La Feria de Palma del Río y sus actividades típicas de otros tiempos

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El mes de mayo pasado reproduje en este blog un artículo que publiqué en la revista de la Feria de Mayo donde defendía la existencia y pervivencia de la Feria de Agosto de Palma del Río, a pesar de los cambios que ha experimentado en los últimos tiempos. Afirmaba que la feria, como festividad y actividad económica, es como un organismo vivo, que “pasa por diversas etapas, donde se nos muestra de formas diferentes”. Ahora que comienza la feria de agosto de este año podemos recordar algunos aspectos que formaron parte de esta fiesta de otros tiempos.

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La Feria de Agosto tiene sus raíces en el siglo XV, y más concretamente en 1451, año en que Juan II concedió a Martín Fernández Portocarrero una feria libre y perpetua que durase quince días desde la Asunción de la Virgen, privilegio que sería ratificado más tarde por los Reyes Católicos. Esta feria, como mercado, tenía dos vertientes: mercado de ganados, y mercado de productos del campo, artesanales y otras mercaderías. En un principio se vino desarrollando en la calle que surgió en el arrabal próximo a la entrada Este (Arco del Sol) del Recinto Amurallado, llamada posteriormente, por ello, Calle Feria, en locales y soportales, muchos de ellos de propiedad eclesiástica, y con la feria del ganado en dirección a la antigua Puerta de Marchena, donde desemboca la conocida Calle Portada, en el llano de San Francisco, por su cercanía con el convento franciscano. Esa posibilidad de vender y adquirir productos que normalmente no eran asequibles, debido al fuerte intervencionismo de los poderes públicos, hizo que además de la actividad comercial fuese acompañada de actividades lúdicas y festivas, musicales y gastronómicas, que son las que hoy día caracterizan a las ferias.

La foto del principio de la entrada muestra esa feria de ganado, concretamente en el año de 1962, foto publicada en la revista Guadalgenil en septiembre de ese año. En ella vemos las bestias y los tratantes y compradores de ganado en plenas negociaciones o tratos, con los pisos de San Francisco como escenario. Dos de los protagonistas se dan la mano, dando formalidad a la compra y la venta recién conseguida a satisfacción. La profesión de tratante de ganado exigía conocimientos de esas especiales mercancías (el ganado, por ser seres vivos), temple en el carácter, capacidad de persuasión y otras habilidades comerciales. Una profesión ambulante en declive hoy día, por el retroceso de estos mercados, como pasó en Palma en el siglo pasado (donde dejó de celebrarse la feria de ganado) y por la escasez de los animales ofrecidos en ellos.

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En esta otra foto vemos los puestos de feria que se colocaban en la Calle Portada, puestos que llegaban desde el Paseo hasta la Plaza de España actual, junto a la Plaza de Abastos o la Farmacia de Chacón, engalanándose la calle con banderines, como vemos en la foto de Juan Muñoz Figueroa, donde este monta en bicicleta, junto a su padre. Paulatinamente este espacio de la calle Portada fue retrocediendo como sede ferial, siendo ocupado en los años 70 y 80 con los puestos de turrón, que más tarde han ido concentrándose en el Paseo y alrededores.

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Y cerramos este apresurado repaso a actividades de antiguas ferias con los toros, espectáculo que se ha intentado revitalizar durante estas fiestas en los últimos años, y que este solo ha tenido presencia en mayo. Para ello reproduzco una inserción publicitaria de la revista Guadalgenil, de agosto de 1961, con el anuncio de varias novilladas de feria, contando con la presencia, entre otros, de diestros locales como son “El Barquillero” y “El Hortelano”, Manuel García “Palmeño” y el famoso ya Manuel Benítez “El Cordobés”, que un año antes ya había toreado en nuestra ciudad, cosechando un rotundo éxito, como dimos testimonio en una entrada pasada, cuando toreó por primera vez aquí.

Como vemos, las ferias han ido evolucionando en su contenido durante los siglos de su existencia, incluso si nos fijamos solo en los decenios más recientes, quedando hoy día en acontecimientos festivos, con más o menos atractivos (algunos de los cuales varían según el público que los acoge o demanda), pero dignas, no obstante, de respeto y protección por su valor histórico y cultural evidentes. ¡Disfrutemos de nuestra feria!

El Palacio de la Magdalena de Santander y mi familia, con casi 60 años de diferencia

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Este año hemos realizado un viaje por los Picos de Europa en nuestras vacaciones. Hemos visitado lugares tanto de Asturias como de Cantabria, y no solo enclavados en estas montañas de la Cordillera Cantábrica, sino en otros paisajes de ambas comunidades. De ahí que hayamos tenido la posibilidad de volver a visitar ciudades que no conocíamos, por ejemplo, Gijón, como también otras que ya habíamos recorrido en otros viajes. Este es el caso de Oviedo y Santander. Ello nos ha permitido estar en zonas de esas urbes que se nos pasaron de largo en anteriores citas.

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En Santander pudimos recorrer la Península de La Magdalena, donde, además de la playa, el parque, los barcos de Vital Alsar y el minizoo, se encuentra el Palacio del mismo nombre que construyó el ayuntamiento santanderino, mediante suscripción popular, a principios del siglo XX, para que fuese residencia de verano del rey Alfonso XIII, y su familia, y así atraer a más visitantes, sobre todo de la nobleza, que apostaron en aquellos años por las playas del norte de España, para tomar los conocidos como “baños de olas”. Junto a una de sus puertas, en esos momentos concurridas, por la presencia de los asistentes a los Cursos de Verano que celebra allí la Universidad Internacional Menéndez Pelayo (UIMP), nos hicimos algunas fotos mi mujer, Ana, y yo. Unas fotos especiales, pues recordaban a otra que se hicieron mis hermanos mayores (Pepe, Mari y Sole), junto a otras personas, en ese mismo lugar, cuando los primeros, junto con mi padre, el practicante José Domínguez Godoy, un taxista y otras acompañantes, visitaron Santander, pues mi hermana mayor (Soledad) esta allí temporalmente. Esa foto que recordamos es la que inicia esta entrada, que conservo en el álbum familiar. En ella vemos a Pepe (a la izquierda), Mari (con trenzas) y a Sole (la tercera por la derecha), junto a sus acompañantes, cerca de la antigua entrada de carruajes del palacio.

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La foto pudo ser de 1960, ya fallecida la primera esposa de mi padre, Soledad (noviembre de 1959), y antes de casarse con mi madre, Carmen (algo que tuvo lugar el 25 de noviembre de 1960), ya que ninguna de las dos están en la foto (mi padre sería el fotógrafo que plasmó la visita). Unos 58 años, casi los 60 años de los que hablo en el título de la entrada, separan ambas fotografías. La última, aunque más próxima a la puerta y mostrando los cambios experimentados por el paso del tiempo, rememora e imita aquel antiguo viaje familiar, con el Palacio de La Magdalena al fondo. El pasado y presente se dan la mano con unas imágenes entrañables.