La Feria de Palma del Río y sus actividades típicas de otros tiempos

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El mes de mayo pasado reproduje en este blog un artículo que publiqué en la revista de la Feria de Mayo donde defendía la existencia y pervivencia de la Feria de Agosto de Palma del Río, a pesar de los cambios que ha experimentado en los últimos tiempos. Afirmaba que la feria, como festividad y actividad económica, es como un organismo vivo, que “pasa por diversas etapas, donde se nos muestra de formas diferentes”. Ahora que comienza la feria de agosto de este año podemos recordar algunos aspectos que formaron parte de esta fiesta de otros tiempos.

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La Feria de Agosto tiene sus raíces en el siglo XV, y más concretamente en 1451, año en que Juan II concedió a Martín Fernández Portocarrero una feria libre y perpetua que durase quince días desde la Asunción de la Virgen, privilegio que sería ratificado más tarde por los Reyes Católicos. Esta feria, como mercado, tenía dos vertientes: mercado de ganados, y mercado de productos del campo, artesanales y otras mercaderías. En un principio se vino desarrollando en la calle que surgió en el arrabal próximo a la entrada Este (Arco del Sol) del Recinto Amurallado, llamada posteriormente, por ello, Calle Feria, en locales y soportales, muchos de ellos de propiedad eclesiástica, y con la feria del ganado en dirección a la antigua Puerta de Marchena, donde desemboca la conocida Calle Portada, en el llano de San Francisco, por su cercanía con el convento franciscano. Esa posibilidad de vender y adquirir productos que normalmente no eran asequibles, debido al fuerte intervencionismo de los poderes públicos, hizo que además de la actividad comercial fuese acompañada de actividades lúdicas y festivas, musicales y gastronómicas, que son las que hoy día caracterizan a las ferias.

La foto del principio de la entrada muestra esa feria de ganado, concretamente en el año de 1962, foto publicada en la revista Guadalgenil en septiembre de ese año. En ella vemos las bestias y los tratantes y compradores de ganado en plenas negociaciones o tratos, con los pisos de San Francisco como escenario. Dos de los protagonistas se dan la mano, dando formalidad a la compra y la venta recién conseguida a satisfacción. La profesión de tratante de ganado exigía conocimientos de esas especiales mercancías (el ganado, por ser seres vivos), temple en el carácter, capacidad de persuasión y otras habilidades comerciales. Una profesión ambulante en declive hoy día, por el retroceso de estos mercados, como pasó en Palma en el siglo pasado (donde dejó de celebrarse la feria de ganado) y por la escasez de los animales ofrecidos en ellos.

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En esta otra foto vemos los puestos de feria que se colocaban en la Calle Portada, puestos que llegaban desde el Paseo hasta la Plaza de España actual, junto a la Plaza de Abastos o la Farmacia de Chacón, engalanándose la calle con banderines, como vemos en la foto de Juan Muñoz Figueroa, donde este monta en bicicleta, junto a su padre. Paulatinamente este espacio de la calle Portada fue retrocediendo como sede ferial, siendo ocupado en los años 70 y 80 con los puestos de turrón, que más tarde han ido concentrándose en el Paseo y alrededores.

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Y cerramos este apresurado repaso a actividades de antiguas ferias con los toros, espectáculo que se ha intentado revitalizar durante estas fiestas en los últimos años, y que este solo ha tenido presencia en mayo. Para ello reproduzco una inserción publicitaria de la revista Guadalgenil, de agosto de 1961, con el anuncio de varias novilladas de feria, contando con la presencia, entre otros, de diestros locales como son “El Barquillero” y “El Hortelano”, Manuel García “Palmeño” y el famoso ya Manuel Benítez “El Cordobés”, que un año antes ya había toreado en nuestra ciudad, cosechando un rotundo éxito, como dimos testimonio en una entrada pasada, cuando toreó por primera vez aquí.

Como vemos, las ferias han ido evolucionando en su contenido durante los siglos de su existencia, incluso si nos fijamos solo en los decenios más recientes, quedando hoy día en acontecimientos festivos, con más o menos atractivos (algunos de los cuales varían según el público que los acoge o demanda), pero dignas, no obstante, de respeto y protección por su valor histórico y cultural evidentes. ¡Disfrutemos de nuestra feria!

El Palacio de la Magdalena de Santander y mi familia, con casi 60 años de diferencia

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Este año hemos realizado un viaje por los Picos de Europa en nuestras vacaciones. Hemos visitado lugares tanto de Asturias como de Cantabria, y no solo enclavados en estas montañas de la Cordillera Cantábrica, sino en otros paisajes de ambas comunidades. De ahí que hayamos tenido la posibilidad de volver a visitar ciudades que no conocíamos, por ejemplo, Gijón, como también otras que ya habíamos recorrido en otros viajes. Este es el caso de Oviedo y Santander. Ello nos ha permitido estar en zonas de esas urbes que se nos pasaron de largo en anteriores citas.

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En Santander pudimos recorrer la Península de La Magdalena, donde, además de la playa, el parque, los barcos de Vital Alsar y el minizoo, se encuentra el Palacio del mismo nombre que construyó el ayuntamiento santanderino, mediante suscripción popular, a principios del siglo XX, para que fuese residencia de verano del rey Alfonso XIII, y su familia, y así atraer a más visitantes, sobre todo de la nobleza, que apostaron en aquellos años por las playas del norte de España, para tomar los conocidos como “baños de olas”. Junto a una de sus puertas, en esos momentos concurridas, por la presencia de los asistentes a los Cursos de Verano que celebra allí la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), nos hicimos algunas fotos mi mujer, Ana, y yo. Unas fotos especiales, pues recordaban a otra que se hicieron mis hermanos mayores (Pepe, Mari y Sole), junto a otras personas, en ese mismo lugar, cuando los primeros, junto con mi padre, el practicante José Domínguez Godoy, un taxista y otras acompañantes, visitaron Santander, pues mi hermana mayor (Soledad) esta allí temporalmente. Esa foto que recordamos es la que inicia esta entrada, que conservo en el álbum familiar. En ella vemos a Pepe (a la izquierda), Mari (con trenzas) y a Sole (la tercera por la derecha), junto a sus acompañantes, cerca de la antigua entrada de carruajes del palacio.

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La foto pudo ser de 1960, ya fallecida la primera esposa de mi padre, Soledad (noviembre de 1959), y antes de casarse con mi madre, Carmen (algo que tuvo lugar el 25 de noviembre de 1960), ya que ninguna de las dos están en la foto (mi padre sería el fotógrafo que plasmó la visita). Unos 58 años, casi los 60 años de los que hablo en el título de la entrada, separan ambas fotografías. La última, aunque más próxima a la puerta y mostrando los cambios experimentados por el paso del tiempo, rememora e imita aquel antiguo viaje familiar, con el Palacio de La Magdalena al fondo. El pasado y presente se dan la mano con unas imágenes entrañables.

La piscina de Paco Castillo

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La piscina de Paco Castillo (Foto de Rafael Velasco Cabrera)

Ahora que llega el esperado calor en este raro verano que nos ha tocado en suerte (y nunca mejor dicho, por lo soportable de sus temperaturas), viene bien hablar de algunas cosas del pasado. Palma del Río ha sido siempre una localidad calurosa, por eso he dedicado varias entradas a este fenómeno y su incidencia en nuestro pueblo. Incluso he tenido recuerdos para las piscinas, tanto de la pública que hubo en el Paseo, que ocupaba parte del Jardín Reina Victoria y de la que llegué a publicar una película que rodó mi suegro, Miguel Santos Enríquez, cuando se puso en funcionamiento, allá por por el verano de 1971, como de las privadas. Además, en mi casa mi padre hizo una pequeña alberca, que nos servía de piscina y para regar el huerto que mi madre tenía en nuestra antigua vivienda.

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El autor en la piscina de la vieja casa

De niños, y también de más mayores, hemos conocido piscinas privadas para uso propio, y otras que eran usadas como establecimientos públicos. Recordemos la que tuvo el cura Don Tomás, donde muchos niños y jóvenes buscaban diversión y el frescor de sus aguas. También, cuando derribaron mi antigua casa, su nuevo dueño (Rafael García Belmonte), que al mismo tiempo se quedó con la casa del al lado, la de los Angulo, para hacer un mesón anejo a la Discoteca Géminis, construyó en su solar una piscina privada de uso público, que funcionó algún tiempo.

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Repasando una vieja revista palmeña, la publicación Guadalgenil, he encontrado un anuncio de 1959 de otra piscina que fue muy popular, la de Paco Castillo Anguita. En esta inserción publicitaria nos ofrece sus servicios y precios, animándonos a pasar las vacaciones en nuestro pueblo. De ella también he comentado algunas cosas en otras entradas del viejo Celtibético.

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Localización de la piscina

Paco Castillo, conocido popularmente como Al Capone, por ser empresario de famosos billares y máquinas recreativas (tragaperras), ha sido siempre un gran emprendedor. Era sobrino de Nieves Castillo, la de la Fonda Castillo (también “Huéspedes Castillo”) que había al final de la calle Portada, y que los niños llamaban la “Fonda de Blanca Nieves y los siete Balconcitos”, haciendo un juego de palabras con el nombre de la dueña y los siete balcones que presentaba en su planta alta. De la fonda o pensión también he encontrado publicidad en la misma revista, en ejemplares de finales de los años cincuenta del siglo pasado. En ella hace referencia a la piscina, como un servicio más del establecimiento hotelero. Estaba frente al viejo Cine Coliseo España.

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Durante años esta piscina de Castillo prestó un servicio muy querido, no solo por los clientes de la pensión o fonda, sino también por el público en general, mérito por el que hoy la volvemos a recordar. Posteriormente, Paco Castillo edificó un salón de bodas y una cochera colectiva en el solar que ocupó la piscina, y más tarde, cuando incorporó también el local del añorado Bar Charneca al edificio de la antigua pensión, con todo el terreno pudo edificar el actual Hotel Castillo que todos conocemos.

 

Las Bodas de Oro del instituto de bachillerato con Palma del Río

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También con motivo de la Feria, en este caso en la edición especial que ha publicado el diario Córdoba, me han encargado un artículo sobre el 50 aniversario del instituto de secundaria de Palma del Río, el IES Antonio Gala. Reproduzco el artículo publicado.

 

El Instituto de Secundaria Antonio Gala cumple 50 años

De niño sentía avidez por progresar en mis estudios. Ver, por ejemplo, los libros de química en la escuela, con sus tapas decoradas por retortas, matraces, tubos de ensayo y demás instrumentos, provocaba la curiosidad por adentrarme en nuevos conocimientos, que se me antojaban como un paso obligado para convertirme en alguien sabio y una persona mayor. Cuando me entretenía con la televisión, viendo series o películas que reflejaban otras épocas históricas, un personaje concitaba una atracción especial, el bachiller. Era presentado casi siempre, sobre todo en obras del siglo de Oro, como alguien instruido, amén de divertido, a veces aventurero, y con cualidades que le hacían sobresalir sobre otros protagonistas. Ejemplo, el famoso bachiller Sansón Carrasco, que aparece en la segunda parte del Quijote. De ahí que un objetivo a cumplir fuese ser bachiller.

¿Dónde se podía conseguir esto? En Palma del Río había un sitio: el instituto. Cuando cursaba los primeros cursos de la educación primaria se pasaba al instituto con pocos años. Ya en la Educación General Básica (EGB), este paso se daba tras el octavo curso. Ese fue mi caso, con lo que ese componente “casi literario” que comentaba antes ya estaba algo difuminado. No por ello fue menos emocionante. Y necesario, además, para luego acceder a la Universidad. Los cuatro años allí vividos, los tres cursos del Bachillerato Unificado Polivalente, más el Curso de Orientación Universitaria, fueron de los más intensos que se terminan recordando, al comprender una etapa de la vida, como es la adolescencia, clave en la conformación de tu personalidad y también repleta de sensaciones, emociones y aventuras. ¡La vida del bachiller!

El instituto nació como una sección delegada del Instituto Séneca de Córdoba en 1967, y se emancipó en el curso 1970-71. En los primeros años no tuvo nombre propio, solo Instituto Nacional de Bachillerato, más tarde, en 1982, pasó a ostentar el nombre del escritor Antonio Gala. Estamos celebrado, por tanto, en este curso 2017-18 las Bodas de Oro del instituto con su pueblo. Un matrimonio feliz, donde muchos profesores y profesoras, y alumnos y alumnas, hemos pasado por las aulas del viejo instituto, con todas sus ampliaciones, y por las nuevas dependencias que se construyeron al ser necesario un espacio mayor con las nuevas enseñanzas hoy día en vigor. Dejando huella en la vida académica, cultural, profesional y vital de nuestra ciudad, y pasando muchos a formar parte primero como alumnado y más tarde como plantilla del centro. En mis tiempos, alumnos de otras localidades, como Hornachuelos, Almodóvar del Río, Posadas, Fuente Palmera, Peñaflor y La Puebla de los Infantes, compartían sus estudios con nuestros paisanos y paisanas, con lo que nuestro campo de amistades se ampliaba por las comarcas próximas entre Córdoba y Sevilla. En estos momentos, tras implantarse la enseñanza secundaria obligatoria, además del bachillerato, el aumento del número de alumnos ha provocado que esas otras poblaciones cuenten con su propio instituto, dejando nuestro centro.

Entre los actos celebrados con motivo de este aniversario, una mesa redonda, con participación de la mayoría de los directores que ha tenido el centro, sirvió para recordar a miembros del claustro ya desaparecidos, como Antonio Montero, Antonio García Chaves, Juana Márquez o Santiago Moncalián, a quienes tuve como profesores, además de otras personas de todos los ámbitos de la institución y hechos significativos, unos más agradables, otros menos. Un repaso emocionante, que luego tuvo su continuación con el encuentro con un refrigerio entre los presentes. Otros actos se han venido sucediendo en este curso, como exposiciones de fotografía, la exposición “Antonio Gala. Eterno y de cristal” del Centro Andaluz de las Letras, mesas redondas con antiguos alumnos sobre su experiencia profesional, etc. Además de editar una revista para plasmar los recuerdos de muchos.

Sin duda, nuestro paso por el instituto ha sido una etapa importante en nuestras vidas. El instituto, como centro público educativo, ha sido y es un foco irradiador de cultura, fuente del saber e instrumento para forjar mejores personas. Se merece una felicitación por este cumpleaños y el deseo de un futuro longevo y productivo. ¡Feliz aniversario!

 

La feria, un organismo vivo

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Como ocurrió el pasado año, al iniciarse la feria de mayo de Palma del Río, hoy publico mi colaboración en la revista de feria que edita Coleopar Ceparia, con Imprenta Lopera, y con el patrocinio del ayuntamiento palmeño, que se presentó el viernes pasado.

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La feria, un organismo vivo

La feria es una entidad viva. Como otros seres dotados de esta cualidad, a lo largo del tiempo, pasa por diversas etapas, donde se nos muestra de formas diferentes. Cuando uno peina canas puede hacer un repaso de primera mano de esas diferentes épocas de la feria que ha vivido. Es mi caso, pues he conocido la feria (las dos ferias de cada año), en diversos momentos, con sus esplendores y sus altibajos y hasta he participado también en su preparación.

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El autor, su hermano Roberto y su madre en la caseta de la OJE

De niño la feria se reducía a que te llevaran los padres o algún otro familiar durante un rato, y a actividades como montarse en algunas atracciones (los “cacharritos”), que te compraran un juguete, o que comieras jeringos, patatas fritas o el delicioso turrón, manjar que solo se prodigaba cuando llegaban las navidades. Más tarde, cuando empezabas a salir en pandilla con los amigos, cambiaban las atracciones que frecuentabas, podías consumir algún refresco en los aguaúchos sin la tutela de los mayores, y, encima, intentabas hablar a las niñas que conocías o te arriesgabas a conocer, mientras esperabas a montarte en los coches de choque, por ejemplo. De joven ya intentábamos “organizar” nuestra propia feria. En mi caso eso ocurrió a finales de los años setenta y durante los ochenta y noventa del siglo pasado. Es en esos primeros tiempos cuando un fenómeno “nuevo” surge: empiezan a proliferar las casetas (antes eran escasas), gracias a grupos de amigos (El cañaveral, Manicomio 79…), clubes deportivos, empresas, partidos políticos, sindicatos, etc. Los jóvenes que nos agrupábamos en la Asociación Cultural Vientos del Pueblo llegamos a montar varias veces una caseta en los terreros que había junto a la Fábrica de Harina, donde hoy está el mirador del Genil. Era la época donde no había un recinto exclusivo para las casetas, estando éstas repartidas por el Paseo, junto a los cacharritos, y en sus alrededores. Solo destacaban como edificios de obra los aguaúchos, el Casino, la Caseta de la Amistad y los bailes de final del Paseo (El Munster club y la OJE, primero, y más tarde Club Juvenil).

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Los Munsters y Los Broncos

Poco a poco fueron surgiendo establecimientos nuevos en las ferias al calor de su pujanza: “La Bombilla” (en la antigua casa de los “Juncos”), “El tenderete de los impresentables” (en el anterior sitio de la empresa COPALCRO), “La marcha fresca” (en el Quiosco de la Música) y otras que aprovechaban, sobre todo el verano, para ofrecer a los jóvenes su entretenimiento. Porque es sobre todo en los ochenta cuando la feria de Agosto cobra mayor protagonismo. Los jóvenes en mayo teníamos exámenes y en agosto vacaciones. En mayo llovía (y llueve) muchas veces. En verano teníamos más ganas de diversión, y más tiempo y mejor clima. Y pasábamos todo el día en la Feria, porque, a pesar del calor, aguantábamos allí, y siempre había un alma caritativa que cogía una manguera de riego y nos refrescaba mientras bailábamos y nos rebozábamos con el polvo del albero. Además, entonces, los emigrantes palmeños (en Cataluña, Madrid, País Vasco, Alemania, Francia, etc) aprovechaban las vacaciones de verano para volver al pueblo, con lo que la población aumentaba, con ganas de diversión y de pasar unos días con familiares y amigos, alejados el resto del año. Eso provocó la costumbre de agasajarles en Feria con un arroz, en la caseta municipal, el antiguo Cine Coliseo España, que había comprado el Ayuntamiento para este fin.

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Entrada al Paseo en los años 70

Este fenómeno se refuerza con las obras que se hicieron en el Paseo en 1991, que permitieron trasladar las atracciones a un solar frente al colegio San Sebastián, y disponer de un recinto de casetas donde antes se instalaba la calle del infierno, dotado de sombra, calles urbanizadas y estructuras y lonas alquiladas por el Ayuntamiento, dando más realce, belleza y orden al recinto, además de permitir dos tipos de casetas, unas de estilo tradicional y otras (en otra parte) para música de discoteca. Las casetas que se multiplicaron antes pudieron instalarse en el nuevo recinto, lo que mantuvo el protagonismo de la Feria de Agosto, como feria más concurrida, durante unos años.

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Mi hermana Soledad

Siendo concejal participé en más de un debate sobre el futuro de las ferias. Uno de ellos era la posibilidad de unificar la Feria de Agosto con las Fiestas Patronales, fiestas estas últimas que también empezaron a decaer, desde aquellos tiempos en que no había espacio para montar quioscos, de la demanda que había de suelo, hasta hoy día, en que casi no hay establecimientos que sirvan en la Velá. Un debate que, como el Guadiana, aparece y desaparece, para surgir más tarde ante nuestros ojos, sin llegar a cuajar. Recuerdo una reunión con la directiva de la Hermandad de la Virgen de Belén, donde nos manifestaron que su mayor interés eran los actos litúrgicos y no tanto potenciar los aspectos lúdicos, además de preservar la identidad y singularidad de sus conmemoraciones, manteniendo fechas y lugares de celebración (en los setenta ya hubo intentos de trasladarla al Paseo y fueron un fiasco). Era lógico lo que pretendían y, como responsables de su organización, los únicos legitimados para decidir. Así que, en mucho tiempo, no volvimos a plantearles el tema.

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Escenario y público de la feria de agosto de 2017

La Feria de Agosto es ya una feria diferente a la de Mayo. No hay casetas (las que se montan en Mayo también son menos, paulatinamente), solo perviven los tradicionales quioscos del Paseo (los aguaúchos), que prestan un magnífico servicio a quienes asisten a la feria, como siempre. Las atracciones, aunque en menor número (pues son numerosas las ferias y fiestas de los pueblos de nuestro entorno), siguen concurriendo y sirviendo de diversión para niños y más jóvenes. La feria de día ha desaparecido, pues nos hemos vuelto cómodos y no queremos pasar calor, pero por las noches hasta cuesta trabajo encontrar una mesa donde sentarse a tomar una copa y una tapa. Y lo llamativo es que el Ayuntamiento programa las actuaciones, que antes se desarrollaban en la Caseta Municipal, al final del Paseo. En otras épocas se había intentado, pero los palmeños y palmeñas hemos preferido bailar en recintos cerrados, no “en la calle”, salvo cuando nos íbamos a las ferias de los alrededores, como la de Hornachuelos o Fuente Palmera, donde sí nos desmelenábamos bailando hasta altas horas de la madrugada delante de la orquesta que actuaba en la plaza del pueblo. Hace dos años asistí atónito al espectáculo de verme entre decenas y decenas de personas que deambulaban por el Paseo, tras haber estado toda la noche bailando y cantando delante de las orquestas, casi a las ocho de la mañana, sin saber qué hacer pues no había ya ningún establecimiento abierto, y con más ganas de feria. Si me lo cuentan, no me lo hubiera creído, pero lo vi con mis propios ojos. Y pensé: si a estos les dices que le vas a quitar la Feria de Agosto, te quitan a ti de en medio.

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Caseta “Los Aburríos” 1950

¿Que hay gente que se va a la playa durante la feria (no solo en la de Agosto, también ya en la de Mayo)? Libres son, nadie está obligado a permanecer aquí, pero también hay mucha gente que se queda y que tiene derecho a disfrutar “su Feria”, sin fastidiar a otros; como hay palmeños y palmeñas que no participan en otras celebraciones y no, por ello, claman por su desaparición. ¿Que los jóvenes ya no montan casetas, como hacíamos los de nuestra generación hace años, porque tienen una “feria barata” cada fin de semana con el botellón? Da igual, si les dices que les vas a quitar la feria, se enfadan y te sueltan eso tan socorrido de que “en Palma es que no hay nada”. ¿Es que tenemos que cargarnos la Feria para potenciar otras actividades? La Feria de Agosto es una feria que forma parte de nuestro Acervo Histórico y Cultural, que tiene siglos de vida (desde 1451, más antigua que la Feria de Sevilla) y que solo se suspendió en el siglo XIX por una epidemia animal, lo que dio lugar a la aparición de la Feria de Mayo. No tiene sentido suprimirla si hay motivos históricos, económicos, tradicionales, y habitantes dispuestos a seguir manteniéndola, de la manera que ellos la entienden. ¡Defendamos y protejamos nuestras ferias!

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Roberto, la tía Adelina y el autor en los cacharritos

Las ferias, como decía al principio, son como los seres biológicos, pasan por diversas vicisitudes durante su existencia, y terminarán pereciendo. ¿Está muerta la feria de Agosto? A mi juicio, no. Ni al criterio de las miles de personas que van al Paseo en esos días de fiesta. No seamos nosotros los que le demos la estocada final, cuando hay muchos paisanos y paisanas (además de los que siguen visitándonos de los alrededores) que sienten su feria como algo propio, sin distinción de credos, ideologías u ocupaciones. Es ya una feria diferente, sí, diferente a la de Mayo, diferente a las ferias de otras épocas, que, por mucho que las recordemos con añoranza, no volverán. Pero sigue viva. Las ferias serán lo que queramos los habitantes de este hermoso pueblo, todos; pueblo que vive según los tiempos que nos ha tocado en suerte. Disfrutemos de las Ferias, las dos. En Agosto, y, por supuesto, en la que empieza ahora, la Feria de Mayo. ¡Que tengan una buena feria!

Décimo aniversario

1959-Palma del Rio-02aHace diez años empecé una aventura, la aventura de escribir en un blog. El blog se llamó Celtibético. Un 20 de noviembre (¡qué fecha para empezar algo nuevo!… y en libertad) comenzaba con estas palabras: “Hoy estreno este blog. Desde aquí publicaré mi “tablón de anuncios”, como en los tiempos de la universidad. Espero que salga como aquellos…. Pero mejorado por los años.” Me refería con lo del “tablón de anuncios” a la cartulina que colocaba periódicamente en la habitación que tenía en cada piso que compartí con amigos también estudiantes, cuando vivía en Córdoba, para cursar la carrera universitaria. Aquella cartulina se iba llenando de recortes de prensa o revistas, de anotaciones mías, de dibujos, de todo lo que se me ocurriese, o se le ocurriese a algunos de mis compañeros de piso, ya que incluso hay quien se atrevió a expresarse en aquel “periódico” tan personal. Y digo “periódico”, pues siempre adoptaba la forma de un periódico mural, con su cabecera y todo, que iba cambiando cada vez que empezaba uno nuevo. Recuerdo, por ejemplo “El PIS” (recortando la cabecera de El País), o “Scheavy Mettal” (jugando con mi apodo y el nombre de uno de mis estilos musicales preferidos). Con los años, internet me permitió hacer algo parecido, pero ya no circunscrito a las cuatro paredes de mi habitación, sino abierto al mundo, a quienes quisiesen asomarse a mi página para ver o leer lo que en ella yo iba publicando.

Hoy el blog cumple 10 años. Un decenio repleto de publicaciones, unas mejores y otras no tanto. Aunque el último año en que nos encontramos ha sido el menos prolífico, ya que durante más de mes y medio (desde el 20 de mayo hasta principios de julio) tuve el blog bloqueado por problemas de identificación en la plataforma que lo aloja. Además de verme inmerso en plena vorágine de exámenes de oposiciones, cuya preparación me tiene entretenido desde hace bastante tiempo.

Durante este año el blog “ha tenido un hijo”, un nuevo “Celtibético” (éste que estás visitando, amable lector o lectora), alojado en otra casa. Allí he vuelto a publicar entradas que en su momento fueron populares, y, además, he publicado otras nuevas, casi siempre dentro de la temática local, basada en mis recuerdos de juventud e infancia, que he llamado “Geografía evocadora palmeña”. Por eso quiero celebrar este cumpleaños con otra aportación a los recuerdos. Una imagen más de la conocida antaño como Plaza del Guardia, a la que he dedicado varios trabajos. Una foto no ya con 10, sino con 58 años, de un autor del que he publicado otras antes, José de las Heras. Otra imagen más de un punto central en la geografía palmeña y su historia. Disfrútenla.

La Cantarería de Onieva

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Recuperamos otra entrada muy visitada en su momento del viejo blog Celtibético, sobre la Cantaería de Onieva, una institución artesanal e industrial del pasado palmeño, cercano a nosotros en nuestra infancia.

“Este paseo que estamos dando en los paisajes de Palma, de mediados del siglo pasado en adelante, por donde transcurrió mi niñez, nos llevó en el último capítulo por la muy larga calle Río Seco. Algunos comentarios me han hecho de este viaje imaginario en estos días, en el blog, pero, sobre todo, en persona o por correo electrónico.

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Calle Río Seco 1958 ( de la publicación “Palma un paseo único”)

Sigo buscando imágenes que ilustren estos capítulos de mi memoria, compartida por muchos, y que completen incluso lo ya evocado. La mayoría de las imágenes que he incluido en días pasados forma parte de la colección de fotografías que posee la Diputación Provincial de Córdoba relativas a nuestra ciudad, a las que he podido acceder, como ya las tiene el archivo municipal. Hoy he tenido una gran alegría al conseguir algunas copias de fotografías más, que me ofrecieron en días pasados, a cuento de lo relatado sobre la calle Río Seco. Son sobre la cantarería de Onieva, que nombraba hace una semana (se refiere a una entrada de 2011, en el viejo Celtibético), y me las ha facilitado Francisco Godoy, el mismo que me proporcionó imágenes del Bar El latero, al ser su tío. Estas imágenes las tiene por estar casado con Belén, hija de uno de los Onieva, que llegó a trabajar en la tienda de la que hablaba en el post anterior. Son imágenes más antiguas que este humilde cronista de recuerdos, pero reflejan a la perfección lo que fue aquella entrañable empresa artesana.

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Horno de la Cantarería (Foto de internet)

Los Onieva son varias familias, algunos de los cuales emparentaron con familiares de la primera mujer de mi padre, dando lugar a los López Onieva, conocidos y amigos míos. Como decía en el post anterior, la empresa y la casa estaban en calle Río Seco, pero también se comunicaban con la calle Boquete de Anghera, de la que os hablé antes. En esta casa vivió Manolito Onieva (como se le llamaba en casa), cuya familia tuvo algunos pacientes de mi padre, como practicante, en los años difíciles de la sanidad local, y que luego continuaron siendo atendidos por mi hermano mayor Pepe, el médico.

La primera fotografía, de 1942, que da inicio al post, creo que es de este hombre que he citado anteriormente (Me aclara Francisco que su nombre es José, su suegro, padre de Belén. Quien yo creía, aunque con nombre equivocado). Está, como vemos, trabajando en el torno, haciendo uno de los famosos cántaros. Le acompañan unos jóvenes que le ayudan en su tarea, deduzco por sus manchas. El torno es tradicional, accionado con el pie. Tiene sobre él unas pellas de arcilla, preparadas para ser moldeadas. A la derecha se almacenan los cántaros recién torneados, esperando pasar al horno.

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En la siguiente fotografía, aunque de mala calidad, por el paso del tiempo, podemos apreciar el exterior de la cantarería. Al fondo a la izquierda, sobresale la torre de la Parroquia de la Asunción, luego, si vamos hacia la derecha, vemos el fin de la calle José de Mora, con el rótulo del nombre arriba del muro de la última casa. Luego donde estaba la carpintería de López, por ejemplo, con un gran portalón. Tras una casa baja, la Cantarería, con dos plantas. En el bajo, unas personas sostienen cántaros, salvo una que está cogiendo un recipiente que le echa uno de los de la planta superior por la ventana. Obsérvese la suerte del fotógrafo, que pudo captar el cántaro “volando” hacia quien tenía que recogerlo.

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En la imagen que nos precede, vemos parte del proceso de elaboración de los objetos de cerámica. En este caso un paso previo, la obtención de la materia prima. La cerámica se fabrica con arcilla que, mezclada con agua, forma una pasta flexible, moldeable, que permite dar forma a diversos útiles. Una vez que pierde el agua, generalmente por el secado en un horno, se vuelve dura y resistente. Aquí vemos como se obtiene la arcilla, en un lugar conocido en Palma como el “Cerro de la Grea”, es decir, el cerro de la greda, que es un tipo de arcilla que se encuentra en ese montículo. Al fondo se ve un canal de riego, que vemos cuando vamos por la carretera de La Campana. La greda se colocaba en capazos de esparto o caucho y la transportaban en el camión que vemos hasta la alfarería.

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En esta otra imagen vemos algo fundamental. Están descargando el combustible del horno: las ramas o paja que alimentaban el fuego. Mi hermano mayor me cuenta que vio muchas veces hacer esta operación, cuando un hombre alto (cree que conocido por Aruja) las metía en el horno con una horquilla larga. Le gustaba verlo, pues también tenía su emoción la cosa, al tener muchas veces el operario que esquivar las lenguas de fuego que salían de la boca del horno, como rebufo, buscando oxígeno. Como ya os decía en la entrada anterior, ese combustible quemado (las pavesas) se mezclaba con el humo, que, si los vientos no eran favorables, terminaban cayendo en las casas del vecindario, como la nuestra, arruinando más de una colada tendida para secar.

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Y esta otra fotografía, nos da una idea clara del interior de la alfarería. En ella se ve el edificio de dos plantas, con ventanas cubiertas por esteras de palma o esparto, a modo de persianas, algo muy típico de nuestro pueblo entonces. Vemos también los cántaros almacenados, y las ramas o paja para encender el horno. Hay muchas tejas secándose al sol en una especie de colgadizo, que sirve para proteger otros productos. Por encima de los tejados vemos sobresalir edificios que nos orientan sobre su situación. A la izquierda vemos la torre de proyección del cine Salón Jerez, tras ella, la espadaña del Convento de Santo Domingo, o escuela de La Inmaculada. Hacia la derecha aparece la espadaña y el tejado de la Ermita de la Coronada. Y luego, más al fondo, casi borrosa, la torre de la iglesia del Hospital de San Sebastián.

La tienda estaba en la acera de en frente. Yo iba de pequeño con mi madre a comprar botijos, o macetas para las muchas plantas con las que adornaba la casa. Terminó vendiendo también objetos de la conocida ciudad alfarera cordobesa de La Rambla y de otras procedencias, y de peor calidad, cuando el taller decayó y las modas empujaron a la gente a comprar otros útiles de materiales más baratos y resistentes, como el plástico. Cerró hace años. Una lástima.

Sirva este pequeño reportaje de homenaje a esta industria artesanal palmeña con mucho sabor y fama. Y hoy, estas imágenes sirvan también de homenaje a los obreros que trabajaron allí, sosteniendo una modesta, pero importante, empresa de nuestra localidad. Muchos, fallecidos, como Juan Manzano (cuyo hermano aparece en la primera imagen de niño, a la derecha), cuya familia vivió al final de la calle José de Mora. Alguno incluso vivo, como Antonio Ascanio, tornero, que ha ayudado en el taller de cerámica de mi amigo Pepe Lora: Barro de Palma, nombre en honor a la materia prima con la que se fabrica aun una gran cantidad de productos cerámicos.”

La tortería de Esteve y su entorno, un lugar con historia y con historias

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Hace unos días, en un conversación sobre “antigüedades”, Juan Delgado (“Iríbar”, conocido con este apodo por sus tiempos de profesional de portero de fútbol en su juventud) mencionó un edificio y un entorno que ya conocemos por diversas entradas de nuestro blog Celtibético. Por su mujer, Mª del Rosario (“Sario”) Esteve, recordó la tortería Esteve que había en la hoy llamada Plaza de España, entonces Plaza del General Sanjurjo y que conoció gracias a ser familiares de la esposa. La tortería estaba situada junto a la casa de una maestra, conocida como Doña Lola, en la entrada de la travesía de la calle Alamillos.

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Casino y Acción Popular en febrero de 1936, tras el asalto

Eso me hizo recordar unas palabras (y una fotografía, la del inicio de la entrada) que me envió José Luis de las Heras, el hijo del ingeniero José de las Heras Hernández del que publiqué hace unos meses algunas de las fotos que me facilitó. Este hombre se trasladó a finales de 1959 con su familia a Palma del Río, para la ampliación del canal del Bajo Guadalquivir, y residió en una vivienda de alquiler en esta zona. Estas son sus palabras:

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Antigua Fuente en la actual Plaza de España

“Doña Lola, propietaria de la casa, era una viuda, creo que maestra, ya retirada, muy conocida y apreciada en Palma. Tenía una hija, Lolita, que unos años más tarde casó con Alfonso Calañas, original de Priego de Córdoba.

La casa, situada en un rincón de la Plaza de España, al lado de la farmacia Chacón, era típica, con patio central con su pozo y una parte trasera con cuadras, cochera y graneros, con salida a la calle Alamillos. Ocupaban una de las dos partes en que habían dividido la casa, reservándose la planta alta y una sala en la planta baja con acceso directo desde el zaguán y una ventana que daba a la Plaza de España, ante la cual pasaba, sentada, la mayor parte del tiempo, con la mesa camilla por delante. Por esa ventana entraban los efluvios de la tortería que quedaba a la derecha del portal, al salir.”

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Casino y sede de Acción Popular en febrero de 1936

El edificio donde estaba la tortería formaba parte de otro mayor. Donde tenían el horno era una dependencia con nichos u hornacinas y pinturas que recordaban por su forma a una capilla, posiblemente de una casa de alguien acaudalado, cuyo nombre no recordaba Juan. También recordaba que daba a la calle Alamillos, a unas cocheras y corralones que lindaban con la casa de la familia Expóstio, que hace años tuvo un quiosco de prensa, donde más de una vez compré el periódico de joven. Esa otra edificación (la de los corralones) fue demolida hace tiempo y sustituida por un edificio de dos plantas, con una amplia cochera en la planta baja. Algo que coincide con la descripción que nos da José Luis de las Heras.

Calle Rafael Calvo de Leon

Por la comparación de la fotografía que menciono, con otras anteriores del lugar, la ubicación de la tortería (que años más tarde sería sede de la Peña El Palmeño) estaría en las dependencias donde estuvo el antiguo Casino, sede de Acción Popular en la Segunda República, local que fue asaltado, tras el enfrentamiento entre jóvenes de izquierdas y derechas en febrero de 1936. Seguramente este edificio formó parte de las propiedades de la familia de Juan Calvo de León, que daban a la calle Alamillos. Los Calvo de León fueron una familia con numerosas propiedades e influyente, contando con alcaldes en Palma del Río y otros cargos importantes en las Cortes españolas. Varias calles ostentaron históricamente los apellidos Calvo de León, como la calle Feria (Rafael Calvo de León, a principios del siglo XX) o la calle Portada (calle Calvo de León hasta la Segunda República). Juan Calvo de León y Benjumea, diputado a Cortes, consiguió que en 1888 la Regente Maria Cristina otorgase el título de ciudad a Palma del Río. ¿Fueron las propiedades de Doña Lola y la tortería de Esteve parte de una misma finca de los Calvo de León? No lo sabemos, pero pudo ser, en base a estas descripciones.

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La plaza de abastos en 1943

La casa de Doña Lola (que era donde vivía, pues  los reales propietarios eran Miguel Caro y su esposa la maestra Teresa Sánchez, que tenían también la finca El Garrotal y un molino, y que habían acogida a Doña Lola y su familia, tras dejar su vivienda en la calle Castelar 6, la que tenía un escudo en su fachada, junto al antiguo comercio de Delgado) fue comprada por Paco Castillo, donde situó los billares, el salón recreativo que ha tenido durante años. La casa contigua la adquirió el cosario Gamero y la siguiente Paco Castillo, para su vivienda. La casa y mercería de las hermanas Ruiz Valle (en la esquina con calle Escamillas) también fue sustituida hace no muchos años por otra edificación de nueva planta. De esa acera ya no queda nada de los edificios antiguos. Y en la plaza permanecen la casa donde estuvo la tienda de Juanito Rodríguez, la Plaza de Abastos y el antiguo bar Rafael, un inmueble que antes albergó una sombrerería de un tal Delgado. Un entorno cargado de historia e “historias”.