pepe Martínez, una casa de estilo modernista de la que he hablado ya varias veces, ya derribada por desgracia y sustituida por el demasiado repetido edificio de pisos. Enfrente, el edificio del Banco Hispano Americano, de bella factura, y, contiguo a él, la oficina de Banesto, ambos también desaparecidos en la actualidad.

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Foto de Miguel Santos

Volviendo a la acera de la izquierda, mientras subimos, encontramos la Casa de Santiago Carmona y Belén Díaz, del que hablé con motivo de una fotografía de mi suegro, Miguel Santos, con una procesión del Cristo de la Expiración en los años sesenta. Justo en frente, la droguería de Rafael González, y una casa que fue derribada para instalar el Casino, tras la demolición del de la plaza del guardia, para hacer los correspondientes pisos que conocemos hoy.

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Fotografía del derribo para el nuevo Círculo de Recreo (Foto Juan Muñoz)

Unas casa de en frente fue adquirida por la familia Carmona-Díaz, donde hicieron pisos y en el bajo hubo un antecedente de lo que son los pubs de hoy día, un bar de lujo y “glamour” de la época, que creo que duró poco. A su lado el local, haciendo esquina con la calle La Higuera, donde se ubicó la oficina de la Caja Provincial de Ahorros de Córdoba, hasta que ocupara el antiguo espacio de la calle Castelar donde estuvo la cafetería Gademar, en cuyas plantas superiores funcionó un hostal o pensión del padre de Antonio Navarro, “Eliot”, actual concejal de Servicios sociales del ayuntamiento palmeño. En la oficina de la Caja provincial estuvo de limpiadora una tía de Anamari, mi mujer, con la que tuvo mucha relación de niña.

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La casa de campo de Juana Gamero-Cívico (Foto Archivo Diputación)

Aparece otro edificio de importancia, la Casa de campo de Juana Gamero-Cívico, en la esquina de la calle La Higuera, un edificio donde vivió un amigo nuestro, Juan González, al que llamábamos “Juanito el del huerto”, pues su familia se encargaba del que había en el caserón. Esta edificación fue demolida, para hacer varias viviendas y cocheras en sótano, conservando la fisonomía exterior del conjunto original. En la acera de enfrente estaba Foto Córdoba, cuyo propietario, Manolín, era amigo de mi suegro Miguel Santos. De niños hicimos un experimento con él: con dos lámparas de focos unidas por la parte ancha, encendidas, simuló algo parecido a un OVNI. Fuimos a hacer de noche una foto en la explanada de la ermita de Belén, y con la otra imagen hizo un montaje que simulaba la captura del aparato volador. Luego la tuvo de exhibición en el escaparate. Una broma fotográfica, en tiempos que no había Photoshop, que sirvió para echarnos unas buenas risas con todos los que “picaron en nuestra red”. Arriba del estudio, en uno de los pisos, se instaló mucho más tarde la emisora de Radio Palma. A su lado está la casa de José Rodríguez Durán (Pepe Colino, concejal en tiempos de franco), gran amante de las antigüedades y longevo político local.

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Escudo en la casa de la familia Monsalves y Ruiz de Almodóvar (Foto Archivo Diputación)

Más viviendas reseñables, por ejemplo: la de Eugenio Fernández Rossi, donde tenía su consulta médica privada (junto a la casa de campo Gamero-Cívico), la casa Angel Ruiz “follique”, que trabajó en el taller familiar y luego en la escuela-taller del ayuntamiento. Por aquí había una relojería en una casa sustituida ya por pisos, en cuya planta baja hubo un pub (Gules) y luego otros negocios. En la otra acera, la “casa colorá”, donde viven mis amigos Pepe Lora y Esperanza Caro de la Barrera, en la planta alta. Abajo moran unos tíos de ésta, que antes vivían en las huertas. Una casa que he frecuentado mucho de más mayor.

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Fiesta de San José en mi antigua casa. Pepito Monsalves, junto a mi padre

Destaca la gran fachada de la casa, con pocos vanos y un escudo encima de la puerta y bajo el único balcón, de la familia Monsalves y Ruiz de Almodóvar, uno de cuyos miembros, José María, al que llamábamos “Pepito Monsalves”, era amigo de la familia, cariñoso y amable. Tristemente falleció joven en un accidente de tráfico, creo recordar. A su lado la casa del dentista Ramón Ros, donde actualmente tiene su consulta su hijo, y unos pisos cuya fecha de construcción desconozco, pero que en 1960, como vemos en la foto de José de las Heras, todavía no habían sido levantados. En la planta baja Marcelino Canovaca instaló su auto-escuela y la gestoría.

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Procesión en la calle Ancha

Otro edificio sobresaliente era la Casa de los Gamero-Cívico, en el número 23, una casa construida por el mismo arquitecto francés que diseño la casa-palacio del Marqués de Monte-Sión, la casa de la calle Nueva (hoy Edificio Roma), que tenía grandes jardines con numerosas palmeras (hoy desaparecidas por el maldito escarabajo picudo), donde se edificó el conocido “Barrio de las Palmeras” y ésta, con numerosas ventanas y balcones, ya sustituida por otra edificación moderna, con pisos interiores y una fachada que intenta imitar la original. A su lado una casa donde había una habitación con una Virgen Inmaculada, que se podía ver desde la calle, donde la gente rezaba y echaba unas monedas como ofrenda, casa que fue demolida y levantada de nuevo con tres plantas, reproduciendo el espacio dedicado a la figura de la Virgen. Otras edificaciones adyacentes eran la casa de González (“Parrito”), la de Nati con la panadería y en frente la de la familia Tejada o una con una tienda haciendo esquina con la calle Ana de Santiago.

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Bodega donde trabajó Antonio Elías (Foto Juan Muñoz)

Pasando esta calle y la calle Nueva (entonces calle Écija, tras la Guerra Civil) vemos varias casas modestas y la destacable fachada de la casa de Eleuterio Reyes, hoy casa-museo El cordobés, pues la adquirió el ayuntamiento palmeño, con este fin, ya que el conocido torero vivió en esta calle en la niñez. En la acera contraria damos con la casa de “Miguel de la notaría” y otras viviendas modestas, hasta la casa que edificó Luis Jiménez (“Luisito el del lino”), una zona de fuerte transformación durante años, pasando de casas a pisos en muchos casos. También ahí, a la izquierda de la calle, tiene la casa Rufina, la suegra de mi hermano Roberto, viuda de Antonio Torres, al que vemos (con brazalete negro) junto a su padre en la foto que publiqué sobre la bodega que tuvo en esta calle Antonio Elías Cid. Cerca, hace años se abrió un pasaje que comunica la calle Ancha con la nueva urbanización de “Las Palmeras”. Una amiga de Ana y mía de la juventud, Belén Mari Pazo, vivió allí, donde ahora reside Antonio Cumplido, un profesor del Colegio Salesianos con su familia. Tanto su hermana Rosa como ella trabajaron en el estanco de Chaparro, que antes estaba en la acera izquierda (si subimos desde la plaza del guardia) y luego pasó a uno de los bloques de pisos de la otra, cerca de su antigua vivienda. También, unos metros más arriba encontramos la carpintería de Lorente. Toda esta zona ha ido cambiando mucho con los años, como ya he comentado, mudando de casas a pisos muchos edificios, además de locales comerciales, que dan identidad a la zona.

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Jesús Morales a la puerta del pub Lord Byron (Foto de la familia Morales)

En esta parte de la calle recuerdo la peluquería del suegro de Rafalín Campanario. Y especialmente Auto-recambios Durán (antes de trasladarse al Polígono industrial), y en la misma línea de fachada el “Repuesto” de Manolín, Manuel Pérez Rodríguez, el padre de mi amigo Manolo Pérez. Ya siendo yo joven, en la acera contraria se abriría el primer pub de Palma, el Pub Lord Byron, del que pronto hablaremos en otra entrada. Completaban la calle el bar Rosa, lugar especialmente frecuentado, haciendo esquina con el conocido Arco de la calle Ancha, lugar del que hablé al principio, elemento ya inexistente, pero que todo el mundo sabe de su denominación en la zona donde, entre otras cosas, estuvo el surtidor de Callejón, al que me referí en otra entrada y donde se instalaron los primeros semáforos.

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Arco de la calle Ancha en los años 80

La calle Ancha era y es una vía importante del pueblo, como ya he dicho, por eso siempre ha estado llena de vida y actividad, lo que le ha supuesto grandes y numerosos cambios desde que se abriese al tránsito. Seguro que se me han quedado en el tintero numerosos ejemplos de esa variada vida desarrollada allí. Lógico, pues no puede uno recordarlo todo. Seguro que quienes lean esta apresurada y parcial ojeada de este lugar ahora estarán rememorando más cosas con las que llenar las lagunas, que hoy modestamente he dejado, con mi evocación.