Décimo aniversario

1959-Palma del Rio-02aHace diez años empecé una aventura, la aventura de escribir en un blog. El blog se llamó Celtibético. Un 20 de noviembre (¡qué fecha para empezar algo nuevo!… y en libertad) comenzaba con estas palabras: “Hoy estreno este blog. Desde aquí publicaré mi “tablón de anuncios”, como en los tiempos de la universidad. Espero que salga como aquellos…. Pero mejorado por los años.” Me refería con lo del “tablón de anuncios” a la cartulina que colocaba periódicamente en la habitación que tenía en cada piso que compartí con amigos también estudiantes, cuando vivía en Córdoba, para cursar la carrera universitaria. Aquella cartulina se iba llenando de recortes de prensa o revistas, de anotaciones mías, de dibujos, de todo lo que se me ocurriese, o se le ocurriese a algunos de mis compañeros de piso, ya que incluso hay quien se atrevió a expresarse en aquel “periódico” tan personal. Y digo “periódico”, pues siempre adoptaba la forma de un periódico mural, con su cabecera y todo, que iba cambiando cada vez que empezaba uno nuevo. Recuerdo, por ejemplo “El PIS” (recortando la cabecera de El País), o “Scheavy Mettal” (jugando con mi apodo y el nombre de uno de mis estilos musicales preferidos). Con los años, internet me permitió hacer algo parecido, pero ya no circunscrito a las cuatro paredes de mi habitación, sino abierto al mundo, a quienes quisiesen asomarse a mi página para ver o leer lo que en ella yo iba publicando.

Hoy el blog cumple 10 años. Un decenio repleto de publicaciones, unas mejores y otras no tanto. Aunque el último año en que nos encontramos ha sido el menos prolífico, ya que durante más de mes y medio (desde el 20 de mayo hasta principios de julio) tuve el blog bloqueado por problemas de identificación en la plataforma que lo aloja. Además de verme inmerso en plena vorágine de exámenes de oposiciones, cuya preparación me tiene entretenido desde hace bastante tiempo.

Durante este año el blog “ha tenido un hijo”, un nuevo “Celtibético” (éste que estás visitando, amable lector o lectora), alojado en otra casa. Allí he vuelto a publicar entradas que en su momento fueron populares, y, además, he publicado otras nuevas, casi siempre dentro de la temática local, basada en mis recuerdos de juventud e infancia, que he llamado “Geografía evocadora palmeña”. Por eso quiero celebrar este cumpleaños con otra aportación a los recuerdos. Una imagen más de la conocida antaño como Plaza del Guardia, a la que he dedicado varios trabajos. Una foto no ya con 10, sino con 58 años, de un autor del que he publicado otras antes, José de las Heras. Otra imagen más de un punto central en la geografía palmeña y su historia. Disfrútenla.

La Cantarería de Onieva

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Recuperamos otra entrada muy visitada en su momento del viejo blog Celtibético, sobre la Cantaería de Onieva, una institución artesanal e industrial del pasado palmeño, cercano a nosotros en nuestra infancia.

“Este paseo que estamos dando en los paisajes de Palma, de mediados del siglo pasado en adelante, por donde transcurrió mi niñez, nos llevó en el último capítulo por la muy larga calle Río Seco. Algunos comentarios me han hecho de este viaje imaginario en estos días, en el blog, pero, sobre todo, en persona o por correo electrónico.

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Calle Río Seco 1958 ( de la publicación “Palma un paseo único”)

Sigo buscando imágenes que ilustren estos capítulos de mi memoria, compartida por muchos, y que completen incluso lo ya evocado. La mayoría de las imágenes que he incluido en días pasados forma parte de la colección de fotografías que posee la Diputación Provincial de Córdoba relativas a nuestra ciudad, a las que he podido acceder, como ya las tiene el archivo municipal. Hoy he tenido una gran alegría al conseguir algunas copias de fotografías más, que me ofrecieron en días pasados, a cuento de lo relatado sobre la calle Río Seco. Son sobre la cantarería de Onieva, que nombraba hace una semana (se refiere a una entrada de 2011, en el viejo Celtibético), y me las ha facilitado Francisco Godoy, el mismo que me proporcionó imágenes del Bar El latero, al ser su tío. Estas imágenes las tiene por estar casado con Belén, hija de uno de los Onieva, que llegó a trabajar en la tienda de la que hablaba en el post anterior. Son imágenes más antiguas que este humilde cronista de recuerdos, pero reflejan a la perfección lo que fue aquella entrañable empresa artesana.

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Horno de la Cantarería (Foto de internet)

Los Onieva son varias familias, algunos de los cuales emparentaron con familiares de la primera mujer de mi padre, dando lugar a los López Onieva, conocidos y amigos míos. Como decía en el post anterior, la empresa y la casa estaban en calle Río Seco, pero también se comunicaban con la calle Boquete de Anghera, de la que os hablé antes. En esta casa vivió Manolito Onieva (como se le llamaba en casa), cuya familia tuvo algunos pacientes de mi padre, como practicante, en los años difíciles de la sanidad local, y que luego continuaron siendo atendidos por mi hermano mayor Pepe, el médico.

La primera fotografía, de 1942, que da inicio al post, creo que es de este hombre que he citado anteriormente (Me aclara Francisco que su nombre es José, su suegro, padre de Belén. Quien yo creía, aunque con nombre equivocado). Está, como vemos, trabajando en el torno, haciendo uno de los famosos cántaros. Le acompañan unos jóvenes que le ayudan en su tarea, deduzco por sus manchas. El torno es tradicional, accionado con el pie. Tiene sobre él unas pellas de arcilla, preparadas para ser moldeadas. A la derecha se almacenan los cántaros recién torneados, esperando pasar al horno.

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En la siguiente fotografía, aunque de mala calidad, por el paso del tiempo, podemos apreciar el exterior de la cantarería. Al fondo a la izquierda, sobresale la torre de la Parroquia de la Asunción, luego, si vamos hacia la derecha, vemos el fin de la calle José de Mora, con el rótulo del nombre arriba del muro de la última casa. Luego donde estaba la carpintería de López, por ejemplo, con un gran portalón. Tras una casa baja, la Cantarería, con dos plantas. En el bajo, unas personas sostienen cántaros, salvo una que está cogiendo un recipiente que le echa uno de los de la planta superior por la ventana. Obsérvese la suerte del fotógrafo, que pudo captar el cántaro “volando” hacia quien tenía que recogerlo.

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En la imagen que nos precede, vemos parte del proceso de elaboración de los objetos de cerámica. En este caso un paso previo, la obtención de la materia prima. La cerámica se fabrica con arcilla que, mezclada con agua, forma una pasta flexible, moldeable, que permite dar forma a diversos útiles. Una vez que pierde el agua, generalmente por el secado en un horno, se vuelve dura y resistente. Aquí vemos como se obtiene la arcilla, en un lugar conocido en Palma como el “Cerro de la Grea”, es decir, el cerro de la greda, que es un tipo de arcilla que se encuentra en ese montículo. Al fondo se ve un canal de riego, que vemos cuando vamos por la carretera de La Campana. La greda se colocaba en capazos de esparto o caucho y la transportaban en el camión que vemos hasta la alfarería.

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En esta otra imagen vemos algo fundamental. Están descargando el combustible del horno: las ramas o paja que alimentaban el fuego. Mi hermano mayor me cuenta que vio muchas veces hacer esta operación, cuando un hombre alto (cree que conocido por Aruja) las metía en el horno con una horquilla larga. Le gustaba verlo, pues también tenía su emoción la cosa, al tener muchas veces el operario que esquivar las lenguas de fuego que salían de la boca del horno, como rebufo, buscando oxígeno. Como ya os decía en la entrada anterior, ese combustible quemado (las pavesas) se mezclaba con el humo, que, si los vientos no eran favorables, terminaban cayendo en las casas del vecindario, como la nuestra, arruinando más de una colada tendida para secar.

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Y esta otra fotografía, nos da una idea clara del interior de la alfarería. En ella se ve el edificio de dos plantas, con ventanas cubiertas por esteras de palma o esparto, a modo de persianas, algo muy típico de nuestro pueblo entonces. Vemos también los cántaros almacenados, y las ramas o paja para encender el horno. Hay muchas tejas secándose al sol en una especie de colgadizo, que sirve para proteger otros productos. Por encima de los tejados vemos sobresalir edificios que nos orientan sobre su situación. A la izquierda vemos la torre de proyección del cine Salón Jerez, tras ella, la espadaña del Convento de Santo Domingo, o escuela de La Inmaculada. Hacia la derecha aparece la espadaña y el tejado de la Ermita de la Coronada. Y luego, más al fondo, casi borrosa, la torre de la iglesia del Hospital de San Sebastián.

La tienda estaba en la acera de en frente. Yo iba de pequeño con mi madre a comprar botijos, o macetas para las muchas plantas con las que adornaba la casa. Terminó vendiendo también objetos de la conocida ciudad alfarera cordobesa de La Rambla y de otras procedencias, y de peor calidad, cuando el taller decayó y las modas empujaron a la gente a comprar otros útiles de materiales más baratos y resistentes, como el plástico. Cerró hace años. Una lástima.

Sirva este pequeño reportaje de homenaje a esta industria artesanal palmeña con mucho sabor y fama. Y hoy, estas imágenes sirvan también de homenaje a los obreros que trabajaron allí, sosteniendo una modesta, pero importante, empresa de nuestra localidad. Muchos, fallecidos, como Juan Manzano (cuyo hermano aparece en la primera imagen de niño, a la derecha), cuya familia vivió al final de la calle José de Mora. Alguno incluso vivo, como Antonio Ascanio, tornero, que ha ayudado en el taller de cerámica de mi amigo Pepe Lora: Barro de Palma, nombre en honor a la materia prima con la que se fabrica aun una gran cantidad de productos cerámicos.”

La tortería de Esteve y su entorno, un lugar con historia y con historias

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Hace unos días, en un conversación sobre “antigüedades”, Juan Delgado (“Iríbar”, conocido con este apodo por sus tiempos de profesional de portero de fútbol en su juventud) mencionó un edificio y un entorno que ya conocemos por diversas entradas de nuestro blog Celtibético. Por su mujer, Mª del Rosario (“Sario”) Esteve, recordó la tortería Esteve que había en la hoy llamada Plaza de España, entonces Plaza del General Sanjurjo y que conoció gracias a ser familiares de la esposa. La tortería estaba situada junto a la casa de una maestra, conocida como Doña Lola, en la entrada de la travesía de la calle Alamillos.

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Casino y Acción Popular en febrero de 1936, tras el asalto

Eso me hizo recordar unas palabras (y una fotografía, la del inicio de la entrada) que me envió José Luis de las Heras, el hijo del ingeniero José de las Heras Hernández del que publiqué hace unos meses algunas de las fotos que me facilitó. Este hombre se trasladó a finales de 1959 con su familia a Palma del Río, para la ampliación del canal del Bajo Guadalquivir, y residió en una vivienda de alquiler en esta zona. Estas son sus palabras:

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Antigua Fuente en la actual Plaza de España

“Doña Lola, propietaria de la casa, era una viuda, creo que maestra, ya retirada, muy conocida y apreciada en Palma. Tenía una hija, Lolita, que unos años más tarde casó con Alfonso Calañas, original de Priego de Córdoba.

La casa, situada en un rincón de la Plaza de España, al lado de la farmacia Chacón, era típica, con patio central con su pozo y una parte trasera con cuadras, cochera y graneros, con salida a la calle Alamillos. Ocupaban una de las dos partes en que habían dividido la casa, reservándose la planta alta y una sala en la planta baja con acceso directo desde el zaguán y una ventana que daba a la Plaza de España, ante la cual pasaba, sentada, la mayor parte del tiempo, con la mesa camilla por delante. Por esa ventana entraban los efluvios de la tortería que quedaba a la derecha del portal, al salir.”

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Casino y sede de Acción Popular en febrero de 1936

El edificio donde estaba la tortería formaba parte de otro mayor. Donde tenían el horno era una dependencia con nichos u hornacinas y pinturas que recordaban por su forma a una capilla, posiblemente de una casa de alguien acaudalado, cuyo nombre no recordaba Juan. También recordaba que daba a la calle Alamillos, a unas cocheras y corralones que lindaban con la casa de la familia Expóstio, que hace años tuvo un quiosco de prensa, donde más de una vez compré el periódico de joven. Esa otra edificación (la de los corralones) fue demolida hace tiempo y sustituida por un edificio de dos plantas, con una amplia cochera en la planta baja. Algo que coincide con la descripción que nos da José Luis de las Heras.

Calle Rafael Calvo de Leon

Por la comparación de la fotografía que menciono, con otras anteriores del lugar, la ubicación de la tortería (que años más tarde sería sede de la Peña El Palmeño) estaría en las dependencias donde estuvo el antiguo Casino, sede de Acción Popular en la Segunda República, local que fue asaltado, tras el enfrentamiento entre jóvenes de izquierdas y derechas en febrero de 1936. Seguramente este edificio formó parte de las propiedades de la familia de Juan Calvo de León, que daban a la calle Alamillos. Los Calvo de León fueron una familia con numerosas propiedades e influyente, contando con alcaldes en Palma del Río y otros cargos importantes en las Cortes españolas. Varias calles ostentaron históricamente los apellidos Calvo de León, como la calle Feria (Rafael Calvo de León, a principios del siglo XX) o la calle Portada (calle Calvo de León hasta la Segunda República). Juan Calvo de León y Benjumea, diputado a Cortes, consiguió que en 1888 la Regente Maria Cristina otorgase el título de ciudad a Palma del Río. ¿Fueron las propiedades de Doña Lola y la tortería de Esteve parte de una misma finca de los Calvo de León? No lo sabemos, pero pudo ser, en base a estas descripciones.

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La plaza de abastos en 1943

La casa de Doña Lola (que era donde vivía, pues  los reales propietarios eran Miguel Caro y su esposa la maestra Teresa Sánchez, que tenían también la finca El Garrotal y un molino, y que habían acogida a Doña Lola y su familia, tras dejar su vivienda en la calle Castelar 6, la que tenía un escudo en su fachada, junto al antiguo comercio de Delgado) fue comprada por Paco Castillo, donde situó los billares, el salón recreativo que ha tenido durante años. La casa contigua la adquirió el cosario Gamero y la siguiente Paco Castillo, para su vivienda. La casa y mercería de las hermanas Ruiz Valle (en la esquina con calle Escamillas) también fue sustituida hace no muchos años por otra edificación de nueva planta. De esa acera ya no queda nada de los edificios antiguos. Y en la plaza permanecen la casa donde estuvo la tienda de Juanito Rodríguez, la Plaza de Abastos y el antiguo bar Rafael, un inmueble que antes albergó una sombrerería de un tal Delgado. Un entorno cargado de historia e “historias”.

Vindicación de mi padre

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Recupero una entrada que publiqué hace años, gracias a la mención que ha hecho de mi padre,  Manuel Muñoz Rojo, en la revista Kerigma (cosa que agradezco públicamente), como profesional de la Sanidad palmeña en nuestra historia reciente, completándola con menciones a otra publicación posterior, relacionada con una petición ciudadana, al cumplirse 25 años de su fallecimiento.

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En este mes de febrero que ahora terminamos (se trataba de febrero de 2009) se cumple el vigésimo aniversario del fallecimiento de mi padre. José Domínguez Godoy nació en Palma del Río el 11 de diciembre de 1908 y falleció en Córdoba el día 8 de febrero de 1989. Estuvo casado en segundas nupcias con Carmen Peso Nieto, mi madre, que falleció el 12 de octubre de 2000. Anteriormente estuvo casado con Soledad López Cabrera, con la que tuvo 3 hijos, Soledad, José y María del Carmen, la primera muerta en Argentina en octubre de 1992, y la última hija también fallecida en enero de 2013.

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Siendo joven marchó a Sevilla, con un tío suyo que tenía una barbería en Triana,  donde desempeñó diversas labores con las que ganarse la vida y pagar sus estudios. Obtuvo el Título de Practicante, otorgado por el Rey Alfonso XIII, y autorizado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, por sus estudios en la Universidad de Sevilla, a los 21 años, con fecha de 8 de octubre de 1930.

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Realizó el servicio militar en el reemplazo de 1929, de la caja de recluta de Sevilla (concentración en abril de 1930), y con destino en Granada, donde se licencia en abril de 1931.

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Sintió verdadera alergia a la política desde que, asistiendo a un mitin durante la República, un ladrillo voló sobre su cabeza, lanzado por un asistente contrario al orador, probablemente conservador o falangista, ideologías con las que se identificaba la clase media, a la que pertenecía en la sociedad palmeña. Prestó sus servicios en el Cuerpo de Sanidad Militar, durante la guerra civil, en el bando nacional, volviendo a Palma el 13 de mayo de 1939, desde Sevilla.

En el Pleno del ayuntamiento de Palma del Río de 12 de mayo de 1931 se acordó concederle el puesto de practicante interino, de acuerdo con su solicitud, “toda vez que el solicitante tiene título de aptitud para practicar dicha profesión y que se forme el correspondiente expediente para proveer dicho cargo en propiedad”, cosa que ocurre en 1932.

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El 24 de noviembre de 1948 le fue concedida la situación de excedencia voluntaria en su plaza de Practicante de Asistencia Pública Domiciliaria y le admiten su reincorporación al servicio activo, con nombramiento en propiedad de la plaza del distrito 1 de Palma del Río, el 29 de marzo de 1950. En este puesto ejerció las labores de practicante titular del ayuntamiento, siendo la beneficencia municipal (servicio que hacía las veces de la asistencia social o los servicios sociales actuales, en atención a la salud, antes de su integración en el Servicio Nacional de Salud, ya en tiempos de Felipe González) uno de sus principales centros de trabajo, estando por tanto al servicio de la asistencia gratuita de las personas que formaban parte del padrón benéfico municipal (clases menesterosas y familias consideradas pobres de solemnidad, en aquellos tiempos, muy numerosas). El hospital de San Sebastián fue lugar habitual de trabajo.

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También realizó labores (poner inyecciones, extracciones de sangre para análisis clínicos, curas…) en la Farmacia de Chacón, de Sebastián Chacón Díaz (farmacéutico también de la asistencia pública municipal), que pasó a su hija Leocadia Chacón Chacón. La rebotica de este establecimiento, por su situación privilegiada, permitía observar con detenimiento el bullir de la vida en la actual Plaza de España y el Mercado (plaza) de abastos municipal, y era punto de encuentro y tertulia de personalidades locales.

Familia y Pepe con bata

Recuerdo como muchos “clientes” se acercaban a casa, la de la calle José de Mora, número tres, en busca de sus servicios, pues en ella tuvo también consulta o dispensario, no solo para las tareas normales de un diplomado en enfermería actual, sino para otras reservadas hoy a otras profesiones de la salud, pero que en aquellos tiempos (sobre todo los de posguerra) de penuria debía (y podía) realizar un practicante: hizo labores de dentista, traumatólogo …Cada dos por tres, fuera mañana, tarde (en esas siestas que religiosamente practicaba) o noche tenía que salir en su vieja, pero bien cuidada bicicleta, a hacer algún aviso que no podía esperar en casa de un enfermo o accidentado. Y, como me contó mi hermano el médico, “muchos médicos vinieron a casa a pedir auxilio ante un accidentado, un quemado, una mastitis o unos golondrinos, que ninguno era capaz de hacer y mucho menos con los conocimientos, la destreza y los buenos resultados. En Palma no ha habido ningún responsable en la salud del pueblo, que tanto ayudó, orientó o resolvió con tanta sabiduría y criterio clínico como él.”

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Una vez tuvo que coserle a un hombre el tendón de Aquiles porque se lo había seccionado. Ahora eso se hace en un quirófano con todo el equipamiento y la asepsia del mundo, anestesistas, enfermeras, cirujanos etc. Entonces lo tuvo que hacer él solo con los medios que pudo, y por supuesto el hombre quedó perfectamente, gracias a su habilidad.

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En otra ocasión lo llamaron urgentemente para que fuese a la farmacia donde se encontró con el juez, el médico del pueblo, el farmacéutico y un señor con una oreja que le pendía de un hilo de piel, pues se la habían cortado en una reyerta. Por aquella época tenía veintipocos años. Entre el médico y el juez dictaminaron que había que coserle la oreja y que lo iba a hacer “el niño” como le llamaban.

El submarino en ducha

Doy fe de su eficiente trabajo, pues muchas veces también tuvo que curar a mi hermano Roberto y a mí, tras los percances lógicos por la edad, que tuvimos en nuestros juegos. El más llamativo, cuando me partí los dos huesos del brazo izquierdo al tropezar con el “tacataca” de mi sobrino Pepe, y él lo recompuso y vendó con tal rapidez y presteza que los médicos del hospital, al día siguiente, cuando me escayolaron se quedaron admirados, no quedándome defectos por ello.

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Obtuvo la Jubilación por imposibilidad física, con cese “en su cargo de Practicante titular de Palma al finalizar el día 30 del corriente mes de Junio”, de 1968. La pensión de invalidez (2500 pesetas) era tan baja que continuó ejerciendo por libre para poder mantener a la familia. No obstante, a todos nos dio estudios, ahorrando, trabajando como un negro, administrando. Los sueldos municipales que ingresó también eran una miseria (la corrupción institucionalizada les permitía enriquecerse a los funcionarios y mandamases que la practicaban) y por tanto tampoco se hizo rico, con algún desahogo sí, pero no para derrochar. De hecho, la virtud del ahorro y el negarse al endeudamiento eran señas de identidad. Por ello había medios, pero no ostentación. Esta situación era otro de los motivos por los que detestaba la política. No se llevó bien con los prebostes del régimen, con lo que se ganó enemistades y posibilidades de “progresar”, pero es que no le interesó la política y veía en ella algo sucio, muy propio del pensamiento conservador que tenía (aunque los ejemplos que conoció en su relación con el régimen, le reafirmó en su idea). Se mantuvo dentro de la ley y las mas estrictas normas, no aguantando a los pelotas ni a los cuentistas. Llegando a discutir con cierto alcalde, que ante sus amenazas pretendiendo que participara de una arbitrariedad, llegó a decirle (en aquellos tiempos franquistas) ”YO SERÉ PRACTICANTE DE LA BENEFICENCIA MUNICIPAL MIENTRAS CUMPLA CON LA LEY Y USTED SERÁ ALCALDE HASTA QUE LE PEGUEN UNA PATÁ EN EL CULO”. Una frese que decía mucho, reafirmando su carácter era “ ladran, luego cabalgamos”.

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Fue una persona de su tiempo, conservador en lo moral, autoritario y severo (y, al mismo tiempo, divertido y cariñoso con sus seres queridos y amistades), valiente y estudioso al mismo tiempo. Un enamorado de la sanidad, dispuesto a aprender siempre. Católico, aunque heterodoxo en lo religioso. Recuerdo como siendo mi hermano Roberto y yo muy pequeños nos acompañaba a mi madre y a nosotros a misa los domingos, pero poco tiempo después se quedaba en casa, viendo el fútbol. Un día le pregunté por qué no iba a misa y me respondió que a su edad Dios lo tenía ya perdonado y que rezaba a su manera. Lo entendí años después, pues esa era otra característica suya, su aversión al clero, creo como consecuencia de que su hija mayor, Soledad, fuese captada siendo muy joven por la Institución Teresiana. Y se tenía por merecedor del perdón divino tras una vida dedicada a los demás, a la salud de sus vecinos.

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Tuvo capacidad de hacerse a sí mismo, de ser respetado y querido por el pueblo en tiempos difíciles, por los de dinero y los necesitados, que practicó la caridad con justeza y valoró la dignidad de su trabajo.

También discrepamos (menudo disgusto cuando se enteró, en tiempos todavía de clandestinidad, que yo era un “niñato rojo”), pero me (nos) respetó y me (nos) educó bien, siendo su integridad personal y su independencia, virtudes dignas de admiración. Creo que reunió los méritos, más que suficientes, para que muchas de esas personas a las que atendió le hicieran el homenaje que se ganó en vida.

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En julio de 2010 tuve conocimiento que unos ciudadanos (Francisco Castellano y Rafaela Durán) presentaron escrito en el ayuntamiento palmeño solicitando que se le diese el nombre de José Domínguez Godoy a una calle o plaza de Palma del Río. En esta petición se argumentaba que “es fundamental” que se “recuerde a las personas que ayudaron a suplir las innumerables carencias y necesidades que, durante tiempos tan duros como los que hemos vivido en nuestra historia reciente, se sufrieron en nuestra localidad, como en el resto de España”. Varios de sus compañeros de aquellos tiempos difíciles, en los que dieron lo mejor de sí mismos, para procurar la salud de los palmeños y las palmeñas, como Rafael Carrasco, Juan Trujillo, José Jiménez Molina o María Luisa de la Cruz, ya tuvieron su reconocimiento oficial, en diversas modalidades y momentos.  Hasta la fecha no hemos sabido nada en mi familia sobre el estado de esta solicitud de denominación de calle o plaza para nuestro padre.

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Al menos, la mención en la revista nombrada al principio, y esta nueva publicación de lo que escribí hace ocho y nueve años, sirva de reconocimiento y recuerdo de un gran palmeño. Los ochenta años de su vida son parte de la historia imprescindible de nuestro pueblo.