El guardia de tráfico

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Una de las imágenes que recordamos de la infancia es a Cleries (padre de nuestra amiga Mª Carmen Fuentes), el guardia municipal, con su gran altura y parsimonia habitual, al desenvolverse y al hablar (casi sin mover su fino bigote), montado en la bicicleta y advirtiendo a los niños que jugaban en la calle que se comportaran correctamente, pues, si no, les tendría que denunciar. Eran los tiempos en que la policía local (entones policía municipal, o “los municipales”) se desplazaba por el casco urbano de Palma del Río a pie o en bicicleta, pues no disponían de vehículos motorizados.

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La Plaza del Guardia, en 1960. Foto de José de las Heras

Cuando entré como concejal por primera vez en el ayuntamiento palmeño, en 1983, la corporación anterior, ya les había comprado un coche de policía, concretamente un Citroën Mehari, color crema, con carrocería de plástico y descapotable, sin más distintivos y equipamiento que la pegatina con su nombre y el escudo de Palma. Pronto llegaron a tener walkie talkies para comunicarse entre ellos y después un radio transmisor en el coche. Hasta hoy día, diferentes vehículos han servido para sus desplazamientos, disponiendo incluso uno equipado con material para hacer pruebas de alcoholemia, proporcionado por la Dirección General de Tráfico.

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El antiguo Cuartel de la Guardia Municipal, esquina calle Virgen del Rosario (frente al Bar Guanche). Foto de Gloria García Sánchez.

De los tiempos que hablaba al principio, y otros de los que me han hablado, recuerdo a guardias municipales, como el citado Fuentes Cleries, Mariano Peral, Ángel Martínez (el hijo de Ángel Martínez de Chomón, el director de la banda municipal de música), al apodado “Rosilla”, a Muñoz Cervera (cuya mujer tenía una tienda en la calle Ana de Santiago, cerca de la casa de mi tío Emilio), a José Carrasco (padre del anterior jefe de la policía), a Mariano Navarro, a Ortiz (que también fue jefe), a Damián González (padre del antiguo dueño del pub Mochu, del Río Seco), a Rafael Siles, a Díaz, al apodado “Poleo”, a Peso, a Julián, a “Reina” (que acompañaba al padre de José Felipe Cardenete, cuando venía a Palma a la inspección de pesas y medidas), al apodado “Perdigón”, a Navarro “Correo” (al padre y su hijo Juan)… Una plantilla de agentes que se fue renovando con el tiempo, tras las correspondientes jubilaciones, y mejorando en medios.

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La plaza del guardia (foto publicada por Saxoferreo)

También de épocas pasadas es la fotografía que encabeza esta entrada, cuyo autor en Miguel Santos Enríquez, el padre de Ana. En ella aparece un guardia municipal, con su bicicleta. Se trata de un policía que no conocía, pues falleció hace unos 50 años con 34 años de edad, Francisco Morales Ferrari, tío de Juan Morales, que tuvo el bar del Polideportivo hasta hace no mucho tiempo (logró identificarlo a través de otro tío suyo, cuando publiqué por primera vez esta fotografía). Está en la calle Muñoz (entonces llamada Capitán Cortés), pues a la derecha se aprecia una casa con mástil de bandera y rótulo en la fachada (entre las dos ventanas de la planta alta), que debía ser la antigua casa de Correos (también se aprecia el buzón en la fachada), antes de su traslado a la plaza de Andalucía; a la izquierda la casa de la Compañía Sevillana, y al fondo vemos una casa de la calle Barbera (antes Teniente Molero).

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La plaza del guardia en invierno, con el Banco Hispano provisional (por obras) y Gademar. Foto Archivo Municipal

La placa con el escudo de Palma, que hay debajo del faro de la bicicleta, nos indica que formaba parte de un servicio especial, el de Tráfico. Debe ser verano pues el niño que vemos detrás usa pantalón corto y camisa de manga corta. El agente lleva el uniforme de aquellos tiempos, aunque sin chaqueta, un uniforme de color gris, como los de otros cuerpos de policía (como los de la policía armada, de triste memoria, a los que llamábamos, por ello, los “grises”), con gorra de plato, correaje y cinturón blanco, y corbata oscura.

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Mariano Peral, junto a la peana en la plaza del guardia, con el autobús de Manzano, entre el BHA y la casa de Julio Muñoz. Foto del Archivo Municipal

Asimismo vemos en diferentes fotografías, que otros agentes vestían uniforme blanco y casco similar a los de la policía británica, cuando realizaban labores de regulación de la circulación. No se aprecia que porte ni armamento ni defensas (porra), por estar encargado del control de tráfico, algo normal en los tiempos en que el tránsito de vehículos a motor no era tan denso como hoy día, lo que permitía que numerosas calles de Palma tuviesen dos sentidos de circulación, haciéndose necesaria en ocasiones la intervención de los agentes de tráfico, para desatascar las vías, como pasaba en algunas encrucijadas, como la Plaza del Guardia, que ya comenté otro día.

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Foto de la plantilla de la Policía en otros tiempos: Ortiz, Fuentes Cleries, Peso, Muñoz Cervera, Mariano Navarro, “Perdigón”, Mariano Peral, Navarro (“Correo”), “Poleo” y otros (Foto cedida por Horacio Almenara a mi cuñado Ramón)

El guardia de tráfico, con su bicicleta, es un retrato vivo de otros tiempos, y refleja una época en que la circulación no nos daba tantos quebraderos de cabeza, como en la actualidad. Un recuerdo de aquellos momentos en que todavía se podía jugar y convivir con el vecindario en plena calle.

Décimo aniversario

1959-Palma del Rio-02aHace diez años empecé una aventura, la aventura de escribir en un blog. El blog se llamó Celtibético. Un 20 de noviembre (¡qué fecha para empezar algo nuevo!… y en libertad) comenzaba con estas palabras: “Hoy estreno este blog. Desde aquí publicaré mi “tablón de anuncios”, como en los tiempos de la universidad. Espero que salga como aquellos…. Pero mejorado por los años.” Me refería con lo del “tablón de anuncios” a la cartulina que colocaba periódicamente en la habitación que tenía en cada piso que compartí con amigos también estudiantes, cuando vivía en Córdoba, para cursar la carrera universitaria. Aquella cartulina se iba llenando de recortes de prensa o revistas, de anotaciones mías, de dibujos, de todo lo que se me ocurriese, o se le ocurriese a algunos de mis compañeros de piso, ya que incluso hay quien se atrevió a expresarse en aquel “periódico” tan personal. Y digo “periódico”, pues siempre adoptaba la forma de un periódico mural, con su cabecera y todo, que iba cambiando cada vez que empezaba uno nuevo. Recuerdo, por ejemplo “El PIS” (recortando la cabecera de El País), o “Scheavy Mettal” (jugando con mi apodo y el nombre de uno de mis estilos musicales preferidos). Con los años, internet me permitió hacer algo parecido, pero ya no circunscrito a las cuatro paredes de mi habitación, sino abierto al mundo, a quienes quisiesen asomarse a mi página para ver o leer lo que en ella yo iba publicando.

Hoy el blog cumple 10 años. Un decenio repleto de publicaciones, unas mejores y otras no tanto. Aunque el último año en que nos encontramos ha sido el menos prolífico, ya que durante más de mes y medio (desde el 20 de mayo hasta principios de julio) tuve el blog bloqueado por problemas de identificación en la plataforma que lo aloja. Además de verme inmerso en plena vorágine de exámenes de oposiciones, cuya preparación me tiene entretenido desde hace bastante tiempo.

Durante este año el blog “ha tenido un hijo”, un nuevo “Celtibético” (éste que estás visitando, amable lector o lectora), alojado en otra casa. Allí he vuelto a publicar entradas que en su momento fueron populares, y, además, he publicado otras nuevas, casi siempre dentro de la temática local, basada en mis recuerdos de juventud e infancia, que he llamado “Geografía evocadora palmeña”. Por eso quiero celebrar este cumpleaños con otra aportación a los recuerdos. Una imagen más de la conocida antaño como Plaza del Guardia, a la que he dedicado varios trabajos. Una foto no ya con 10, sino con 58 años, de un autor del que he publicado otras antes, José de las Heras. Otra imagen más de un punto central en la geografía palmeña y su historia. Disfrútenla.

La Cantarería de Onieva

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Recuperamos otra entrada muy visitada en su momento del viejo blog Celtibético, sobre la Cantaería de Onieva, una institución artesanal e industrial del pasado palmeño, cercano a nosotros en nuestra infancia.

“Este paseo que estamos dando en los paisajes de Palma, de mediados del siglo pasado en adelante, por donde transcurrió mi niñez, nos llevó en el último capítulo por la muy larga calle Río Seco. Algunos comentarios me han hecho de este viaje imaginario en estos días, en el blog, pero, sobre todo, en persona o por correo electrónico.

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Calle Río Seco 1958 ( de la publicación “Palma un paseo único”)

Sigo buscando imágenes que ilustren estos capítulos de mi memoria, compartida por muchos, y que completen incluso lo ya evocado. La mayoría de las imágenes que he incluido en días pasados forma parte de la colección de fotografías que posee la Diputación Provincial de Córdoba relativas a nuestra ciudad, a las que he podido acceder, como ya las tiene el archivo municipal. Hoy he tenido una gran alegría al conseguir algunas copias de fotografías más, que me ofrecieron en días pasados, a cuento de lo relatado sobre la calle Río Seco. Son sobre la cantarería de Onieva, que nombraba hace una semana (se refiere a una entrada de 2011, en el viejo Celtibético), y me las ha facilitado Francisco Godoy, el mismo que me proporcionó imágenes del Bar El latero, al ser su tío. Estas imágenes las tiene por estar casado con Belén, hija de uno de los Onieva, que llegó a trabajar en la tienda de la que hablaba en el post anterior. Son imágenes más antiguas que este humilde cronista de recuerdos, pero reflejan a la perfección lo que fue aquella entrañable empresa artesana.

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Horno de la Cantarería (Foto de internet)

Los Onieva son varias familias, algunos de los cuales emparentaron con familiares de la primera mujer de mi padre, dando lugar a los López Onieva, conocidos y amigos míos. Como decía en el post anterior, la empresa y la casa estaban en calle Río Seco, pero también se comunicaban con la calle Boquete de Anghera, de la que os hablé antes. En esta casa vivió Manolito Onieva (como se le llamaba en casa), cuya familia tuvo algunos pacientes de mi padre, como practicante, en los años difíciles de la sanidad local, y que luego continuaron siendo atendidos por mi hermano mayor Pepe, el médico.

La primera fotografía, de 1942, que da inicio al post, creo que es de este hombre que he citado anteriormente (Me aclara Francisco que su nombre es José, su suegro, padre de Belén. Quien yo creía, aunque con nombre equivocado). Está, como vemos, trabajando en el torno, haciendo uno de los famosos cántaros. Le acompañan unos jóvenes que le ayudan en su tarea, deduzco por sus manchas. El torno es tradicional, accionado con el pie. Tiene sobre él unas pellas de arcilla, preparadas para ser moldeadas. A la derecha se almacenan los cántaros recién torneados, esperando pasar al horno.

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En la siguiente fotografía, aunque de mala calidad, por el paso del tiempo, podemos apreciar el exterior de la cantarería. Al fondo a la izquierda, sobresale la torre de la Parroquia de la Asunción, luego, si vamos hacia la derecha, vemos el fin de la calle José de Mora, con el rótulo del nombre arriba del muro de la última casa. Luego donde estaba la carpintería de López, por ejemplo, con un gran portalón. Tras una casa baja, la Cantarería, con dos plantas. En el bajo, unas personas sostienen cántaros, salvo una que está cogiendo un recipiente que le echa uno de los de la planta superior por la ventana. Obsérvese la suerte del fotógrafo, que pudo captar el cántaro “volando” hacia quien tenía que recogerlo.

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En la imagen que nos precede, vemos parte del proceso de elaboración de los objetos de cerámica. En este caso un paso previo, la obtención de la materia prima. La cerámica se fabrica con arcilla que, mezclada con agua, forma una pasta flexible, moldeable, que permite dar forma a diversos útiles. Una vez que pierde el agua, generalmente por el secado en un horno, se vuelve dura y resistente. Aquí vemos como se obtiene la arcilla, en un lugar conocido en Palma como el “Cerro de la Grea”, es decir, el cerro de la greda, que es un tipo de arcilla que se encuentra en ese montículo. Al fondo se ve un canal de riego, que vemos cuando vamos por la carretera de La Campana. La greda se colocaba en capazos de esparto o caucho y la transportaban en el camión que vemos hasta la alfarería.

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En esta otra imagen vemos algo fundamental. Están descargando el combustible del horno: las ramas o paja que alimentaban el fuego. Mi hermano mayor me cuenta que vio muchas veces hacer esta operación, cuando un hombre alto (cree que conocido por Aruja) las metía en el horno con una horquilla larga. Le gustaba verlo, pues también tenía su emoción la cosa, al tener muchas veces el operario que esquivar las lenguas de fuego que salían de la boca del horno, como rebufo, buscando oxígeno. Como ya os decía en la entrada anterior, ese combustible quemado (las pavesas) se mezclaba con el humo, que, si los vientos no eran favorables, terminaban cayendo en las casas del vecindario, como la nuestra, arruinando más de una colada tendida para secar.

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Y esta otra fotografía, nos da una idea clara del interior de la alfarería. En ella se ve el edificio de dos plantas, con ventanas cubiertas por esteras de palma o esparto, a modo de persianas, algo muy típico de nuestro pueblo entonces. Vemos también los cántaros almacenados, y las ramas o paja para encender el horno. Hay muchas tejas secándose al sol en una especie de colgadizo, que sirve para proteger otros productos. Por encima de los tejados vemos sobresalir edificios que nos orientan sobre su situación. A la izquierda vemos la torre de proyección del cine Salón Jerez, tras ella, la espadaña del Convento de Santo Domingo, o escuela de La Inmaculada. Hacia la derecha aparece la espadaña y el tejado de la Ermita de la Coronada. Y luego, más al fondo, casi borrosa, la torre de la iglesia del Hospital de San Sebastián.

La tienda estaba en la acera de en frente. Yo iba de pequeño con mi madre a comprar botijos, o macetas para las muchas plantas con las que adornaba la casa. Terminó vendiendo también objetos de la conocida ciudad alfarera cordobesa de La Rambla y de otras procedencias, y de peor calidad, cuando el taller decayó y las modas empujaron a la gente a comprar otros útiles de materiales más baratos y resistentes, como el plástico. Cerró hace años. Una lástima.

Sirva este pequeño reportaje de homenaje a esta industria artesanal palmeña con mucho sabor y fama. Y hoy, estas imágenes sirvan también de homenaje a los obreros que trabajaron allí, sosteniendo una modesta, pero importante, empresa de nuestra localidad. Muchos, fallecidos, como Juan Manzano (cuyo hermano aparece en la primera imagen de niño, a la derecha), cuya familia vivió al final de la calle José de Mora. Alguno incluso vivo, como Antonio Ascanio, tornero, que ha ayudado en el taller de cerámica de mi amigo Pepe Lora: Barro de Palma, nombre en honor a la materia prima con la que se fabrica aun una gran cantidad de productos cerámicos.”

La casa de la familia Liñán, en la Calle Feria

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Hace poco alguien publicó una de las fotos de esta entrada que vio la luz hace seis años en el blog Celtibético. Lo vuelvo a colgar de la red para que todos conozcan o recuerden esta imponente casa que hubo en la calle Feria de Palma del Río, con algún añadido más.

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La casa de la familia Liñán, en la Calle Feria

Terminaba el post del 12 de marzo, dedicado a la calle San Sebastián, en los años sesenta y setenta, hablando de la casa de la familia Liñán, la que ocupaba un solar entre esta calle, la calle Muñoz, y la calle Feria. Una gran casa que desapareció, como muchas otras en aquellos tiempos, a pesar de su porte señorial, para ser sustituida por el consabido bloque de pisos. Lo hacía aprovechando una fotografía, donde solo se apreciaba parte de este edificio. Sin extenderme en las virtudes arquitectónicas de la casa, pues además su entrada principal se situaba entonces en otra de las calles señeras de nuestro casco antiguo palmeño, la calle Feria. Y no disponía de más apoyo gráfico para gozar de su recuerdo.

Decía gozar, pues, ahora que sí tengo en mi poder copias de imágenes de este perdido monumento civil (procedentes del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba y otras, como la de José de las Heras y la última, de Jiménez & Linares, publicada en “Palma un paseo único”), nos es posible recrearnos con pasión por el arte de modificar el espacio natural, para habitar, con comodidad y placer estético, nuestro medio urbano. Perdonadme esta frase tan solemne, y tal vez pedante, pero como acostumbro a hablar en esta serie de evocaciones del paisaje palmeño, desde el punto de vista de los recuerdos de tiempos pasados, vividos en primera persona, la emoción se instala en el relato, domeñando mis palabras.

Finalizaba, como decía, aquel artículo rememorando “la imagen de los escombros, durante su demolición, con las rejas y el imponente balcón que adornaban su fachada, sobre los cascotes y en medio de la polvareda. Un monumento más caído gracias a la miopía de los encargados por velar de nuestro de patrimonio y por la tontería de los hombres de negocio de aquella época.” Con estas imágenes podéis comprobar el por qué de estas palabras. Vemos en la primera foto la imagen de la calle San Sebastián, desde mi calle de la niñez, José de Mora, en la esquina donde estuvo el Banco de Bilbao, en el edificio que sustituyó la casa de Soledad López, pariente de mi padre, por parte de su primera mujer, con la espadaña de la iglesia del Hospital que da nombre a esa calle, al fondo. Y a la derecha, haciendo esquina, la casa hoy recuperada en nuestro álbum. Se aprecian las consecuencias del abandono, se ven los ladrillos, con el revoque caído, o colgando trozos del enlucido, a punto de desprenderse. Algo que presagia su próxima demolición, al no encontrarse habitada.

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Vamos a otra imagen más clara, una vez situada en el espacio, la casa recordada. Con esta posición oblicua vemos la casa Liñán en esquina. Hay un letrero de chapa, azul con letras blancas, por encima de la señal de acceso prohibido, donde una flecha nos indica la dirección de la casa de la calle Cigüela donde estaba la centralita de teléfonos, anterior a la implantación del servicio automático. Después se despliega ante nosotros la fachada principal, antes de una típica casa de arquitectura popular, menos pomposa, creo que la de la maestra Rosarito Rodríguez, que albergaba en un accesoria, la zapatería de Agustín y Juan José. Una portada abombada, de base casi semicircular, quebrada por la puerta, y dividida en espacios almohadillados, que me recuerdan al estilo barroco, y dos ventanas a ambos lados. Y sobre la puerta, un dintel que sostiene un hermoso balcón, el que vi, por desgracia, como cadáver reposando sobre los escombros del derribo. Para apreciarlo en todo su esplendor, nos detendremos en la siguiente imagen.

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En ella, ya de frente, apreciamos la majestuosidad de la puerta principal. Las ventanas de ambos lados, apoyadas en el zócalo, son sencillas, a ras de la pared, con rejas, y decoradas en sus bases por una cenefa de dibujo cerámico. El dintel de la puerta se adorna con una peana que sirve de soporte al balcón. Éste está también acompañado de dos ventanas a su izquierda y derecha, que sobresalen del paramento, enrejadas, con base y cornisa sobresalientes. El balcón es lo más llamativo. Es un típico balcón recubierto o protegido por cierre metálico acristalado, que se apoya en la barandilla y la cubre por detrás. Los vidrios superiores son de color, mientras que los inferiores son transparentes. Tiene adornos en forma de hojas por encima de la barandilla, y otros mayores coronando el tejadillo que lo cubre, sostenido por una cenefa de rosetones, entre los arquitos en que se apoya. Es muy parecido al balcón de la casa modernista, que mandó construir Julio Muñoz, el ahijado del Marqués de Monte Sión, que hubo a la entrada de la calle Ancha, aunque de forma menos curva, con línea más quebrada, y tal vez menos prominente. No obstante es también una balcón hermoso, ricamente decorado, que merecía haber sido conservado.

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Del interior no puedo hablar mucho, pues no recuerdo haber entrado allí nunca. Solo me viene a la memoria el suelo empedrado del patio o corralón que tenía entrada por calle San Sebastián, y que veía al pasar frecuentemente por allí. En esa parte vivió un casero llamado Manuel Contreras y su familia (amigo de mi padre), y por allí había una entrada a un sótano, de los pocos que existían en aquellos tiempos. También disponía de una entrada para coches y carruajes. Las estancias de la primera planta debían estar perfectamente iluminadas debido a la profusión de amplias ventanas, en contraste con la planta alta, una planta más íntima y recogida, familiar, salvo el luminoso mirador que ofrece el balcón. Por suerte, la puerta de entrada y las interiores, así como la escalera y los artesonados de las techumbres fueron compradas, antes de desaparecer el edificio por José Rodríguez Duran (“Colino”), para instalar estos elementos en su casa de la calle Ancha.

Decía al principio que las imágenes muestran el estado de abandono que presagiaba su demolición. Ésta ocurrió en los años de mi niñez, en los sesenta, y fue sustituido por el bloque de pisos, de nombre Edificio Santa Rosa, en cuya planta baja se trasladaría el Banco de Bilbao, conocido popularmente por “La casa blanca”, por el color de los ladrillos de su exterior. Y, tal vez, por los aires de sus nuevos moradores, por el interés de estos nuevos ricos, deseosos por vivir en la calle Feria, la calle de los “poderosos”, que fue motivo de sorna entre los tradicionales habitantes de este barrio y también entre el pueblo llano. La pena es que este interés ostentoso no se tradujera en la conservación del aspecto suntuoso de edificios, como éste, que fueron derribados en este periodo desarrollista, aunque el número de habitantes creciera, debido al conjunto de nuevas viviendas construidas en este espacio (a diferencia del ambiente deshabitado actual). Ojalá que la recuperación de estos documentos gráficos sirva de inspiración para que nuevas generaciones con capacidad económica puedan recuperar los elementos arquitectónicos que ahora volvemos a ver, y los incorporen a las nuevas edificaciones, dejando de lado el uniformismo de tanta piedra artificial y color blanco y albero, que amenaza con atenazarnos en estos tiempos.

Surtidores de combustible de otros tiempos, en Palma del Río

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Continuo rescatando entradas del viejo blog Celtibético. Hoy una de las antiguas gasolineras palmeñas.

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En nuestra antigua casa había una estufa de petróleo. Eso, al menos, creía yo, pues así la llamaban, aunque nunca la vi funcionando. Era como uno de esos quinqués que encontrábamos en las películas del oeste, aunque más grande, con otra forma. Como las lámparas de queroseno, aunque se apoyaba en el suelo, pues su función no era iluminar, sino calentar. Algo parecido a la de la imagen.

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Foto de los dos surtidores del Arco de la calle Ancha

Siempre me pregunté de donde sacaban el petróleo con que alimentar la estufa en otros tiempos, pues yo lo que ya conocí entonces era las gasolineras, los establecimientos donde se vendía gasolina (la normal y la super) y el gas-oil, para coches o vehículos y maquinaria agrícola, o el combustible para las motos. Pero allí no se veía comprar petróleo para estufas o quinqués (ya se usarían poco). Aunque no solo surtían directamente al depósito de los vehículos, sino que podías llenar aquellas latas que muchos llevaban en los maleteros de los coches, por si se quedaba vacío el depósito en un largo viaje, cuando las carreteras eran otra cosa y no viajábamos por autopistas, ni autovías, y encontrar una gasolinera en kilómetros de marcha era casi una suerte.

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Unos de los antiguos carteles de las entradas de Palma, con Pepe Godoy del grupo “Los jóvenes lobos

De niño conocía pocas gasolineras, pues en mi casa no había coche ni moto. Mi padre tuvo un coche, un “medio huevo”, pero yo no llegué a disfrutarlo. Estaban la gasolinera de la Avenida de la Diputación (ahora María Auxiliadora), de Pepe Morales, y más tarde la de Los Toreros, en el Cerro de Belén, en el cruce de la carretera Córdoba-Carmona, cuyo nombre vendría por los carteles que había en las entradas del pueblo en forma de burladero de plaza de toros, con la leyenda “Palma del Río, cuna de grandes toreros”, y que desapareció con el nuevo puente sobre el Gualdalquivir, y alguna más, como la de la Avenida de Santa Ana, cerca de la antigua y desaparecida ermita, donde trabajó mi amigo y medio pariente Rubén Cárdenas tras dejar el colegio San Sebastián. La más conocida por mí la que había en el arco de la Calle Ancha, concretamente en la entrada de la Avenida de La Paz, entre la casa de Raso y los talleres de Carmona, la gasolinera de Callejón.

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La ermita de Belén, con la gasolinera Los toreros al fondo

De esa gasolinera es la foto de inicio de la entrada, imagen que me proporcionó Pepe Martín, donde se ve a su padre, Rafael Martín Callejón, en la que le vemos con unos 18 años o menos, trabajando en el primer surtidor, un solo poste, con las compuertas abiertas, para sacar la manguera, con la que están llenando un barril metálico. Luego luego hubo dos postes de suministro, cubiertos con unas pequeñas marquesinas, como sombrillas, que era el que heredaría Teresita Callejón y años más tarde se trasladaría a la misma Avenida de la Paz, pero cerca del Instituto de Bachillerato, su ubicación actual. Rafael aparece con un compañero, Almenara, ya fallecido. Rafael, conocido como “Rafalito Callejón”, fue chófer del camión de bomberos que tenía Callejón, el concesionario de la basura, un camión de depósito largo y de color rojo, que se usaba preferentemente para el riego de los jardines y las calles. La famosa “Pipa del agua”. Fue así porque era de los pocos que tenían carnet de conducir para ellos en aquellos tiempos. Él se los sacó de joven y vinieron de Córdoba a examinarle. También fue conductor de Alonso Moreno de la Cova, de uniforme y gorra de plato. Todo un profesional del automovilismo, y una persona educada, y de personalidad amable entrañable, a la que agradezco (a él y a su hijo) el haberme facilitado la foto y datos sobre los surtidores. Pues hablando de ello surgió la duda sobre otro del que publico una fotografía de Miguel Santos Enriquez, mi suegro.

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En la imagen, datada el 10 de diciembre de 1941, aparece mi suegro, que es el que sostiene la boina (el del centro). Los otros dos acompañantes no sé quienes son, aunque aparecen en otras fotografías de la misma colección, alguna ya publicadas por mí en otras entradas, como, por ejemplo, la de El Paseo. Es una foto humorística, donde están de broma los amigos, y simulan llenar la boina con el combustible suministrado con la manguera del surtidor. No conocíamos dónde estaba ese surtidor de combustible, pues la imagen es pequeña, hasta que Rafalito Callejón nos lo aclaró. Resulta ser un poste de petróleo que había a la entrada del pueblo, en el paraje conocido por Vistalegre, en la curva que hace la carretera al dejar el Cerro de Belén, para entrar ya en el puente antiguo sobre el Guadalquivir. Lo que se ve detrás es el río, junto a una casilla.

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En esta otra foto, de Manolo Godoy, el del “Bar El Latero”, se puede apreciar en su contexto. Corresponde a un reportaje fotográfico que hicieron Manolo y mi suegro (eran grandes amigos), durante la riada de 1963. Miguel Santos también hizo una foto similar, pero es en ésta donde se aprecia mejor el surtidor, que, por cierto, aparece con las compuertas cerradas. Es el señalado con una circunferencia roja.

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Y Rafalito nos aclaró que ese era el surtidor de Flores (padre de José Flores Medina, y abuelo de mi amigo Antonio Flores Tirado, profesor de los Salesianos), que instalaron en 1928 y solo servía petróleo. Con lo que volvemos al inicio de nuestra exposición. Ya sabemos dónde vendían petróleo también, en el surtidor de Flores. Claro que éste tampoco lo conocí, pero con esta broma de mi suegro queda para guardar en la memoria algunas de esas instalaciones “de servicios industriales” y domésticos de Palma del Río.

La calle Ancha de otros tiempos

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Volvemos a recuperar los paseos por la geografía de nuestra Palma del Río, recalando en una de las calles importantes de su entramado urbano: la Calle Ancha. Su nombre vino porque en el momento de entrar en uso (siglo XVI) era una de las de mayor anchura del trazado, motivado por ser entrada al pueblo y salida hacia Écija, conectando con el llamado Arco de la calle Ancha, puerta que estuvo en el lugar por todos conocido, que desapareció en 1870. Durante siglos ha cambiado de nombre, siendo calle Mártires el que tenía durante la etapa que he ido rememorando de recuerdos de la niñez y la juventud, y volviendo a recuperar el apelativo Ancha tras las primeras elecciones democráticas municipales tras la muerte de Franco.

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La plaza del guardia (Archivo municipal)

Entrando por la Plaza del Guardia, dejando atrás el Casino (Círculo de Recreo), que estuvo funcionando en la Casa-palacio del Marqués de Monte Sión, en la otra esquina de la calle Cigüela, estaba la Casa de Julio Muñoz Morales, cuyo último propietario fue Pepe Martínez, una casa de estilo modernista de la que he hablado ya varias veces, ya derribada por desgracia y sustituida por el demasiado repetido edificio de pisos. Enfrente, el edificio del Banco Hispano Americano, de bella factura, y, contiguo a él, la oficina de Banesto, ambos también desaparecidos en la actualidad.

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Foto de Miguel Santos

Volviendo a la acera de la izquierda, mientras subimos, encontramos la Casa de Santiago Carmona y Belén Díaz, del que hablé con motivo de una fotografía de mi suegro, Miguel Santos, con una procesión del Cristo de la Expiración en los años sesenta. Justo en frente, la droguería de Rafael González, y una casa que fue derribada para instalar el Casino, tras la demolición del de la plaza del guardia, para hacer los correspondientes pisos que conocemos hoy.

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Fotografía del derribo para el nuevo Círculo de Recreo (Foto Juan Muñoz)

Unas casa de en frente fue adquirida por la familia Carmona-Díaz, donde hicieron pisos y en el bajo hubo un antecedente de lo que son los pubs de hoy día, un bar de lujo y “glamour” de la época, que creo que duró poco. A su lado el local, haciendo esquina con la calle La Higuera, donde se ubicó la oficina de la Caja Provincial de Ahorros de Córdoba, hasta que ocupara el antiguo espacio de la calle Castelar donde estuvo la cafetería Gademar, en cuyas plantas superiores funcionó un hostal o pensión del padre de Antonio Navarro, “Eliot”, actual concejal de Servicios sociales del ayuntamiento palmeño. En la oficina de la Caja provincial estuvo de limpiadora una tía de Anamari, mi mujer, con la que tuvo mucha relación de niña.

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La casa de campo de Juana Gamero-Cívico (Foto Archivo Diputación)

Aparece otro edificio de importancia, la Casa de campo de Juana Gamero-Cívico, en la esquina de la calle La Higuera, un edificio donde vivió un amigo nuestro, Juan González, al que llamábamos “Juanito el del huerto”, pues su familia se encargaba del que había en el caserón. Esta edificación fue demolida, para hacer varias viviendas y cocheras en sótano, conservando la fisonomía exterior del conjunto original. En la acera de enfrente estaba Foto Córdoba, cuyo propietario, Manolín, era amigo de mi suegro Miguel Santos. De niños hicimos un experimento con él: con dos lámparas de focos unidas por la parte ancha, encendidas, simuló algo parecido a un OVNI. Fuimos a hacer de noche una foto en la explanada de la ermita de Belén, y con la otra imagen hizo un montaje que simulaba la captura del aparato volador. Luego la tuvo de exhibición en el escaparate. Una broma fotográfica, en tiempos que no había Photoshop, que sirvió para echarnos unas buenas risas con todos los que “picaron en nuestra red”. Arriba del estudio, en uno de los pisos, se instaló mucho más tarde la emisora de Radio Palma. A su lado está la casa de José Rodríguez Durán (Pepe Colino, concejal en tiempos de franco), gran amante de las antigüedades y longevo político local.

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Escudo en la casa de la familia Monsalves y Ruiz de Almodóvar (Foto Archivo Diputación)

Más viviendas reseñables, por ejemplo: la de Eugenio Fernández Rossi, donde tenía su consulta médica privada (junto a la casa de campo Gamero-Cívico), la casa Angel Ruiz “follique”, que trabajó en el taller familiar y luego en la escuela-taller del ayuntamiento. Por aquí había una relojería en una casa sustituida ya por pisos, en cuya planta baja hubo un pub (Gules) y luego otros negocios. En la otra acera, la “casa colorá”, donde viven mis amigos Pepe Lora y Esperanza Caro de la Barrera, en la planta alta. Abajo moran unos tíos de ésta, que antes vivían en las huertas. Una casa que he frecuentado mucho de más mayor.

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Fiesta de San José en mi antigua casa. Pepito Monsalves, junto a mi padre

Destaca la gran fachada de la casa, con pocos vanos y un escudo encima de la puerta y bajo el único balcón, de la familia Monsalves y Ruiz de Almodóvar, uno de cuyos miembros, José María, al que llamábamos “Pepito Monsalves”, era amigo de la familia, cariñoso y amable. Tristemente falleció joven en un accidente de tráfico, creo recordar. A su lado la casa del dentista Ramón Ros, donde actualmente tiene su consulta su hijo, y unos pisos cuya fecha de construcción desconozco, pero que en 1960, como vemos en la foto de José de las Heras, todavía no habían sido levantados. En la planta baja Marcelino Canovaca instaló su auto-escuela y la gestoría.

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Procesión en la calle Ancha

Otro edificio sobresaliente era la Casa de los Gamero-Cívico, en el número 23, una casa construida por el mismo arquitecto francés que diseño la casa-palacio del Marqués de Monte-Sión, la casa de la calle Nueva (hoy Edificio Roma), que tenía grandes jardines con numerosas palmeras (hoy desaparecidas por el maldito escarabajo picudo), donde se edificó el conocido “Barrio de las Palmeras” y ésta, con numerosas ventanas y balcones, ya sustituida por otra edificación moderna, con pisos interiores y una fachada que intenta imitar la original. A su lado una casa donde había una habitación con una Virgen Inmaculada, que se podía ver desde la calle, donde la gente rezaba y echaba unas monedas como ofrenda, casa que fue demolida y levantada de nuevo con tres plantas, reproduciendo el espacio dedicado a la figura de la Virgen. Otras edificaciones adyacentes eran la casa de González (“Parrito”), la de Nati con la panadería y en frente la de la familia Tejada o una con una tienda haciendo esquina con la calle Ana de Santiago.

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Bodega donde trabajó Antonio Elías (Foto Juan Muñoz)

Pasando esta calle y la calle Nueva (entonces calle Écija, tras la Guerra Civil) vemos varias casas modestas y la destacable fachada de la casa de Eleuterio Reyes, hoy casa-museo El cordobés, pues la adquirió el ayuntamiento palmeño, con este fin, ya que el conocido torero vivió en esta calle en la niñez. En la acera contraria damos con la casa de “Miguel de la notaría” y otras viviendas modestas, hasta la casa que edificó Luis Jiménez (“Luisito el del lino”), una zona de fuerte transformación durante años, pasando de casas a pisos en muchos casos. También ahí, a la izquierda de la calle, tiene la casa Rufina, la suegra de mi hermano Roberto, viuda de Antonio Torres, al que vemos (con brazalete negro) junto a su padre en la foto que publiqué sobre la bodega que tuvo en esta calle Antonio Elías Cid. Cerca, hace años se abrió un pasaje que comunica la calle Ancha con la nueva urbanización de “Las Palmeras”. Una amiga de Ana y mía de la juventud, Belén Mari Pazo, vivió allí, donde ahora reside Antonio Cumplido, un profesor del Colegio Salesianos con su familia. Tanto su hermana Rosa como ella trabajaron en el estanco de Chaparro, que antes estaba en la acera izquierda (si subimos desde la plaza del guardia) y luego pasó a uno de los bloques de pisos de la otra, cerca de su antigua vivienda. También, unos metros más arriba encontramos la carpintería de Lorente. Toda esta zona ha ido cambiando mucho con los años, como ya he comentado, mudando de casas a pisos muchos edificios, además de locales comerciales, que dan identidad a la zona.

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Jesús Morales a la puerta del pub Lord Byron (Foto de la familia Morales)

En esta parte de la calle recuerdo la peluquería del suegro de Rafalín Campanario. Y especialmente Auto-recambios Durán (antes de trasladarse al Polígono industrial), y en la misma línea de fachada el “Repuesto” de Manolín, Manuel Pérez Rodríguez, el padre de mi amigo Manolo Pérez. Ya siendo yo joven, en la acera contraria se abriría el primer pub de Palma, el Pub Lord Byron, del que pronto hablaremos en otra entrada. Completaban la calle el bar Rosa, lugar especialmente frecuentado, haciendo esquina con el conocido Arco de la calle Ancha, lugar del que hablé al principio, elemento ya inexistente, pero que todo el mundo sabe de su denominación en la zona donde, entre otras cosas, estuvo el surtidor de Callejón, al que me referí en otra entrada y donde se instalaron los primeros semáforos.

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Arco de la calle Ancha en los años 80

La calle Ancha era y es una vía importante del pueblo, como ya he dicho, por eso siempre ha estado llena de vida y actividad, lo que le ha supuesto grandes y numerosos cambios desde que se abriese al tránsito. Seguro que se me han quedado en el tintero numerosos ejemplos de esa variada vida desarrollada allí. Lógico, pues no puede uno recordarlo todo. Seguro que quienes lean esta apresurada y parcial ojeada de este lugar ahora estarán rememorando más cosas con las que llenar las lagunas, que hoy modestamente he dejado, con mi evocación.

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

AMPRimg348Como estoy viendo que en el Facebook se está repitiendo el enlace de este antiguo post del viejo blog Celtibético, muy apropiado para las fechas en que estamos, y que recibió gran número de visitas y comentarios en su día (junio de 2014), y lógicamente, no se puede ver en ese blog (todavía bloqueado por Blogger), os vuelvo a publicar la entrada de entonces, incluyendo alguna foto nueva, facilitada por José Luis de las Heras. Disfrutad.

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Pantalla del Popular Cinema

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

Ahora que ha llegado el calor en su máxima expresión, como si estuviésemos ya en verano, apetece recordar aquellos lugares que eran esenciales para pasar las noches cálidas de nuestra ciudad, como, por ejemplo, los cines de verano. Palma del Río tenía tres cines de verano en mi niñez y juventud: el Cine o Cinema Jardín, el Coliseo España y el Popular Cinema.

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Cines San Miguel y, junto a él, Cinema Jardín

El Cinema Jardín, se situaba junto al Cine San Miguel, en la Calle Alamillos. Se llamaba así, supongo, por las plantas que lo adornaban en la entrada y en el interior, unas enredaderas alojadas en celosías, creo que de color verde (si no me falla la memoria) muy llamativas. Era una terraza al aire libre que compartía máquinas proyectoras con el Cine San Miguel, que se volvían hacia cada local, según la temporada. La pantalla se colocaba en la parte más cercana a la calle Ana de Santiago.

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Calle Alamillos, donde estuvo el San Miguel y el Cinema Jardín, en la actualidad

Fui pocas veces a este cine, que fue el primero que cerró. Recuerdo una vez a mi madre decirme que íbamos a ir “al cine de la sábana blanca”, cuando mi hermana Mari se iba allí con las amigas y queríamos acompañarle. Se refería a que nos iba a acostar temprano, así que mejor olvidarse de la película. Tal vez pensase en la fama que tenía de que en sus sillas de anea se criaban chinches, y no tenía ganas de correr el peligro de los parásitos, frecuentes entonces en las zonas más modestas.

Carteleras-Guadalgenil-1959aOtro de los cines, que duró más tiempo en funcionamiento, fue el Cine Coliseo España. En 1932 el ayuntamiento autorizó a Miguel Jerez y Jerez (médico titular y funcionario municipal) a la construcción de un “teatro de mampostería para espectáculos de verano”, cediéndole el terreno para ello en el Llano de San Francisco (La Segunda República en Palma del Río, 1931-1936, Juan Antonio Zamora Caro y Joaquín de Alba Carmona. Editorial Coleopar Ceparia). En su terraza se llevaron a cabo todo tipo de espectáculos: teatrales, musicales (del gusto de la época, como la copla) y, por supuesto, proyecciones de películas. También recuerdo alguna “Naranjá flamenca” (festival de los que se pusieron de moda en los ochenta) organizado por la Peña Flamenca La Soleá.

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El Coliseo España

Posteriormente a su construcción se edificarían los pisos del Paseo, desde los que vimos más de una película de las que se proyectaban en el cine (sobre todo las que no nos dejarían ver por la edad), en la azotea del bloque donde vivían compañeros del Colegio San Sebastián.

El cine lo compró el ayuntamiento en los años ochenta para caseta municipal. Funcionó así algún tiempo, además de como bar y zona para espectáculos del Área de Cultura, incluido el cine de verano. Se ideó alguna fórmula de techarlo provisionalmente para su uso en invierno, pero finalmente se encargó un proyecto de teatro de nueva construcción, aunque reconstruyendo la primitiva fachada, como recuerdo de la anterior. Hoy día es el Teatro Coliseo, donde se desarrolla cada año parte de los espectáculos de la Feria de Teatro en el Sur, otras actividades culturales e institucionales, tanto públicas como organizadas por entidades privadas, y en contadas ocasiones se ha proyectado también cine.

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Popular Cinema, sillas y cabina de proyección

El Popular Cinema, era también conocido como el cine de la Calle Belén. Fue el último cine de verano privado durante bastantes años, hasta que se cerró para edificar viviendas, como le pasó al Cine San Miguel, aunque éste estuviese abandonado durante bastante tiempo en espera de un proyecto que le diese uso (solo fue empleado por el ayuntamiento durante algunas ediciones de la muestra de murgas del Carnaval). En este cine de verano, recuerdo haber visto, por ejemplo la entonces muy popular “Fiebre del sábado noche” (1977), todavía sin ser mayor de edad, como la mayoría de los asistentes, por lo que al salir al inicio de la proyección la indicación de que estaba autorizada para mayores de 18 años, las carcajadas llenaron la noche veraniega como si de un magnífico gag humorístico se tratase. Nadie podía resistirse a la moda de la música discotequera que esta película impulsó entonces. También asistí a otras películas y espectáculos musicales allí. Así como nos “colamos” más de una vez, viendo la película desde la azotea de los pisos de la Calle Belén, donde vivía mi amigo Manolo Pérez, aunque con mayor distancia que en el caso del Coliseo.

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Comunes a todos ellos, eran los “esenciales” servicios que prestaban al cliente. El puesto de pipas, chucherías, garrapiñadas, altramuces (chochos), por ejemplo, aunque también en los alrededores se instalasen comercios semejantes, la mayoría ambulantes, para surtir a los que iban a pasar allí la noche. Las pipas y otras chucherías, como las palomitas, parecen que están indisolublemente unidas a la contemplación cinematográfica. También había quien llevaba un botijo con agua fresca para que bebieran “a peseta la jartá”. Tal vez fue en el Cinema Jardín, donde lo hacía un tal Valdeón del que me han hablado algunas veces.

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Las carteleras de la “Plaza del Guardia”

El uso de sillas de anea fue nota característica durante algún tiempo. De ahí que del Cinema Jardín se dijera que en ellas se criaban chinches. Algo que pasaría en los demás también. Luego se impuso el uso de sillas y sillones de metal, como las que se usaban en las terrazas de los bares. Los ambigús, para el consumo de bebidas y refrescos, también se fueron generalizando con el aumento del nivel de vida, recordando, por ejemplo, el de Rafael Nieto. En cada cine encontramos unos comunes empleados: operador, taquilleros, control de entrada, barrenderos (por las cáscaras de pipas y otros residuos), acomodadores (que hacían las veces de vigilantes para mantener el orden durante la proyección). Estos cines, como las salas de invierno, anunciaban sus películas, además de en los medios locales, como la Revista Guadalgenil, en las conocidas “carteleras” que había repartidas en diversos puntos del casco urbano, sustituyendo a las de las salas cerradas durante el verano. Y funcionaban con sesiones diarias, lo que les hacía más atractivos.

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En el Paseo los titulares del antiguo Quiosco Manzano, con la fachada del antiguo cine de Paco Castillo al fondo

Habría que resaltar la importancia de los cines, y especialmente la de los cines de verano, en estos tiempos individualistas que vivimos. Eran un entretenimiento ideal y no caro para las noches calurosas, donde se cimentaba la amistad, la convivencia y las relaciones familiares. Un motivo para tomar un refresco, y salir a pasear. Nos ponía en contacto con el mundo que nos rodeaba, estrechando, al mismo tiempo, los lazos de vecindad. Un motivo de añoranza, repleta de emotividad. Algo que se perdió y se está perdiendo en otras partes, donde tienen a gala la conservación de estas instituciones sociales, como pasa en Córdoba capital.

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Foto aérea del Paseo con las naves que adquirió Paco Castillo para el cine

Los últimos cines de verano que hemos tenido en Palma, tras varios periodos de largos años sin nada, fueron el de Paco Castillo en la Avenida de Pío XII, cuyo solar ocupa hoy salón de celebraciones Reina Victoria. Y el que hubo en el lugar que alberga hoy día el Espacio Joven, en la Barriada del V Centenario, junto al Colegio Ferrobús.

juventudEl cine de verano se limita en la actualidad a las proyecciones que realiza el ayuntamiento en la temporada estival tanto en el Jardín Reina Victoria, como por diferentes barrios, donde hay plaza para las proyecciones. En ellas los vecinos se llevan su propia silla, sillón o tumbona para ver la proyección al aire libre. Y algunos hasta mesas de camping para degustar la cena o un tentempié, durante la película. Algo que nos recuerda aquellos gloriosos días en que disfrutábamos del séptimo arte en aquellas salas al aire libre, durante las cálidas noches del verano palmeño.

Bar El Latero

Latero-1aContinuando con la tarea de recuperación de entradas, hoy vuelvo a publicar (con alguna novedad, por cierto) una que fue muy celebrada cuando se publicó en noviembre de 2010, la del Bar El Latero:

Había un bar en la calle Feria de Palma, conocido por “El latero”, por estar situado en una casa antigua donde vivía y trabajaba un artesano, profesional en elaborar y reparar objetos de latón, de hojalata, como cubos, aceiteras, regaderas, jarrillos, palanganas, etc. Recuerdo de pequeño aquel establecimiento, en el portal de la casa, con sus cacharros amontonados, donde trabajaba el latero. Como también recuerdo la zapatería de Agustín, más cercana a mi calle, con una disposición similar, todo muy antiguo, muy artesano. Eran otros tiempos en que la calle Feria tenía todavía el bullir de comercio, bares y otros establecimientos, herederos de los que la hicieron una calle principal, al instalarse las tiendas que obtuvieron el privilegio de Juan II de Castilla de celebrar mercado desde la Edad Media. Y eso atrajo también a los que tenían algo de fortuna para instalar sus viviendas allí.

Oct-1966El bar El latero era un lugar con encanto. No tenía dimensiones para acoger a una gran afluencia de clientes. Era pequeño y estrecho, al hilo de la fachada, con una barra para servir a lo largo del local, que dejaba una pequeña zona donde acomodarse (es un decir) la clientela. Tenía una puerta de acceso que daba al reciento, con un escalón para sortear un nivel más rebajado respecto a la calle. Y lo ventilaba una sola ventana, más alta que ancha, que servía de desahogo cuando hacía buen tiempo, pues era común ver al personal consumir su fino y su tapa, desde la calle, apoyados en los barrotes a media altura de la ventana, mientras disfrutaban de la tertulia con los demás clientes y el dueño del bar.

escanear0047aPor mi edad disfruté pocas veces de su servicio, ya que hace muchos años que cerraron, y en su lugar hay ahora un comercio del ramo del textil, pero para mí era un punto de referencia frecuente. De niño era el lugar ideal para conocer las vicisitudes de liga de fútbol, ya que en una repisa que tenía por encima del frigorífico, y a lo largo de la barra, se mostraban banderines de los equipos de fútbol, ordenados según la clasificación de cada jornada. Así, cada domingo, cuando mi madre nos llevaba de paseo, después de ir a misa, pasábamos por allí y yo miraba impaciente por la ventana para saber cómo iba la liga y si mi equipo favorito de entonces iba bien clasificado, pues el Latero, diligentemente, cambiaba la posición de los banderines, una vez terminados los partidos. Fue uno de los primeros bares que cerraba un día a la semana y en navidades, además de ser uno de los primeros locales en disponer de televisión en color en Palma.

escanear0012aEn las fotografías que expongo aparecen Miguel Santos (a la izquierda), el padre de Anamari, que pudo ser mi suegro de no haber fallecido antes de la boda, junto a Manuel Godoy, el “Latero” (el del bigote) y otros clientes. Mucho tiempo después siguieron compartiendo amistad y paseos por el pueblo, como en aquellos tiempos. En las imágenes vemos detalles del bar, como las fotos de toreros (hay una de El cordobés, cuando fue recibido por Franco), de alguna “famosa” de la época (una incluso en bikini), algunos calendarios (uno típico de los setenta, con el incipiente “destape”, donde se aprecia que pudo ser hecha la instantánea en 1970), una botella de vino con la imagen del cantaor Fosforito, un quinqué y un candil, recuerdos del anterior negocio familiar, una radio de válvulas, objetos publicitarios, como el del vino de Montilla que anuncia el resultado de los “ciegos” (el sorteo de la ONCE), carteles del fútbol local, botellas, platos de tapas, barriles y los famosos banderines que tanto interés despertaban en mi antigua pasión por el fútbol, compartida con los compañeros de la niñez.

Las fotos, prestadas por mi mujer y que alguien le regaló (Francisco Godoy “Pin”, el profesor y sobrino de Manolo el latero), son un entrañable testimonio de uno de los típicos espacios protagonistas de la pequeña historia no lejana de mi ciudad.

Fotografías de José de las Heras Hernández

1960-Palma del Rio-47aEn la entrada anterior del blog publiqué de nuevo la última del Celtibético de la anterior plataforma de blogs, antes del bloqueo (que todavía persiste). En ella había dos fotos, una de mi madre de joven, vestida de gitana y otra de la antigua Caseta de la Amistad que abría sus puertas en el Paseo durante las ferias (ahora remodelada). La primera foto me la proporcionó un primo, pues la tenía su madre en su archivo. La otra de 1960, me la pasó, como indicaba en el artículo, José Luis de las Heras, hijo del autor de la foto, José de las Heras, junto con otras.

1960-Palma del Rio-17aJosé de las Heras Hernández era un ingeniero zamorano, que se trasladó a Palma del Río, a finales de los años cincuenta, y pasó varios años aquí con su familia (procedente de Las Arenas de Guecho entonces, aunque con origen en varias poblaciones), pues le encargaron el proyecto de ampliación del Canal del Bajo Guadalquivir, para hacerlo navegable.

1960-Palma del Rio-16aSe integraron bien en Palma durante su estancia aquí. Les llamaban “los bilbaínos”, pues la empresa donde trabajaba como ingeniero era de Bilbao y su hija menor nació en el País Vasco. José, aficionado a la fotografía, dejó constancia de su paso, retratando a personas y lugares bien conocidos de nuestra ciudad. Eso sí, con la apariencia que entonces tenían. Os dejo con un “aperitivo” de las fotos que hizo, para que las disfrutéis. Ya iré usando otras en otros momentos. Y de nuevo agradezco a José Luis, su hijo, el haberme proporcionado este valioso material gráfico, que, seguro, hará las delicias de muchos palmeños y palmeñas interesados por nuestra historia reciente.

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Feria de Mayo 2017 (nueva edición)

Como comentábamos al principio empiezo por colgar entradas ya publicadas. Y lo hago reproduciendo la última, la que dediqué a la Feria de Mayo de este año. En días posteriores iré publicando nuevos artículos y los referidos a la memoria de nuestro pasado palmeño. Así rezaba mi última publicación:

IMG-20170218-WA0013Como anunciaba ayer, con motivo de la publicación de mi artículo en la revista de feria, hoy se inicia la Feria de Mayo de Palma del Río. Una feria que podremos disfrutar gracias al buen tiempo, que las previsiones meteorológicas nos auguran. Aunque no tengamos ya las fuerzas que de jóvenes nos impulsaban a gozar el máximo de tiempo posible de estos eventos festivos, seguro que no faltaremos a la cita diaria en el Paseo. Y, una vez más, eso me impulsa a hablar de recuerdos. Primero por la fotografía que me facilitó un primo, que vive lejos de nuestro solar de nacimiento, donde aparece mi madre, de joven, vestida con el popular traje de gitana, el de la época, cuando todavía estaba soltera. Se le ve contenta, luciendo su vestido de lunares, y posando antes de salir al recinto ferial, con el mantón y las flores en el pelo. Desconozco la fecha, pero intuyo que fue antes de 1960, año en que contrajo matrimonio con mi padre, tras su vuelta de Horcajo y de Madrid.

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La otra es una adquisición reciente. Es una foto de 1960 de la antigua “Caseta de la Amistad”, durante la feria del mediodía. La caseta está engalanada con las tradicionales lonas y repleta de público. A su lado vemos unas bicicletas y una silla de ruedas. La barra estaba montada fuera de la parte techada, cubierta por un toldo o lona, para ganar espacio. Es en las ferias de mayo, en la primavera, cuando hemos podido disfrutar de la feria de día, al no hacer todavía el calor que nos impide en agosto estar en la calle con las altas temperaturas. Así se ve en la foto, cedida por José Luis de las Heras, hijo de José de las Heras, el autor de la imagen, a quien agradezco su colaboración.

¡Disfruten de las fiestas! que, para descansar, ya vendrá el lunes.