Décimo aniversario

1959-Palma del Rio-02aHace diez años empecé una aventura, la aventura de escribir en un blog. El blog se llamó Celtibético. Un 20 de noviembre (¡qué fecha para empezar algo nuevo!… y en libertad) comenzaba con estas palabras: “Hoy estreno este blog. Desde aquí publicaré mi “tablón de anuncios”, como en los tiempos de la universidad. Espero que salga como aquellos…. Pero mejorado por los años.” Me refería con lo del “tablón de anuncios” a la cartulina que colocaba periódicamente en la habitación que tenía en cada piso que compartí con amigos también estudiantes, cuando vivía en Córdoba, para cursar la carrera universitaria. Aquella cartulina se iba llenando de recortes de prensa o revistas, de anotaciones mías, de dibujos, de todo lo que se me ocurriese, o se le ocurriese a algunos de mis compañeros de piso, ya que incluso hay quien se atrevió a expresarse en aquel “periódico” tan personal. Y digo “periódico”, pues siempre adoptaba la forma de un periódico mural, con su cabecera y todo, que iba cambiando cada vez que empezaba uno nuevo. Recuerdo, por ejemplo “El PIS” (recortando la cabecera de El País), o “Scheavy Mettal” (jugando con mi apodo y el nombre de uno de mis estilos musicales preferidos). Con los años, internet me permitió hacer algo parecido, pero ya no circunscrito a las cuatro paredes de mi habitación, sino abierto al mundo, a quienes quisiesen asomarse a mi página para ver o leer lo que en ella yo iba publicando.

Hoy el blog cumple 10 años. Un decenio repleto de publicaciones, unas mejores y otras no tanto. Aunque el último año en que nos encontramos ha sido el menos prolífico, ya que durante más de mes y medio (desde el 20 de mayo hasta principios de julio) tuve el blog bloqueado por problemas de identificación en la plataforma que lo aloja. Además de verme inmerso en plena vorágine de exámenes de oposiciones, cuya preparación me tiene entretenido desde hace bastante tiempo.

Durante este año el blog “ha tenido un hijo”, un nuevo “Celtibético” (éste que estás visitando, amable lector o lectora), alojado en otra casa. Allí he vuelto a publicar entradas que en su momento fueron populares, y, además, he publicado otras nuevas, casi siempre dentro de la temática local, basada en mis recuerdos de juventud e infancia, que he llamado “Geografía evocadora palmeña”. Por eso quiero celebrar este cumpleaños con otra aportación a los recuerdos. Una imagen más de la conocida antaño como Plaza del Guardia, a la que he dedicado varios trabajos. Una foto no ya con 10, sino con 58 años, de un autor del que he publicado otras antes, José de las Heras. Otra imagen más de un punto central en la geografía palmeña y su historia. Disfrútenla.

La Cantarería de Onieva

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Recuperamos otra entrada muy visitada en su momento del viejo blog Celtibético, sobre la Cantaería de Onieva, una institución artesanal e industrial del pasado palmeño, cercano a nosotros en nuestra infancia.

“Este paseo que estamos dando en los paisajes de Palma, de mediados del siglo pasado en adelante, por donde transcurrió mi niñez, nos llevó en el último capítulo por la muy larga calle Río Seco. Algunos comentarios me han hecho de este viaje imaginario en estos días, en el blog, pero, sobre todo, en persona o por correo electrónico.

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Calle Río Seco 1958 ( de la publicación “Palma un paseo único”)

Sigo buscando imágenes que ilustren estos capítulos de mi memoria, compartida por muchos, y que completen incluso lo ya evocado. La mayoría de las imágenes que he incluido en días pasados forma parte de la colección de fotografías que posee la Diputación Provincial de Córdoba relativas a nuestra ciudad, a las que he podido acceder, como ya las tiene el archivo municipal. Hoy he tenido una gran alegría al conseguir algunas copias de fotografías más, que me ofrecieron en días pasados, a cuento de lo relatado sobre la calle Río Seco. Son sobre la cantarería de Onieva, que nombraba hace una semana (se refiere a una entrada de 2011, en el viejo Celtibético), y me las ha facilitado Francisco Godoy, el mismo que me proporcionó imágenes del Bar El latero, al ser su tío. Estas imágenes las tiene por estar casado con Belén, hija de uno de los Onieva, que llegó a trabajar en la tienda de la que hablaba en el post anterior. Son imágenes más antiguas que este humilde cronista de recuerdos, pero reflejan a la perfección lo que fue aquella entrañable empresa artesana.

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Horno de la Cantarería (Foto de internet)

Los Onieva son varias familias, algunos de los cuales emparentaron con familiares de la primera mujer de mi padre, dando lugar a los López Onieva, conocidos y amigos míos. Como decía en el post anterior, la empresa y la casa estaban en calle Río Seco, pero también se comunicaban con la calle Boquete de Anghera, de la que os hablé antes. En esta casa vivió Manolito Onieva (como se le llamaba en casa), cuya familia tuvo algunos pacientes de mi padre, como practicante, en los años difíciles de la sanidad local, y que luego continuaron siendo atendidos por mi hermano mayor Pepe, el médico.

La primera fotografía, de 1942, que da inicio al post, creo que es de este hombre que he citado anteriormente (Me aclara Francisco que su nombre es José, su suegro, padre de Belén. Quien yo creía, aunque con nombre equivocado). Está, como vemos, trabajando en el torno, haciendo uno de los famosos cántaros. Le acompañan unos jóvenes que le ayudan en su tarea, deduzco por sus manchas. El torno es tradicional, accionado con el pie. Tiene sobre él unas pellas de arcilla, preparadas para ser moldeadas. A la derecha se almacenan los cántaros recién torneados, esperando pasar al horno.

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En la siguiente fotografía, aunque de mala calidad, por el paso del tiempo, podemos apreciar el exterior de la cantarería. Al fondo a la izquierda, sobresale la torre de la Parroquia de la Asunción, luego, si vamos hacia la derecha, vemos el fin de la calle José de Mora, con el rótulo del nombre arriba del muro de la última casa. Luego donde estaba la carpintería de López, por ejemplo, con un gran portalón. Tras una casa baja, la Cantarería, con dos plantas. En el bajo, unas personas sostienen cántaros, salvo una que está cogiendo un recipiente que le echa uno de los de la planta superior por la ventana. Obsérvese la suerte del fotógrafo, que pudo captar el cántaro “volando” hacia quien tenía que recogerlo.

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En la imagen que nos precede, vemos parte del proceso de elaboración de los objetos de cerámica. En este caso un paso previo, la obtención de la materia prima. La cerámica se fabrica con arcilla que, mezclada con agua, forma una pasta flexible, moldeable, que permite dar forma a diversos útiles. Una vez que pierde el agua, generalmente por el secado en un horno, se vuelve dura y resistente. Aquí vemos como se obtiene la arcilla, en un lugar conocido en Palma como el “Cerro de la Grea”, es decir, el cerro de la greda, que es un tipo de arcilla que se encuentra en ese montículo. Al fondo se ve un canal de riego, que vemos cuando vamos por la carretera de La Campana. La greda se colocaba en capazos de esparto o caucho y la transportaban en el camión que vemos hasta la alfarería.

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En esta otra imagen vemos algo fundamental. Están descargando el combustible del horno: las ramas o paja que alimentaban el fuego. Mi hermano mayor me cuenta que vio muchas veces hacer esta operación, cuando un hombre alto (cree que conocido por Aruja) las metía en el horno con una horquilla larga. Le gustaba verlo, pues también tenía su emoción la cosa, al tener muchas veces el operario que esquivar las lenguas de fuego que salían de la boca del horno, como rebufo, buscando oxígeno. Como ya os decía en la entrada anterior, ese combustible quemado (las pavesas) se mezclaba con el humo, que, si los vientos no eran favorables, terminaban cayendo en las casas del vecindario, como la nuestra, arruinando más de una colada tendida para secar.

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Y esta otra fotografía, nos da una idea clara del interior de la alfarería. En ella se ve el edificio de dos plantas, con ventanas cubiertas por esteras de palma o esparto, a modo de persianas, algo muy típico de nuestro pueblo entonces. Vemos también los cántaros almacenados, y las ramas o paja para encender el horno. Hay muchas tejas secándose al sol en una especie de colgadizo, que sirve para proteger otros productos. Por encima de los tejados vemos sobresalir edificios que nos orientan sobre su situación. A la izquierda vemos la torre de proyección del cine Salón Jerez, tras ella, la espadaña del Convento de Santo Domingo, o escuela de La Inmaculada. Hacia la derecha aparece la espadaña y el tejado de la Ermita de la Coronada. Y luego, más al fondo, casi borrosa, la torre de la iglesia del Hospital de San Sebastián.

La tienda estaba en la acera de en frente. Yo iba de pequeño con mi madre a comprar botijos, o macetas para las muchas plantas con las que adornaba la casa. Terminó vendiendo también objetos de la conocida ciudad alfarera cordobesa de La Rambla y de otras procedencias, y de peor calidad, cuando el taller decayó y las modas empujaron a la gente a comprar otros útiles de materiales más baratos y resistentes, como el plástico. Cerró hace años. Una lástima.

Sirva este pequeño reportaje de homenaje a esta industria artesanal palmeña con mucho sabor y fama. Y hoy, estas imágenes sirvan también de homenaje a los obreros que trabajaron allí, sosteniendo una modesta, pero importante, empresa de nuestra localidad. Muchos, fallecidos, como Juan Manzano (cuyo hermano aparece en la primera imagen de niño, a la derecha), cuya familia vivió al final de la calle José de Mora. Alguno incluso vivo, como Antonio Ascanio, tornero, que ha ayudado en el taller de cerámica de mi amigo Pepe Lora: Barro de Palma, nombre en honor a la materia prima con la que se fabrica aun una gran cantidad de productos cerámicos.”

El Cordobés, en Palma del Río, torea por primera vez

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Manuel Benítez “El Cordobés”, toreó en Palma en 1960, cuando todavía no había tomado la alternativa, en una plaza portátil. Una novillada con picadores (la primera) con reses de Juan Pedro Domecq. Cortó cuatro orejas y un rabo. Triunfo total en su tierra. Esta fotografía, del archivo de José de las Heras, da fe de que ya se estaba convirtiendo en ídolo de masas. Nos lo muestra rodeado de admiradores de todas las edades, ufanos, ratratándose con el joven aspirante a torero, ya famoso.

De nuevo echo mano de una de las fotos de este no muy numeroso, pero sí interesante archivo gráfico, pues en ella, delante de “El Cordobés” aparece la hija pequeña del técnico que vino a las obras de ampliación del Canal del Bajo Guadalquivir, Begoña. También, al otro costado del torero, encontramos a Brígida Trujillo, hija del médico Juan Trujillo del Río (nombre que ostenta el Centro de Salud), cuyos familiares fueron amigos de esta familia que recaló algunos años en nuestra ciudad, conocida como “los bilbaínos”.

En la imagen aparecen otros personajes conocidos, que no dudaron en fotografiarse junto al diestro triunfador. De izquierda a derecha: Atanasio Caro Nieto, pariente de la familia Caro Dugo de la calle Feria (residente en Madrid), Alvaro Martínez Conradi, propietario de la ganadería de toros bravos “La Quinta”, sita en la Finca “Fuen La Higuera”, Miguel Delgado Reina, hijo (ya fallecido) del alcalde de entonces, Miguel Delgado Ruiz (también fallecido), que aparece a continuación (con bigote), junto a “El Cordobés”. Le siguen Antonio Raso Tirado, que vivía en la casa del Arco de la Calle Ancha (junto al surtidor), que, junto con otras edificaciones, posteriormente fueron demolidas para hacer una gran promoción de viviendas. Y Manuel Jiménez, veterinario ya fallecido. Les acompañan otros paisanos, entre adultos y niños, cuya identidad desconozco. Y dejan constancia de la alegría, por el resultado del festejo, celebrándolo en un bar de la localidad palmeña. Otro documento histórico e interesante de nuestro pasado reciente.

El astronauta y otras sorpresas de la catedral de Salamanca

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El año pasado, con motivo de una parada en Salamanca en nuestras vacaciones, comenté mi primera visita a esta ciudad, ya hace años, haciendo especial referencia a la rana que hay en la fachada de la Universidad. Como hemos vuelto por allí este año, me puse a buscar otro elemento famoso de la arquitectura local, que me quedó por ver el viaje pasado: el astronauta de la Catedral.

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En  nuestro primer día del viaje de vacaciones visitamos la parte más conocida de Salamanca: la Universidad, el huerto de Calixto y Melibea, la Plaza Mayor, el convento de San Esteban, la casa Lis (Museo Art Nouveau y Art Deco)… y, por supuesto, la Catedral. O mejor dicho, las catedrales, pues son dos, la Catedral vieja (románica y gótica) y la Catedral nueva (gótica tardía, renacentista y barroca). Buscamos la vieja con empeño pues no veíamos nada más que la nueva, llegando a rodearla, hasta que un joven que nos ofrecía el menú de un restaurante nos indicó que ambas estaban unidas (la vieja era esa parte que nos mostraba una torre con un gallo de veleta, sobre el ábside claramente románico).

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Entonces le preguntamos al joven por el astronauta y nos indicó su lugar exacto. “Además podréis ver más sorpresas” nos dijo. Así que partimos de nuevo hacia la plaza de Anaya, donde se abre ante nosotros la conocida como Puerta de Ramos. El año pasado la fotografié, pero no encontré al famoso navegante de las estrellas, que tanto asombra al visitante. Tampoco me percaté de los demás “intrusos”.

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Hay una liebre (como nos dijo el joven paisano), que muchos conocen como “el conejo de la suerte”. Alguien se inventó que, si lo acariciabas, te traería la buena fortuna. Así que presenta un color diferente y está más pulida que las otras figuras de tanto pasarle la mano por encima.

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Vemos también una langosta o cangrejo de río (hay diferentes versiones) en el mismo lateral. También un lince, una cigüeña y lo que unos llaman un dragón y otros un diablillo o duende: una figura antropomorfa que nos mira con sonrisa burlona y nos muestra el rabo enredado entre la espalda y sus piernas, y su trasero. Podría pasar como un adorno original, pero el cucurucho con varias bolas de helado que porta en su mano izquierda nos adelanta el origen de esta y las demás figuras de las que hablamos.

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Y, si elevamos la mirada, junto a un toro, encontramos al ansiado astronauta. Se nos muestra como flotando en el espacio exterior, con su escafandra, su caso, los tubos de respiración y la mochila de aire. Las suelas de sus botas exhiben el dibujo que dejaron las huellas, que conocemos por las fotografías de la NASA, de los primeros pasos en el primer viaje a la Luna.

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Para los turistas es algo asombroso y no paran de hacerle fotos (además de acariciar la liebre, por estar al alcance de la mano). Hay quien ha aventurado algún “viaje astral” del escultor de la puerta para justificar la presencia de un intruso tan del siglo XX en una puerta con varios siglos de antigüedad. Sin embargo el motivo es menos esotérico: en 1993 se restauró esta puerta, al mostrarse en esta ciudad la exposición “Las edades del Hombre”, y el escultor incluyó elementos modernos, para dejar constancia de que eran fruto de esa restauración.

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Algo que es hoy día norma para la recuperación de obras de arte históricas, y ha ocurrido en otros monumentos y otras ciudades, como se puede ver (aunque no muy bien) en la foto que saqué el año pasado en la Catedral de San Antolín de Palencia, donde una de las gárgolas restaurada muestra a un fotógrafo con su batón y su cámara de fuelle.

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Por cierto, el astronauta de Salamanca también ha tenido que ser restaurado, pues en 2010 unos gamberros le arrancaron el brazo derecho. En la imagen se ve con claridad que es otra pieza añadida, en la que no apreciamos las arrugas del traje, ni el guante que le cubría la mano con las muescas de los dedos, como se ve en su mano izquierda. En fin, que el misterio se desveló esta vez. Y nos pudimos ir de la capital charra con la satisfacción de haber encontrado al viajante interestelar.

La casa de la familia Liñán, en la Calle Feria

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Hace poco alguien publicó una de las fotos de esta entrada que vio la luz hace seis años en el blog Celtibético. Lo vuelvo a colgar de la red para que todos conozcan o recuerden esta imponente casa que hubo en la calle Feria de Palma del Río, con algún añadido más.

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La casa de la familia Liñán, en la Calle Feria

Terminaba el post del 12 de marzo, dedicado a la calle San Sebastián, en los años sesenta y setenta, hablando de la casa de la familia Liñán, la que ocupaba un solar entre esta calle, la calle Muñoz, y la calle Feria. Una gran casa que desapareció, como muchas otras en aquellos tiempos, a pesar de su porte señorial, para ser sustituida por el consabido bloque de pisos. Lo hacía aprovechando una fotografía, donde solo se apreciaba parte de este edificio. Sin extenderme en las virtudes arquitectónicas de la casa, pues además su entrada principal se situaba entonces en otra de las calles señeras de nuestro casco antiguo palmeño, la calle Feria. Y no disponía de más apoyo gráfico para gozar de su recuerdo.

Decía gozar, pues, ahora que sí tengo en mi poder copias de imágenes de este perdido monumento civil (procedentes del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba y otras, como la de José de las Heras y la última, de Jiménez & Linares, publicada en “Palma un paseo único”), nos es posible recrearnos con pasión por el arte de modificar el espacio natural, para habitar, con comodidad y placer estético, nuestro medio urbano. Perdonadme esta frase tan solemne, y tal vez pedante, pero como acostumbro a hablar en esta serie de evocaciones del paisaje palmeño, desde el punto de vista de los recuerdos de tiempos pasados, vividos en primera persona, la emoción se instala en el relato, domeñando mis palabras.

Finalizaba, como decía, aquel artículo rememorando “la imagen de los escombros, durante su demolición, con las rejas y el imponente balcón que adornaban su fachada, sobre los cascotes y en medio de la polvareda. Un monumento más caído gracias a la miopía de los encargados por velar de nuestro de patrimonio y por la tontería de los hombres de negocio de aquella época.” Con estas imágenes podéis comprobar el por qué de estas palabras. Vemos en la primera foto la imagen de la calle San Sebastián, desde mi calle de la niñez, José de Mora, en la esquina donde estuvo el Banco de Bilbao, en el edificio que sustituyó la casa de Soledad López, pariente de mi padre, por parte de su primera mujer, con la espadaña de la iglesia del Hospital que da nombre a esa calle, al fondo. Y a la derecha, haciendo esquina, la casa hoy recuperada en nuestro álbum. Se aprecian las consecuencias del abandono, se ven los ladrillos, con el revoque caído, o colgando trozos del enlucido, a punto de desprenderse. Algo que presagia su próxima demolición, al no encontrarse habitada.

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Vamos a otra imagen más clara, una vez situada en el espacio, la casa recordada. Con esta posición oblicua vemos la casa Liñán en esquina. Hay un letrero de chapa, azul con letras blancas, por encima de la señal de acceso prohibido, donde una flecha nos indica la dirección de la casa de la calle Cigüela donde estaba la centralita de teléfonos, anterior a la implantación del servicio automático. Después se despliega ante nosotros la fachada principal, antes de una típica casa de arquitectura popular, menos pomposa, creo que la de la maestra Rosarito Rodríguez, que albergaba en un accesoria, la zapatería de Agustín y Juan José. Una portada abombada, de base casi semicircular, quebrada por la puerta, y dividida en espacios almohadillados, que me recuerdan al estilo barroco, y dos ventanas a ambos lados. Y sobre la puerta, un dintel que sostiene un hermoso balcón, el que vi, por desgracia, como cadáver reposando sobre los escombros del derribo. Para apreciarlo en todo su esplendor, nos detendremos en la siguiente imagen.

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En ella, ya de frente, apreciamos la majestuosidad de la puerta principal. Las ventanas de ambos lados, apoyadas en el zócalo, son sencillas, a ras de la pared, con rejas, y decoradas en sus bases por una cenefa de dibujo cerámico. El dintel de la puerta se adorna con una peana que sirve de soporte al balcón. Éste está también acompañado de dos ventanas a su izquierda y derecha, que sobresalen del paramento, enrejadas, con base y cornisa sobresalientes. El balcón es lo más llamativo. Es un típico balcón recubierto o protegido por cierre metálico acristalado, que se apoya en la barandilla y la cubre por detrás. Los vidrios superiores son de color, mientras que los inferiores son transparentes. Tiene adornos en forma de hojas por encima de la barandilla, y otros mayores coronando el tejadillo que lo cubre, sostenido por una cenefa de rosetones, entre los arquitos en que se apoya. Es muy parecido al balcón de la casa modernista, que mandó construir Julio Muñoz, el ahijado del Marqués de Monte Sión, que hubo a la entrada de la calle Ancha, aunque de forma menos curva, con línea más quebrada, y tal vez menos prominente. No obstante es también una balcón hermoso, ricamente decorado, que merecía haber sido conservado.

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Del interior no puedo hablar mucho, pues no recuerdo haber entrado allí nunca. Solo me viene a la memoria el suelo empedrado del patio o corralón que tenía entrada por calle San Sebastián, y que veía al pasar frecuentemente por allí. En esa parte vivió un casero llamado Manuel Contreras y su familia (amigo de mi padre), y por allí había una entrada a un sótano, de los pocos que existían en aquellos tiempos. También disponía de una entrada para coches y carruajes. Las estancias de la primera planta debían estar perfectamente iluminadas debido a la profusión de amplias ventanas, en contraste con la planta alta, una planta más íntima y recogida, familiar, salvo el luminoso mirador que ofrece el balcón. Por suerte, la puerta de entrada y las interiores, así como la escalera y los artesonados de las techumbres fueron compradas, antes de desaparecer el edificio por José Rodríguez Duran (“Colino”), para instalar estos elementos en su casa de la calle Ancha.

Decía al principio que las imágenes muestran el estado de abandono que presagiaba su demolición. Ésta ocurrió en los años de mi niñez, en los sesenta, y fue sustituido por el bloque de pisos, de nombre Edificio Santa Rosa, en cuya planta baja se trasladaría el Banco de Bilbao, conocido popularmente por “La casa blanca”, por el color de los ladrillos de su exterior. Y, tal vez, por los aires de sus nuevos moradores, por el interés de estos nuevos ricos, deseosos por vivir en la calle Feria, la calle de los “poderosos”, que fue motivo de sorna entre los tradicionales habitantes de este barrio y también entre el pueblo llano. La pena es que este interés ostentoso no se tradujera en la conservación del aspecto suntuoso de edificios, como éste, que fueron derribados en este periodo desarrollista, aunque el número de habitantes creciera, debido al conjunto de nuevas viviendas construidas en este espacio (a diferencia del ambiente deshabitado actual). Ojalá que la recuperación de estos documentos gráficos sirva de inspiración para que nuevas generaciones con capacidad económica puedan recuperar los elementos arquitectónicos que ahora volvemos a ver, y los incorporen a las nuevas edificaciones, dejando de lado el uniformismo de tanta piedra artificial y color blanco y albero, que amenaza con atenazarnos en estos tiempos.

La Palma de los sesenta y setenta: El Bar Charneca

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En este recorrido por la geografía evocadora palmeña que venimos realizando, hoy nos vamos a detener en otro punto importante que, tal vez no pase a la historia de nuestra ciudad, como sus numerosos monumentos, pero sin duda debe tener un lugar destacado entre los enclaves con renombre y sabor popular, el Bar Charneca. Para ello me serviré de varias fotografías cedidas por su familia, y alguna más.

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Manuel Ruiz Peso, “Charneca”, era hijo Manuel Ruiz y Belén Peso, posiblemente prima de mi abuelo Sebastián. Este matrimonio, entre otras actividades, surtía de agua potable a la población por los años 40 y 50, gracias al pozo que había en su casa en la Calle Nueva (entonces Écija), frente a la Calle Sánchez. Mi hermano mayor, Pepe, bebió alguna vez de ese pozo al ser amigo de uno de sus nietos. La abuela de Anamari, Concepción, era hermana de Charneca, con lo que mi relación con él se puede atisbar por varios frentes. En el libro de Dominique Lapierre y Larry Collins, “O llevarás luto por mí”, se le nombra varias veces, aunque se le llama “Pedro Charneca”, cambiándole el nombre de pila y haciendo de su apodo el apellido.

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El bar estaba situado en la Avenida de Pio XII y cerró hace bastantes años. Era el primer edificio de esta calle, entrando por la calle Portada, hacia la izquierda, en dirección a San Francisco, después de la casa de Huéspedes Castillo. Un local no muy grande que lucía una marquesina, que perduró tiempo después de cerrar, además del toldo que lucía el nombre comercial del establecimiento.

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La entrada, con la marquesina, la vemos en la foto, aproximadamente de 1956, con Mari Díaz Ruiz, sobrina de Charneca, la tía Conchita (hermana menor de mi suegra) y Mari Pepa, sobrina de ésta. Detrás, a la izquierda, se ve el puesto de turrón de la tía Amelia, casada con un hermano de mi suegra, feriante ecijana que solía instalar otro puesto de juguetes delante del Bar Guerra, antes de las obras de remodelación del Paseo y el nuevo Recinto Ferial de 1991. La imagen, muestra esos momentos de gran afluencia de clientes en las ferias, debido a su excelente ubicación cercana al Paseo.

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Charneca montó el bar con el dinero que le quedó de cuando le tocó la lotería en 1940 y se gastó la mayoría de las 90.000 pesetas (un capital entonces) en fiestas, cuando se trasladó a Sevilla. Lo cuentan Lapierre y Collins en su libro, y me lo han confirmado en la familia. Manuel había sido camarero y conocía bien el negocio. Su establecimiento se distinguió por el ambiente taurino, ya que era gran aficionado a los toros, habiendo sido incluso becerrista en su juventud. Nos dicen que se gastaba grandes cantidades en teléfono para conocer el resultado de las principales corridas de toda España, y luego lo anunciaba en una pizarra colgada en la puerta del bar.

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El bar estaba adornado con numerosos carteles taurinos y fotografías de toreros, divisas de las ganaderías y alguna cabeza disecada de un astado. Parece que Manuel Benítez, “El cordobés”, encontró su vocación observando semejante decorado, como otros chavales palmeños. De hecho, Charneca fue uno de los más firmes defensores del torero, colocando diferentes fotografías del diestro en su local y convirtiéndolo en “Peña El Cordobés”, como vemos en la imagen. En su establecimiento se daban cita, además de muchos humildes trabajadores del barrio, bastantes personajes del mundo del torero, tan de moda en los años 60 y 70 del siglo pasado. El bar llegó a convertirse en un santuario del mundo taurino local, con trascendencia nacional en los tiempos en que “El Cordobés” fue un personaje popular y mediático, incluso a nivel internacional, siendo usado por el Régimen de Franco como un “embajador” de la España que quería abrirse al mundo, tras la posguerra.

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Mi familia no era asidua del local, solo lo recuerdo al verlo cuando pasábamos por allí, sobre todo en las ferias. Sí fui más de una vez a la otra peña taurina que había en los años 60 en Palma, la Peña “El Palmeño”, dedicada a Manuel Fuillerat Nieto, “Palmeño”, hijo de Julio Fuillerat García, la otra figura taurina local de los primeros años 60. Estaba entre la actual Plaza de España y la Travesía Alamillos, y creo que mi padre era socio. Y eso, tal vez, más por la cercanía a la Farmacia de Chacón, donde prestaba sus servicios, que el que un primo mío se hubiese casado con una hermana de este torero.

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Volviendo a Charneca, hemos de recordar que siguió a Manuel Benítez en muchos de los lugares en los que toreó, organizando excursiones para ver sus corridas y gozó de su amistad hasta su muerte. En algunas fotografías le vemos en compañía del torero, junto a otros palmeños. Mi tío Emilio, el carnicero, junto a sus hijos, también tuvieron lógicas relaciones de negocio tanto con el torero como nuestro barman.

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Junto al bar, Paco Castillo levantó un local de bodas (donde antes tuvo la primera piscina de Palma, que se ve en la tercera fotografía) que ha visto pasar muchas celebraciones de todo tipo, incluso actos políticos durante la Transición. Yo mismo participé allí en el primer mitin en el que hablé, en la campaña de las elecciones municipales de 1983. La foto de una celebración que supervisa Manuel “Charneca”, está situada en ese salón. Muchas veces el local se complementaba con la nave de aparcamientos que tenía contigua el mismo empresario. Como hizo mi hermano Roberto cuando su boda. Manolo servía bodas y otros ágapes, además de atender su bar. Allí empezó su sobrino Manuel Díaz Ruiz, que luego montó con su esposa Victoria Sánchez el Catering Virgen de Belén, negocio que mantienen sus hijas en estos tiempos.

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Manuel “Charneca” enviudó, sin tener hijos, y durante mucho tiempo convivió con su cuñada, a la que tenía empleada en el bar. Cuando cerró el bar, un pedacito de la historia popular de nuestra ciudad cerró sus puertas, coincidiendo con el declive de lo taurino. Elemento que se quiso utilizar para reclamo o seña de identidad local, debido al gran número de aficionados y a algunos profesionales del toreo que dio nuestro pueblo. El cartel en forma de burladero que había en la antigua carretera, tanto por la entrada desde Peñaflor como por la de Córdoba, con la inscripción “Palma del Río, cuna de grandes toreros”, era una señal clara de ese intento de “vender” Palma en su vertiente taurina. El cierre de las Peñas, tanto la del Palmeño, como la de El Cordobés, cuando se cerró el Bar Charneca, sin duda, simbolizó la decadencia de este arte en nuestro pueblo, y su casi desaparición hasta fechas recientes en que parece que hay quien intenta darle nuevos bríos. Queden estas imágenes y estas palabras como recuerdo de aquellas viejas glorias.

Feria del Teatro en el Sur 2017, lo visto

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Una vez más la Feria de Teatro en el Sur ha tomado las calles y espacios de Palma del Río, en este caso en su 34 edición. Como estoy escaso de tiempo, son pocas las obras que he podido disfrutar, pero les haré su, aunque sea pequeño, comentario, como acostumbro desde hace años.

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El martes 3 de julio asistimos al Teatro Coliseo para ver “Marat/Sade”, la obra de Peter Weiss, en la versión de la compañía Atalaya. Un texto donde se contraponen dos visiones contemporáneas de las ideologías, encarnadas en los dos personajes principales: Marat, como representante del colectivismo, del “ala izquierda” de la Revolución francesa, y el Marqués de Sade, defensor del individualismo, la “derecha egoísta”, presentes en una obra de teatro puesta en escena en el manicomio de Charenton por los internos. La obra, de 1964, se adapta bien a esa visión de la política tan del momento, que enfrenta derecha e izquierda de forma maximalista, tajante, dogmática y maniquea incluso (las “dos orillas”), donde no caben los matices. Atalaya se echa de lleno en brazos de esta concepción simplista, haciendo uso de las influencias del teatro de Bertolt Brecht que tanto caracterizan sus últimos montajes. Eso sí con un trabajo muy bien elaborado, con una escenografía minimalista, basada en el empleo de telones que sirven para muchos usos, muy efectista y lograda. El trabajo de los actores y actrices bien resuelto, aunque la música, para mí no aportara nada, e incluso impidiese comprender algunos mensajes.

ICULT  Quejio De Salvador Tavora FOTO  Curro Cassillas

El miércoles llegó al Coliseo la hora de la nostalgia. La compañía La Cuadra de Sevilla volvía a Palma con su obra “Quejío”, un montaje de 1972 que a nadie dejó indiferente entonces. Salvador Távora (que tuvo que subir al escenario, a pesar de sus achaques y años, para ser aclamado) quiso montar en su día un espectáculo donde el flamenco dejaba de ser el entretenimiento de los señoritos y los turistas, para pasar a expresar las penurias del pueblo andaluz, la queja de los mineros, jornaleros y otros trabajadores, postrados ante el poder de los amos, los grandes terratenientes y los empresarios, que esquilmaban las riquezas de estas tierras, explotando a sus habitantes. Unos habitantes que lanzan sus quejas, sus quejíos, en forma de arte flamenco, de cante, de baile, de lamento. Tiene la obra su parte de actualidad, aunque mucho haya cambiado la realidad andaluza 45 años después de su estreno. Pero la Andalucía de la Transición, en la que encumbramos la producción de Távora, ya es historia, y ni los nacionalismos entonces en boga, ni las soluciones “agraristas” nos sirven para conquistar un mundo mejor en nuestro solar. No obstante, no vino mal un poco de recordatorio (con mucho arte) de dónde venimos.

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Terminamos nuestro repaso por lo visto en la Feria (solo 4 obras de las 29 programadas), con dos representaciones del viernes 7. La primera, también en el Teatro Coliseo, a cargo de la compañía jerezana La Zaranda, otra de las clásicas de la Feria. Trajeron “Ahora todo es noche”, un montaje protagonizado por tres mendigos que nos enseñan sus miserias, sus grandezas, su vida en permanente lucha por la supervivencia, entre cubos de basura, estaciones, comedores sociales y obras sin terminar, con buen o mal tiempo, haciéndonos ver que un día se puede ser el mejor y al poco caer en lo más profundo de la pobreza, con todo lo que ellos conlleva de mantenimiento de la dignidad o de pérdida de ella y hasta del juicio. Exposición bien resuelta con el magnífico trabajo de los tres actores y el escaso atrezzo. Para mí lo mejor que he visto este año (y salvando lógicamente lo que no he podido presenciar).

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La segunda y última obra, la muy esperada “Lope que te parió”, de la muy querida compañía Malaje Sólo. Parodia al estilo acostumbrado de este grupo, encabezado por Jose Antonio Aguilar (que se hiciera famoso aquí por su paso por Garrapato Teatro) del teatro del Siglo de Oro, encarnado en dos obras: “El mejor alcalde, el rey” de Lope de Vega, y “La vida es sueño” de Calderón de la Barca. Gags, chistes, parodias, sin muchas pretensiones (también afortunadamente) que hicieron reír un buen rato a los asistentes, para empezar de buena manera y algunas risas el ansiado fin de semana. El año que viene, más.

Mi paso por el mundo del teatro

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Esta semana próxima tendrá lugar la 34 edición de la Feria del Teatro en el Sur, una muestra del teatro que se hace por estas tierras (y por otras, que también vemos) que goza de una envidiable “mala salud”, porque, a pesar de los múltiples problemas que viene padeciendo cada año, aquí sigue “vivita y coleando” desde que empezó en aquella carpa de la Diputación (la “jaima”) allá por los primeros años ochenta del siglo pasado. Buen momento para recordar una entrada de 2013 en la que contaba mis experiencias en el mundillo teatral, al que tanta pasión le he dedicado siempre desde niño (incluidas representaciones en el colegio). Ya contaré, como hago siempre, mis impresiones sobre las obras que haya visto en esta ocasión.

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Las primeras representaciones de Vientos del Pueblo (Foto Miguel Sáenz)

“Cuando menos te lo esperas salta la liebre. Eso pude pensar hace unos días, charlando por el chat de Facebook con May Lora. Me preguntó por Paco Vizcaíno, el monitor del taller de teatro en el que participamos hace unos años y me envió una fotografía de aquel taller. Increíble. Tantos años y todavía quedan recuerdos de aquella experiencia teatral. Yo no conservo ninguna fotografía de ningún espectáculo o actividad teatral en la que he participado y me pasan una de 1987, en la que no estoy, pero que es un acicate para dedicar un post a esas experiencias en el mundo de la escena, tras tantos años.

5aCuando a fines de los setenta se funda la Asociación Cultural Vientos del Pueblo, ya en la primera de las reuniones a las que asistí se habló de crear un grupo teatral. Más de un intento vivimos entonces, aunque en las primeras escaramuzas nos limitásemos a ensayar, y más ensayar, a hacer expresión corporal, leer textos, y poco representar. Llegaron los de la comisión de teatro a poner en escena alguna versión de algunos textos de moda entre el mundillo del teatro aficionado o juvenil, o del ambiente “cristiano”, del que provenían muchos de ellos, como la conocida “Parábola del hombre de las manos atadas”. Hubo una de estas versiones, creo que síntesis de varios textos menores, que se representó con el nombre de “Con su dinero, con sumidero”. Yo no estaba en el reparto, pero fui como “tramoya” (utillero) a Belalcázar una vez. Y como nos quedamos esperando a uno de los protagonistas (Paco Molina, que estaba con gripe), antes de que saliese el autobús, alguien (seguramente Ramón López) me pidió que le sustituyese, así que tuve que prepararme el texto (afortunadamente escueto) en el viaje. Por suerte, minutos después de llegar a la iglesia donde íbamos a representar, se presentó Paco, aunque con fiebre, y fue él el que salió a escena.

2ASí tuve un papel en otra obra, “La Jácara del avaro” de Max Aub, también como suplente, pues uno de los actores se tuvo que retirar una semana antes del estreno. Representamos en el Colegio Salesianos, en el marco de unas jornadas organizadas por la Peña Bética local. En el reparto estaban, entre otros, Pepe Lora (el avaro), Manolo Pérez (el criado Mil), Ramón López, Conchi Palma, Lola Guerra… Creo que dirigió Isabel Gómez (entonces profesora en el instituto de bachillerato), y yo interpreté a uno de los sobrinos que quiere quedarse con las riquezas del viejo. Como esto ocurrió cuando varios de los componentes éramos concejales en el ayuntamiento palmeño (Isabel fue candidata a la alcaldía por el PCA en 1983, y Ramón y yo éramos concejales del PSOE), al grupo lo llamábamos con humor “la corporación”. A pesar del poco tiempo para mi incorporación el resultado fue bueno y nos divertimos bastante.

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Momento de la representación de La descomposición de Blankópolis (Foto del libro editado por los 25 años de la Feria en 2008)

En 1991 participé en otra experiencia “teatrera”, esta vez en el seno de la Feria de Teatro en el Sur. La organización del evento pensó en preparar un montaje para el día de inauguración de la Feria. Se creó ex profeso la “compañía” Mácula-Teatro, con componentes de otros grupos y el apoyo fundamental de la compañía La Pupa. En este espectáculo participamos algunos palmeños entre el elenco: Pepe Lora, el “Piti” (marido de Rosario Lora), Fernando Sánchez Alcaraz… La obra, de calle, representada exclusivamente en esta muestra, se llamó “La descomposición de Blankópolis”: “En el esplendor de la antigüedad sus profanaciones pictóricas fueron admiradas dese oriente a occidente, con la tiranía de BLANKENATON fueron confiados a vivir dentro de la gran pirámide, ahora, misteriosamente, renacen en Palma del Río para volver a darle color a la vida”. Yo también me enfundé un mono blanco y un gorro de natación y participé en el montaje, “danzando” con los “rebeldes”, arrojando serrín coloreado, entre las máquinas de obra, y hasta corriendo escaleras arriba hacia la cumbre del entonces en obras Hotel Castillo, para destronar al tirano del color blanco.

P1070875Posteriormente, Ramón nos llamó a algunos de los mencionados para participar en otra experiencia. Le habían encargado el Taller de Teatro del Centro de Educación de Adultos Al-Sadif. Mari Carmen Cabrera y Pepa Martínez eran las responsables del Centro que impulsaron el proyecto, como recordó Ramón este año, cuando fueron homenajeadas en el seno de la Feria del Libro.

4aCuando tocó montar una representación con los alumnos del centro, Ramón tiró una vez más de Pepe Lora, ya bien fajado en lides teatrales, y de mí, para echar una mano, además de algunos otros colaboradores ajenos. Se preparó el “Farsón de la Niña Araña”, una de las “Farsas Maravillosas” de Alfonso Zurro, de la compañía La Jácara de Sevilla. La obra se escenificó en el seno de las Jornadas de Teatro en la Escuela, en el patio de la Casa de la Cultura, siendo un rotundo éxito, y luego en un Teatro Coliseo, aún por terminar, tras la Feria de Teatro en el Sur, creo que del año 1997, en un epílogo fuera de programa, junto al grupo de teatro Pigmalión, del Colegio Salesianos, que dirige Mari Carmen Navarro, que representó su obra “Jaque al caballo”. Mari Carmen estuvo con nosotros en Vientos del Pueblo, también, y dedica su vida a la docencia, al mismo tiempo que escribe, fundamentalmente poesía, aunque tiene esta obra teatral y otra más todavía representándose, y hace poco anunció otro proyecto junto a sus alumnos. Al año siguiente me propusieron hacerme cargo del Taller del Centro de Adultos, pero debido a mi falta de tiempo, decliné la oferta, que, seguro, me hubiera entusiasmado.

3a1Durante el periodo de actividad de Vientos del Pueblo, Ramón intentó poner en escena varias obras en las que participé: “La Farsa del Hombre que voló”, o “Arlequín, mancebo de botica”, por ejemplo. Muchas reuniones, lecturas de textos, ensayos en el salón de plenos del ayuntamiento, sin resultado en las tablas. Desde la Delegación municipal de Cultura también se intentó crear escuela, ya que el éxito de, primero, la Muestra de Teatro Andaluz, y la Feria de Teatro en el Sur, después, invitaba a que surgiese alguna compañía palmeña que llevase el arte de Talía y Melpómene por otras tierras. De ahí surgió el Taller de Teatro del que hablaba al principio, el que dirigió Paco Vizcaíno. Francisco Vizcaíno era un componente del Teatro Universitario de Córdoba. Era natural de Almansa (Albacete) y estudiaba en Córdoba. Lo vimos alguna vez en Palma, junto con el grupo teatral. Y se implicó encantado en el Taller. Con él aprendimos técnicas de expresión corporal, técnicas interpretativas, de dirección, de composición de escena, maquillaje, vestuario… todo lo relacionado con este arte. Guardo todavía los textos que nos facilitó para nuestra formación y los guiones de los ejercicios prácticos, basándose en buena parte en el llamado “Método” de Constantin Stanislavski, que se difundió a través del Actors Studio de Nueva York y que hiciese famoso Lee Strasberg. Yo estudiaba en Córdoba y dos veces en semana me venía con él en el tren a Palma para el taller y nos volvíamos juntos, entablando amistad. En el taller nos inscribimos numerosos participantes, tanto de Palma como algún foráneo.

6aComo final del taller estaba prevista la representación de una obra. Escogimos entre dos, “Cásina” de Plauto, en versión de Andrés Pociña y Aurora López, y “El reclinatorio”, de Miguel Murillo. Nos inclinamos por la segunda, una farsa con influencias de Valle Inclán sobre las revueltas contra el absolutismo en el siglo XIX, algo muy de actualidad en las postrimerías de la Transición. Hicimos su estudio histórico (el del argumento) y su análisis dramático (personajes, escena, vestuario….). Todavía guardo mis copias. Nos repartieron personajes (a mí me tocó el de Cardenal-Arzobispo) y nos lanzamos a ensayar, día tras días, escena tras escena. Pero llegó mayo y los exámenes finales, que nos afectaban a muchos, por ser estudiantes. Y además ese año, 1987, era año electoral, así que otros también tuvimos que dedicarnos a más menesteres, que fueron retrasando el esperado estreno, que nunca llegó, al concluir el Taller. Se pensó en retomar el curso, pero no ocurrió y le perdí la pista a Paco un tiempo después.

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Inauguración Feria del Teatro de 1992. Ramón López y Roberto Quintana. Un servidor a la izquierda (Foto del libro editado por los 25 años de la Feria en 2008)

En la fotografía del principio, que me pasó May (que con su hermana Rosario se iniciaron en este mundo, llegando a licenciarse en arte dramático), vemos a Pepe Lora, sentado de espaldas, dos miembros del taller cuya identidad no recuerdo, y, agachado, a Paco, el director. Están en el ayuntamiento, pues no había entonces instalaciones adecuadas donde impartir el curso ni ensayar. Se ven los antiguos aseos al fondo. Aunque la foto no es de calidad es muy emotiva, pues, como dije al principio, no guardo imágenes de aquellas experiencias. Y ésta es un recuerdo de unas vivencias imborrables, en las que varios jóvenes vivimos el teatro como aficionados, con ilusión, esfuerzo y muchas ganas. Aunque no sean reconocibles oficialmente, forman parte, junto a otras, de los treinta últimos años de la historia del teatro en Palma del Río.”

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

AMPRimg348Como estoy viendo que en el Facebook se está repitiendo el enlace de este antiguo post del viejo blog Celtibético, muy apropiado para las fechas en que estamos, y que recibió gran número de visitas y comentarios en su día (junio de 2014), y lógicamente, no se puede ver en ese blog (todavía bloqueado por Blogger), os vuelvo a publicar la entrada de entonces, incluyendo alguna foto nueva, facilitada por José Luis de las Heras. Disfrutad.

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Pantalla del Popular Cinema

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

Ahora que ha llegado el calor en su máxima expresión, como si estuviésemos ya en verano, apetece recordar aquellos lugares que eran esenciales para pasar las noches cálidas de nuestra ciudad, como, por ejemplo, los cines de verano. Palma del Río tenía tres cines de verano en mi niñez y juventud: el Cine o Cinema Jardín, el Coliseo España y el Popular Cinema.

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Cines San Miguel y, junto a él, Cinema Jardín

El Cinema Jardín, se situaba junto al Cine San Miguel, en la Calle Alamillos. Se llamaba así, supongo, por las plantas que lo adornaban en la entrada y en el interior, unas enredaderas alojadas en celosías, creo que de color verde (si no me falla la memoria) muy llamativas. Era una terraza al aire libre que compartía máquinas proyectoras con el Cine San Miguel, que se volvían hacia cada local, según la temporada. La pantalla se colocaba en la parte más cercana a la calle Ana de Santiago.

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Calle Alamillos, donde estuvo el San Miguel y el Cinema Jardín, en la actualidad

Fui pocas veces a este cine, que fue el primero que cerró. Recuerdo una vez a mi madre decirme que íbamos a ir “al cine de la sábana blanca”, cuando mi hermana Mari se iba allí con las amigas y queríamos acompañarle. Se refería a que nos iba a acostar temprano, así que mejor olvidarse de la película. Tal vez pensase en la fama que tenía de que en sus sillas de anea se criaban chinches, y no tenía ganas de correr el peligro de los parásitos, frecuentes entonces en las zonas más modestas.

Carteleras-Guadalgenil-1959aOtro de los cines, que duró más tiempo en funcionamiento, fue el Cine Coliseo España. En 1932 el ayuntamiento autorizó a Miguel Jerez y Jerez (médico titular y funcionario municipal) a la construcción de un “teatro de mampostería para espectáculos de verano”, cediéndole el terreno para ello en el Llano de San Francisco (La Segunda República en Palma del Río, 1931-1936, Juan Antonio Zamora Caro y Joaquín de Alba Carmona. Editorial Coleopar Ceparia). En su terraza se llevaron a cabo todo tipo de espectáculos: teatrales, musicales (del gusto de la época, como la copla) y, por supuesto, proyecciones de películas. También recuerdo alguna “Naranjá flamenca” (festival de los que se pusieron de moda en los ochenta) organizado por la Peña Flamenca La Soleá.

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El Coliseo España

Posteriormente a su construcción se edificarían los pisos del Paseo, desde los que vimos más de una película de las que se proyectaban en el cine (sobre todo las que no nos dejarían ver por la edad), en la azotea del bloque donde vivían compañeros del Colegio San Sebastián.

El cine lo compró el ayuntamiento en los años ochenta para caseta municipal. Funcionó así algún tiempo, además de como bar y zona para espectáculos del Área de Cultura, incluido el cine de verano. Se ideó alguna fórmula de techarlo provisionalmente para su uso en invierno, pero finalmente se encargó un proyecto de teatro de nueva construcción, aunque reconstruyendo la primitiva fachada, como recuerdo de la anterior. Hoy día es el Teatro Coliseo, donde se desarrolla cada año parte de los espectáculos de la Feria de Teatro en el Sur, otras actividades culturales e institucionales, tanto públicas como organizadas por entidades privadas, y en contadas ocasiones se ha proyectado también cine.

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Popular Cinema, sillas y cabina de proyección

El Popular Cinema, era también conocido como el cine de la Calle Belén. Fue el último cine de verano privado durante bastantes años, hasta que se cerró para edificar viviendas, como le pasó al Cine San Miguel, aunque éste estuviese abandonado durante bastante tiempo en espera de un proyecto que le diese uso (solo fue empleado por el ayuntamiento durante algunas ediciones de la muestra de murgas del Carnaval). En este cine de verano, recuerdo haber visto, por ejemplo la entonces muy popular “Fiebre del sábado noche” (1977), todavía sin ser mayor de edad, como la mayoría de los asistentes, por lo que al salir al inicio de la proyección la indicación de que estaba autorizada para mayores de 18 años, las carcajadas llenaron la noche veraniega como si de un magnífico gag humorístico se tratase. Nadie podía resistirse a la moda de la música discotequera que esta película impulsó entonces. También asistí a otras películas y espectáculos musicales allí. Así como nos “colamos” más de una vez, viendo la película desde la azotea de los pisos de la Calle Belén, donde vivía mi amigo Manolo Pérez, aunque con mayor distancia que en el caso del Coliseo.

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Comunes a todos ellos, eran los “esenciales” servicios que prestaban al cliente. El puesto de pipas, chucherías, garrapiñadas, altramuces (chochos), por ejemplo, aunque también en los alrededores se instalasen comercios semejantes, la mayoría ambulantes, para surtir a los que iban a pasar allí la noche. Las pipas y otras chucherías, como las palomitas, parecen que están indisolublemente unidas a la contemplación cinematográfica. También había quien llevaba un botijo con agua fresca para que bebieran “a peseta la jartá”. Tal vez fue en el Cinema Jardín, donde lo hacía un tal Valdeón del que me han hablado algunas veces.

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Las carteleras de la “Plaza del Guardia”

El uso de sillas de anea fue nota característica durante algún tiempo. De ahí que del Cinema Jardín se dijera que en ellas se criaban chinches. Algo que pasaría en los demás también. Luego se impuso el uso de sillas y sillones de metal, como las que se usaban en las terrazas de los bares. Los ambigús, para el consumo de bebidas y refrescos, también se fueron generalizando con el aumento del nivel de vida, recordando, por ejemplo, el de Rafael Nieto. En cada cine encontramos unos comunes empleados: operador, taquilleros, control de entrada, barrenderos (por las cáscaras de pipas y otros residuos), acomodadores (que hacían las veces de vigilantes para mantener el orden durante la proyección). Estos cines, como las salas de invierno, anunciaban sus películas, además de en los medios locales, como la Revista Guadalgenil, en las conocidas “carteleras” que había repartidas en diversos puntos del casco urbano, sustituyendo a las de las salas cerradas durante el verano. Y funcionaban con sesiones diarias, lo que les hacía más atractivos.

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En el Paseo los titulares del antiguo Quiosco Manzano, con la fachada del antiguo cine de Paco Castillo al fondo

Habría que resaltar la importancia de los cines, y especialmente la de los cines de verano, en estos tiempos individualistas que vivimos. Eran un entretenimiento ideal y no caro para las noches calurosas, donde se cimentaba la amistad, la convivencia y las relaciones familiares. Un motivo para tomar un refresco, y salir a pasear. Nos ponía en contacto con el mundo que nos rodeaba, estrechando, al mismo tiempo, los lazos de vecindad. Un motivo de añoranza, repleta de emotividad. Algo que se perdió y se está perdiendo en otras partes, donde tienen a gala la conservación de estas instituciones sociales, como pasa en Córdoba capital.

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Foto aérea del Paseo con las naves que adquirió Paco Castillo para el cine

Los últimos cines de verano que hemos tenido en Palma, tras varios periodos de largos años sin nada, fueron el de Paco Castillo en la Avenida de Pío XII, cuyo solar ocupa hoy salón de celebraciones Reina Victoria. Y el que hubo en el lugar que alberga hoy día el Espacio Joven, en la Barriada del V Centenario, junto al Colegio Ferrobús.

juventudEl cine de verano se limita en la actualidad a las proyecciones que realiza el ayuntamiento en la temporada estival tanto en el Jardín Reina Victoria, como por diferentes barrios, donde hay plaza para las proyecciones. En ellas los vecinos se llevan su propia silla, sillón o tumbona para ver la proyección al aire libre. Y algunos hasta mesas de camping para degustar la cena o un tentempié, durante la película. Algo que nos recuerda aquellos gloriosos días en que disfrutábamos del séptimo arte en aquellas salas al aire libre, durante las cálidas noches del verano palmeño.

Bar El Latero

Latero-1aContinuando con la tarea de recuperación de entradas, hoy vuelvo a publicar (con alguna novedad, por cierto) una que fue muy celebrada cuando se publicó en noviembre de 2010, la del Bar El Latero:

Había un bar en la calle Feria de Palma, conocido por “El latero”, por estar situado en una casa antigua donde vivía y trabajaba un artesano, profesional en elaborar y reparar objetos de latón, de hojalata, como cubos, aceiteras, regaderas, jarrillos, palanganas, etc. Recuerdo de pequeño aquel establecimiento, en el portal de la casa, con sus cacharros amontonados, donde trabajaba el latero. Como también recuerdo la zapatería de Agustín, más cercana a mi calle, con una disposición similar, todo muy antiguo, muy artesano. Eran otros tiempos en que la calle Feria tenía todavía el bullir de comercio, bares y otros establecimientos, herederos de los que la hicieron una calle principal, al instalarse las tiendas que obtuvieron el privilegio de Juan II de Castilla de celebrar mercado desde la Edad Media. Y eso atrajo también a los que tenían algo de fortuna para instalar sus viviendas allí.

Oct-1966El bar El latero era un lugar con encanto. No tenía dimensiones para acoger a una gran afluencia de clientes. Era pequeño y estrecho, al hilo de la fachada, con una barra para servir a lo largo del local, que dejaba una pequeña zona donde acomodarse (es un decir) la clientela. Tenía una puerta de acceso que daba al reciento, con un escalón para sortear un nivel más rebajado respecto a la calle. Y lo ventilaba una sola ventana, más alta que ancha, que servía de desahogo cuando hacía buen tiempo, pues era común ver al personal consumir su fino y su tapa, desde la calle, apoyados en los barrotes a media altura de la ventana, mientras disfrutaban de la tertulia con los demás clientes y el dueño del bar.

escanear0047aPor mi edad disfruté pocas veces de su servicio, ya que hace muchos años que cerraron, y en su lugar hay ahora un comercio del ramo del textil, pero para mí era un punto de referencia frecuente. De niño era el lugar ideal para conocer las vicisitudes de liga de fútbol, ya que en una repisa que tenía por encima del frigorífico, y a lo largo de la barra, se mostraban banderines de los equipos de fútbol, ordenados según la clasificación de cada jornada. Así, cada domingo, cuando mi madre nos llevaba de paseo, después de ir a misa, pasábamos por allí y yo miraba impaciente por la ventana para saber cómo iba la liga y si mi equipo favorito de entonces iba bien clasificado, pues el Latero, diligentemente, cambiaba la posición de los banderines, una vez terminados los partidos. Fue uno de los primeros bares que cerraba un día a la semana y en navidades, además de ser uno de los primeros locales en disponer de televisión en color en Palma.

escanear0012aEn las fotografías que expongo aparecen Miguel Santos (a la izquierda), el padre de Anamari, que pudo ser mi suegro de no haber fallecido antes de la boda, junto a Manuel Godoy, el “Latero” (el del bigote) y otros clientes. Mucho tiempo después siguieron compartiendo amistad y paseos por el pueblo, como en aquellos tiempos. En las imágenes vemos detalles del bar, como las fotos de toreros (hay una de El cordobés, cuando fue recibido por Franco), de alguna “famosa” de la época (una incluso en bikini), algunos calendarios (uno típico de los setenta, con el incipiente “destape”, donde se aprecia que pudo ser hecha la instantánea en 1970), una botella de vino con la imagen del cantaor Fosforito, un quinqué y un candil, recuerdos del anterior negocio familiar, una radio de válvulas, objetos publicitarios, como el del vino de Montilla que anuncia el resultado de los “ciegos” (el sorteo de la ONCE), carteles del fútbol local, botellas, platos de tapas, barriles y los famosos banderines que tanto interés despertaban en mi antigua pasión por el fútbol, compartida con los compañeros de la niñez.

Las fotos, prestadas por mi mujer y que alguien le regaló (Francisco Godoy “Pin”, el profesor y sobrino de Manolo el latero), son un entrañable testimonio de uno de los típicos espacios protagonistas de la pequeña historia no lejana de mi ciudad.