La calle Ancha de otros tiempos

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Volvemos a recuperar los paseos por la geografía de nuestra Palma del Río, recalando en una de las calles importantes de su entramado urbano: la Calle Ancha. Su nombre vino porque en el momento de entrar en uso (siglo XVI) era una de las de mayor anchura del trazado, motivado por ser entrada al pueblo y salida hacia Écija, conectando con el llamado Arco de la calle Ancha, puerta que estuvo en el lugar por todos conocido, que desapareció en 1870. Durante siglos ha cambiado de nombre, siendo calle Mártires el que tenía durante la etapa que he ido rememorando de recuerdos de la niñez y la juventud, y volviendo a recuperar el apelativo Ancha tras las primeras elecciones democráticas municipales tras la muerte de Franco.

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La plaza del guardia (Archivo municipal)

Entrando por la Plaza del Guardia, dejando atrás el Casino (Círculo de Recreo), que estuvo funcionando en la Casa-palacio del Marqués de Monte Sión, en la otra esquina de la calle Cigüela, estaba la Casa de Julio Muñoz Morales, cuyo último propietario fue Pepe Martínez, una casa de estilo modernista de la que he hablado ya varias veces, ya derribada por desgracia y sustituida por el demasiado repetido edificio de pisos. Enfrente, el edificio del Banco Hispano Americano, de bella factura, y, contiguo a él, la oficina de Banesto, ambos también desaparecidos en la actualidad.

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Foto de Miguel Santos

Volviendo a la acera de la izquierda, mientras subimos, encontramos la Casa de Santiago Carmona y Belén Díaz, del que hablé con motivo de una fotografía de mi suegro, Miguel Santos, con una procesión del Cristo de la Expiración en los años sesenta. Justo en frente, la droguería de Rafael González, y una casa que fue derribada para instalar el Casino, tras la demolición del de la plaza del guardia, para hacer los correspondientes pisos que conocemos hoy.

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Fotografía del derribo para el nuevo Círculo de Recreo (Foto Juan Muñoz)

Unas casa de en frente fue adquirida por la familia Carmona-Díaz, donde hicieron pisos y en el bajo hubo un antecedente de lo que son los pubs de hoy día, un bar de lujo y “glamour” de la época, que creo que duró poco. A su lado el local, haciendo esquina con la calle La Higuera, donde se ubicó la oficina de la Caja Provincial de Ahorros de Córdoba, hasta que ocupara el antiguo espacio de la calle Castelar donde estuvo la cafetería Gademar, en cuyas plantas superiores funcionó un hostal o pensión del padre de Antonio Navarro, “Eliot”, actual concejal de Servicios sociales del ayuntamiento palmeño. En la oficina de la Caja provincial estuvo de limpiadora una tía de Anamari, mi mujer, con la que tuvo mucha relación de niña.

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La casa de campo de Juana Gamero-Cívico (Foto Archivo Diputación)

Aparece otro edificio de importancia, la Casa de campo de Juana Gamero-Cívico, en la esquina de la calle La Higuera, un edificio donde vivió un amigo nuestro, Juan González, al que llamábamos “Juanito el del huerto”, pues su familia se encargaba del que había en el caserón. Esta edificación fue demolida, para hacer varias viviendas y cocheras en sótano, conservando la fisonomía exterior del conjunto original. En la acera de enfrente estaba Foto Córdoba, cuyo propietario, Manolín, era amigo de mi suegro Miguel Santos. De niños hicimos un experimento con él: con dos lámparas de focos unidas por la parte ancha, encendidas, simuló algo parecido a un OVNI. Fuimos a hacer de noche una foto en la explanada de la ermita de Belén, y con la otra imagen hizo un montaje que simulaba la captura del aparato volador. Luego la tuvo de exhibición en el escaparate. Una broma fotográfica, en tiempos que no había Photoshop, que sirvió para echarnos unas buenas risas con todos los que “picaron en nuestra red”. Arriba del estudio, en uno de los pisos, se instaló mucho más tarde la emisora de Radio Palma. A su lado está la casa de José Rodríguez Durán (Pepe Colino, concejal en tiempos de franco), gran amante de las antigüedades y longevo político local.

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Escudo en la casa de la familia Monsalves y Ruiz de Almodóvar (Foto Archivo Diputación)

Más viviendas reseñables, por ejemplo: la de Eugenio Fernández Rossi, donde tenía su consulta médica privada (junto a la casa de campo Gamero-Cívico), la casa Angel Ruiz “follique”, que trabajó en el taller familiar y luego en la escuela-taller del ayuntamiento. Por aquí había una relojería en una casa sustituida ya por pisos, en cuya planta baja hubo un pub (Gules) y luego otros negocios. En la otra acera, la “casa colorá”, donde viven mis amigos Pepe Lora y Esperanza Caro de la Barrera, en la planta alta. Abajo moran unos tíos de ésta, que antes vivían en las huertas. Una casa que he frecuentado mucho de más mayor.

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Fiesta de San José en mi antigua casa. Pepito Monsalves, junto a mi padre

Destaca la gran fachada de la casa, con pocos vanos y un escudo encima de la puerta y bajo el único balcón, de la familia Monsalves y Ruiz de Almodóvar, uno de cuyos miembros, José María, al que llamábamos “Pepito Monsalves”, era amigo de la familia, cariñoso y amable. Tristemente falleció joven en un accidente de tráfico, creo recordar. A su lado la casa del dentista Ramón Ros, donde actualmente tiene su consulta su hijo, y unos pisos cuya fecha de construcción desconozco, pero que en 1960, como vemos en la foto de José de las Heras, todavía no habían sido levantados. En la planta baja Marcelino Canovaca instaló su auto-escuela y la gestoría.

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Procesión en la calle Ancha

Otro edificio sobresaliente era la Casa de los Gamero-Cívico, en el número 23, una casa construida por el mismo arquitecto francés que diseño la casa-palacio del Marqués de Monte-Sión, la casa de la calle Nueva (hoy Edificio Roma), que tenía grandes jardines con numerosas palmeras (hoy desaparecidas por el maldito escarabajo picudo), donde se edificó el conocido “Barrio de las Palmeras” y ésta, con numerosas ventanas y balcones, ya sustituida por otra edificación moderna, con pisos interiores y una fachada que intenta imitar la original. A su lado una casa donde había una habitación con una Virgen Inmaculada, que se podía ver desde la calle, donde la gente rezaba y echaba unas monedas como ofrenda, casa que fue demolida y levantada de nuevo con tres plantas, reproduciendo el espacio dedicado a la figura de la Virgen. Otras edificaciones adyacentes eran la casa de González (“Parrito”), la de Nati con la panadería y en frente la de la familia Tejada o una con una tienda haciendo esquina con la calle Ana de Santiago.

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Bodega donde trabajó Antonio Elías (Foto Juan Muñoz)

Pasando esta calle y la calle Nueva (entonces calle Écija, tras la Guerra Civil) vemos varias casas modestas y la destacable fachada de la casa de Eleuterio Reyes, hoy casa-museo El cordobés, pues la adquirió el ayuntamiento palmeño, con este fin, ya que el conocido torero vivió en esta calle en la niñez. En la acera contraria damos con la casa de “Miguel de la notaría” y otras viviendas modestas, hasta la casa que edificó Luis Jiménez (“Luisito el del lino”), una zona de fuerte transformación durante años, pasando de casas a pisos en muchos casos. También ahí, a la izquierda de la calle, tiene la casa Rufina, la suegra de mi hermano Roberto, viuda de Antonio Torres, al que vemos (con brazalete negro) junto a su padre en la foto que publiqué sobre la bodega que tuvo en esta calle Antonio Elías Cid. Cerca, hace años se abrió un pasaje que comunica la calle Ancha con la nueva urbanización de “Las Palmeras”. Una amiga de Ana y mía de la juventud, Belén Mari Pazo, vivió allí, donde ahora reside Antonio Cumplido, un profesor del Colegio Salesianos con su familia. Tanto su hermana Rosa como ella trabajaron en el estanco de Chaparro, que antes estaba en la acera izquierda (si subimos desde la plaza del guardia) y luego pasó a uno de los bloques de pisos de la otra, cerca de su antigua vivienda. También, unos metros más arriba encontramos la carpintería de Lorente. Toda esta zona ha ido cambiando mucho con los años, como ya he comentado, mudando de casas a pisos muchos edificios, además de locales comerciales, que dan identidad a la zona.

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Jesús Morales a la puerta del pub Lord Byron (Foto de la familia Morales)

En esta parte de la calle recuerdo la peluquería del suegro de Rafalín Campanario. Y especialmente Auto-recambios Durán (antes de trasladarse al Polígono industrial), y en la misma línea de fachada el “Repuesto” de Manolín, Manuel Pérez Rodríguez, el padre de mi amigo Manolo Pérez. Ya siendo yo joven, en la acera contraria se abriría el primer pub de Palma, el Pub Lord Byron, del que pronto hablaremos en otra entrada. Completaban la calle el bar Rosa, lugar especialmente frecuentado, haciendo esquina con el conocido Arco de la calle Ancha, lugar del que hablé al principio, elemento ya inexistente, pero que todo el mundo sabe de su denominación en la zona donde, entre otras cosas, estuvo el surtidor de Callejón, al que me referí en otra entrada y donde se instalaron los primeros semáforos.

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Arco de la calle Ancha en los años 80

La calle Ancha era y es una vía importante del pueblo, como ya he dicho, por eso siempre ha estado llena de vida y actividad, lo que le ha supuesto grandes y numerosos cambios desde que se abriese al tránsito. Seguro que se me han quedado en el tintero numerosos ejemplos de esa variada vida desarrollada allí. Lógico, pues no puede uno recordarlo todo. Seguro que quienes lean esta apresurada y parcial ojeada de este lugar ahora estarán rememorando más cosas con las que llenar las lagunas, que hoy modestamente he dejado, con mi evocación.

Feria del Teatro en el Sur 2017, lo visto

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Una vez más la Feria de Teatro en el Sur ha tomado las calles y espacios de Palma del Río, en este caso en su 34 edición. Como estoy escaso de tiempo, son pocas las obras que he podido disfrutar, pero les haré su, aunque sea pequeño, comentario, como acostumbro desde hace años.

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El martes 3 de julio asistimos al Teatro Coliseo para ver “Marat/Sade”, la obra de Peter Weiss, en la versión de la compañía Atalaya. Un texto donde se contraponen dos visiones contemporáneas de las ideologías, encarnadas en los dos personajes principales: Marat, como representante del colectivismo, del “ala izquierda” de la Revolución francesa, y el Marqués de Sade, defensor del individualismo, la “derecha egoísta”, presentes en una obra de teatro puesta en escena en el manicomio de Charenton por los internos. La obra, de 1964, se adapta bien a esa visión de la política tan del momento, que enfrenta derecha e izquierda de forma maximalista, tajante, dogmática y maniquea incluso (las “dos orillas”), donde no caben los matices. Atalaya se echa de lleno en brazos de esta concepción simplista, haciendo uso de las influencias del teatro de Bertolt Brecht que tanto caracterizan sus últimos montajes. Eso sí con un trabajo muy bien elaborado, con una escenografía minimalista, basada en el empleo de telones que sirven para muchos usos, muy efectista y lograda. El trabajo de los actores y actrices bien resuelto, aunque la música, para mí no aportara nada, e incluso impidiese comprender algunos mensajes.

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El miércoles llegó al Coliseo la hora de la nostalgia. La compañía La Cuadra de Sevilla volvía a Palma con su obra “Quejío”, un montaje de 1972 que a nadie dejó indiferente entonces. Salvador Távora (que tuvo que subir al escenario, a pesar de sus achaques y años, para ser aclamado) quiso montar en su día un espectáculo donde el flamenco dejaba de ser el entretenimiento de los señoritos y los turistas, para pasar a expresar las penurias del pueblo andaluz, la queja de los mineros, jornaleros y otros trabajadores, postrados ante el poder de los amos, los grandes terratenientes y los empresarios, que esquilmaban las riquezas de estas tierras, explotando a sus habitantes. Unos habitantes que lanzan sus quejas, sus quejíos, en forma de arte flamenco, de cante, de baile, de lamento. Tiene la obra su parte de actualidad, aunque mucho haya cambiado la realidad andaluza 45 años después de su estreno. Pero la Andalucía de la Transición, en la que encumbramos la producción de Távora, ya es historia, y ni los nacionalismos entonces en boga, ni las soluciones “agraristas” nos sirven para conquistar un mundo mejor en nuestro solar. No obstante, no vino mal un poco de recordatorio (con mucho arte) de dónde venimos.

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Terminamos nuestro repaso por lo visto en la Feria (solo 4 obras de las 29 programadas), con dos representaciones del viernes 7. La primera, también en el Teatro Coliseo, a cargo de la compañía jerezana La Zaranda, otra de las clásicas de la Feria. Trajeron “Ahora todo es noche”, un montaje protagonizado por tres mendigos que nos enseñan sus miserias, sus grandezas, su vida en permanente lucha por la supervivencia, entre cubos de basura, estaciones, comedores sociales y obras sin terminar, con buen o mal tiempo, haciéndonos ver que un día se puede ser el mejor y al poco caer en lo más profundo de la pobreza, con todo lo que ellos conlleva de mantenimiento de la dignidad o de pérdida de ella y hasta del juicio. Exposición bien resuelta con el magnífico trabajo de los tres actores y el escaso atrezzo. Para mí lo mejor que he visto este año (y salvando lógicamente lo que no he podido presenciar).

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La segunda y última obra, la muy esperada “Lope que te parió”, de la muy querida compañía Malaje Sólo. Parodia al estilo acostumbrado de este grupo, encabezado por Jose Antonio Aguilar (que se hiciera famoso aquí por su paso por Garrapato Teatro) del teatro del Siglo de Oro, encarnado en dos obras: “El mejor alcalde, el rey” de Lope de Vega, y “La vida es sueño” de Calderón de la Barca. Gags, chistes, parodias, sin muchas pretensiones (también afortunadamente) que hicieron reír un buen rato a los asistentes, para empezar de buena manera y algunas risas el ansiado fin de semana. El año que viene, más.

Mi paso por el mundo del teatro

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Esta semana próxima tendrá lugar la 34 edición de la Feria del Teatro en el Sur, una muestra del teatro que se hace por estas tierras (y por otras, que también vemos) que goza de una envidiable “mala salud”, porque, a pesar de los múltiples problemas que viene padeciendo cada año, aquí sigue “vivita y coleando” desde que empezó en aquella carpa de la Diputación (la “jaima”) allá por los primeros años ochenta del siglo pasado. Buen momento para recordar una entrada de 2013 en la que contaba mis experiencias en el mundillo teatral, al que tanta pasión le he dedicado siempre desde niño (incluidas representaciones en el colegio). Ya contaré, como hago siempre, mis impresiones sobre las obras que haya visto en esta ocasión.

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Las primeras representaciones de Vientos del Pueblo (Foto Miguel Sáenz)

“Cuando menos te lo esperas salta la liebre. Eso pude pensar hace unos días, charlando por el chat de Facebook con May Lora. Me preguntó por Paco Vizcaíno, el monitor del taller de teatro en el que participamos hace unos años y me envió una fotografía de aquel taller. Increíble. Tantos años y todavía quedan recuerdos de aquella experiencia teatral. Yo no conservo ninguna fotografía de ningún espectáculo o actividad teatral en la que he participado y me pasan una de 1987, en la que no estoy, pero que es un acicate para dedicar un post a esas experiencias en el mundo de la escena, tras tantos años.

5aCuando a fines de los setenta se funda la Asociación Cultural Vientos del Pueblo, ya en la primera de las reuniones a las que asistí se habló de crear un grupo teatral. Más de un intento vivimos entonces, aunque en las primeras escaramuzas nos limitásemos a ensayar, y más ensayar, a hacer expresión corporal, leer textos, y poco representar. Llegaron los de la comisión de teatro a poner en escena alguna versión de algunos textos de moda entre el mundillo del teatro aficionado o juvenil, o del ambiente “cristiano”, del que provenían muchos de ellos, como la conocida “Parábola del hombre de las manos atadas”. Hubo una de estas versiones, creo que síntesis de varios textos menores, que se representó con el nombre de “Con su dinero, con sumidero”. Yo no estaba en el reparto, pero fui como “tramoya” (utillero) a Belalcázar una vez. Y como nos quedamos esperando a uno de los protagonistas (Paco Molina, que estaba con gripe), antes de que saliese el autobús, alguien (seguramente Ramón López) me pidió que le sustituyese, así que tuve que prepararme el texto (afortunadamente escueto) en el viaje. Por suerte, minutos después de llegar a la iglesia donde íbamos a representar, se presentó Paco, aunque con fiebre, y fue él el que salió a escena.

2ASí tuve un papel en otra obra, “La Jácara del avaro” de Max Aub, también como suplente, pues uno de los actores se tuvo que retirar una semana antes del estreno. Representamos en el Colegio Salesianos, en el marco de unas jornadas organizadas por la Peña Bética local. En el reparto estaban, entre otros, Pepe Lora (el avaro), Manolo Pérez (el criado Mil), Ramón López, Conchi Palma, Lola Guerra… Creo que dirigió Isabel Gómez (entonces profesora en el instituto de bachillerato), y yo interpreté a uno de los sobrinos que quiere quedarse con las riquezas del viejo. Como esto ocurrió cuando varios de los componentes éramos concejales en el ayuntamiento palmeño (Isabel fue candidata a la alcaldía por el PCA en 1983, y Ramón y yo éramos concejales del PSOE), al grupo lo llamábamos con humor “la corporación”. A pesar del poco tiempo para mi incorporación el resultado fue bueno y nos divertimos bastante.

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Momento de la representación de La descomposición de Blankópolis (Foto del libro editado por los 25 años de la Feria en 2008)

En 1991 participé en otra experiencia “teatrera”, esta vez en el seno de la Feria de Teatro en el Sur. La organización del evento pensó en preparar un montaje para el día de inauguración de la Feria. Se creó ex profeso la “compañía” Mácula-Teatro, con componentes de otros grupos y el apoyo fundamental de la compañía La Pupa. En este espectáculo participamos algunos palmeños entre el elenco: Pepe Lora, el “Piti” (marido de Rosario Lora), Fernando Sánchez Alcaraz… La obra, de calle, representada exclusivamente en esta muestra, se llamó “La descomposición de Blankópolis”: “En el esplendor de la antigüedad sus profanaciones pictóricas fueron admiradas dese oriente a occidente, con la tiranía de BLANKENATON fueron confiados a vivir dentro de la gran pirámide, ahora, misteriosamente, renacen en Palma del Río para volver a darle color a la vida”. Yo también me enfundé un mono blanco y un gorro de natación y participé en el montaje, “danzando” con los “rebeldes”, arrojando serrín coloreado, entre las máquinas de obra, y hasta corriendo escaleras arriba hacia la cumbre del entonces en obras Hotel Castillo, para destronar al tirano del color blanco.

P1070875Posteriormente, Ramón nos llamó a algunos de los mencionados para participar en otra experiencia. Le habían encargado el Taller de Teatro del Centro de Educación de Adultos Al-Sadif. Mari Carmen Cabrera y Pepa Martínez eran las responsables del Centro que impulsaron el proyecto, como recordó Ramón este año, cuando fueron homenajeadas en el seno de la Feria del Libro.

4aCuando tocó montar una representación con los alumnos del centro, Ramón tiró una vez más de Pepe Lora, ya bien fajado en lides teatrales, y de mí, para echar una mano, además de algunos otros colaboradores ajenos. Se preparó el “Farsón de la Niña Araña”, una de las “Farsas Maravillosas” de Alfonso Zurro, de la compañía La Jácara de Sevilla. La obra se escenificó en el seno de las Jornadas de Teatro en la Escuela, en el patio de la Casa de la Cultura, siendo un rotundo éxito, y luego en un Teatro Coliseo, aún por terminar, tras la Feria de Teatro en el Sur, creo que del año 1997, en un epílogo fuera de programa, junto al grupo de teatro Pigmalión, del Colegio Salesianos, que dirige Mari Carmen Navarro, que representó su obra “Jaque al caballo”. Mari Carmen estuvo con nosotros en Vientos del Pueblo, también, y dedica su vida a la docencia, al mismo tiempo que escribe, fundamentalmente poesía, aunque tiene esta obra teatral y otra más todavía representándose, y hace poco anunció otro proyecto junto a sus alumnos. Al año siguiente me propusieron hacerme cargo del Taller del Centro de Adultos, pero debido a mi falta de tiempo, decliné la oferta, que, seguro, me hubiera entusiasmado.

3a1Durante el periodo de actividad de Vientos del Pueblo, Ramón intentó poner en escena varias obras en las que participé: “La Farsa del Hombre que voló”, o “Arlequín, mancebo de botica”, por ejemplo. Muchas reuniones, lecturas de textos, ensayos en el salón de plenos del ayuntamiento, sin resultado en las tablas. Desde la Delegación municipal de Cultura también se intentó crear escuela, ya que el éxito de, primero, la Muestra de Teatro Andaluz, y la Feria de Teatro en el Sur, después, invitaba a que surgiese alguna compañía palmeña que llevase el arte de Talía y Melpómene por otras tierras. De ahí surgió el Taller de Teatro del que hablaba al principio, el que dirigió Paco Vizcaíno. Francisco Vizcaíno era un componente del Teatro Universitario de Córdoba. Era natural de Almansa (Albacete) y estudiaba en Córdoba. Lo vimos alguna vez en Palma, junto con el grupo teatral. Y se implicó encantado en el Taller. Con él aprendimos técnicas de expresión corporal, técnicas interpretativas, de dirección, de composición de escena, maquillaje, vestuario… todo lo relacionado con este arte. Guardo todavía los textos que nos facilitó para nuestra formación y los guiones de los ejercicios prácticos, basándose en buena parte en el llamado “Método” de Constantin Stanislavski, que se difundió a través del Actors Studio de Nueva York y que hiciese famoso Lee Strasberg. Yo estudiaba en Córdoba y dos veces en semana me venía con él en el tren a Palma para el taller y nos volvíamos juntos, entablando amistad. En el taller nos inscribimos numerosos participantes, tanto de Palma como algún foráneo.

6aComo final del taller estaba prevista la representación de una obra. Escogimos entre dos, “Cásina” de Plauto, en versión de Andrés Pociña y Aurora López, y “El reclinatorio”, de Miguel Murillo. Nos inclinamos por la segunda, una farsa con influencias de Valle Inclán sobre las revueltas contra el absolutismo en el siglo XIX, algo muy de actualidad en las postrimerías de la Transición. Hicimos su estudio histórico (el del argumento) y su análisis dramático (personajes, escena, vestuario….). Todavía guardo mis copias. Nos repartieron personajes (a mí me tocó el de Cardenal-Arzobispo) y nos lanzamos a ensayar, día tras días, escena tras escena. Pero llegó mayo y los exámenes finales, que nos afectaban a muchos, por ser estudiantes. Y además ese año, 1987, era año electoral, así que otros también tuvimos que dedicarnos a más menesteres, que fueron retrasando el esperado estreno, que nunca llegó, al concluir el Taller. Se pensó en retomar el curso, pero no ocurrió y le perdí la pista a Paco un tiempo después.

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Inauguración Feria del Teatro de 1992. Ramón López y Roberto Quintana. Un servidor a la izquierda (Foto del libro editado por los 25 años de la Feria en 2008)

En la fotografía del principio, que me pasó May (que con su hermana Rosario se iniciaron en este mundo, llegando a licenciarse en arte dramático), vemos a Pepe Lora, sentado de espaldas, dos miembros del taller cuya identidad no recuerdo, y, agachado, a Paco, el director. Están en el ayuntamiento, pues no había entonces instalaciones adecuadas donde impartir el curso ni ensayar. Se ven los antiguos aseos al fondo. Aunque la foto no es de calidad es muy emotiva, pues, como dije al principio, no guardo imágenes de aquellas experiencias. Y ésta es un recuerdo de unas vivencias imborrables, en las que varios jóvenes vivimos el teatro como aficionados, con ilusión, esfuerzo y muchas ganas. Aunque no sean reconocibles oficialmente, forman parte, junto a otras, de los treinta últimos años de la historia del teatro en Palma del Río.”

El Paseo y el Barrio de San Francisco, a través de los años

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Seguimos recuperando entradas del viejo blog Celtibético. Esta vez, ya que estamos en verano, lo hacemos con un lugar singular y característico de esta estación: El Paseo. También con alguna novedad, respecto al artículo de 2014.

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Hace años dediqué un post al Paseo, al Paseo Alfonso XIII, titulado “Las noches en el Paseo”. En aquella entrada, además de describir esta zona de Palma, me extendí por algunas de las costumbres que caracterizan sus quioscos, ente ellas esa de que te llamen a voz en grito para hacerte saber que tienes preparadas las consumiciones que has encargado, para que te las lleves a tu propia mesa, pues se trata, en la mayoría de los casos del llamado “autoservicio”. Los quioscos y sus ritos son una parte esencial de esta zona de esparcimiento con tanta solera.

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Hoy vuelvo al lugar, en el recorrido de recuerdos de otras épocas. Épocas que comprenden desde la niñez hasta hoy día, pasando lógicamente por la juventud, pues, para mí, como para muchos habitantes de esta tierra, el Paseo ha sido siempre un lugar esencial. Esencial sobre todo para la temporada veraniega, pues, aunque ahora hay establecimientos abiertos todo el año, lo tradicional era que funcionasen desde la primavera hasta septiembre, aproximadamente, comprendiendo la época estival su apogeo.

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Mi suegro, Miguel Santos, con un amigo junto a las norias

El Paseo es zona verde y de ocio desde tiempos remotos, desde que allí se instalaran las ferias de ganados que dieron origen a las actuales ferias de mayo y agosto. Elementos característicos son sus quioscos, conocidos antaño con el nombre de “aguaúchos”, que están a “tentebonete”, sobre todo en feria. Establecimientos ubicados a ambos lados de la franja de albero (el paseo central) que se delimitó con árboles, formando la parte para caminar, que empezaba en la Avda de Pío XII y termina en la salida a La Chirritana, en la zona conocida como “La bombilla”, cerca del río Genil. Allí había varias casas, donde hubo un bar que no conocí, propiedad de un amigo de mi padre, al que llamaban Juan Manuel “el del Puente” (posiblemente por ocuparse del puente de San Francisco Javier). El bar lo compró el dueño de la Electro Harinera y en él vivía Antonio González Domínguez, que era el gerente. Había además otras casas, la de los llamados “Juncos” (la familia García Martínez) y otras junto al río, más pobres. Esas casas estaban cerca de la “fábrica de harinas”, la Electro Harinera, empresa que fue de la familia García Liñán. construida en 1941-42 y ampliada en 1954. En la zona de terrizo entre las casas y la fábrica, junto a la tapia que daba al río Genil, la Asociación Cultural Vientos del Pueblo, a la que pertenecí, montó varias ferias una caseta, cuando todavía no existía el recinto de caseta actual.

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Fotografía de Miguel Santos: riada de 1963

En la parte del río que daba a la fábrica de harinas estuvieron muchos años antes las famosas norias que, decían, estaban allí desde el tiempo de los árabes. No podemos olvidar tampoco, para cerrar por aquí el recinto, que la Electro Harinera continuaba por la Avenida de Madrid, a espaldas de los pisos de San Francisco (los nuevos, los que edificó la Organización Sindical del Hogar, llamados 18 de Julio), con la calle la Isla, y Miralrío, donde estaban las cocheras de Manzano, el de los autobuses. Por allí se decía que estuvo el burdel de Anita Casas, una “madame” de meretrices que no llegamos a conocer, pero que no faltaba en nuestras conversaciones de niños, cuando queríamos insultar a alguien y decíamos, por ejemplo, que “era más puta que Anita Casas”.

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La zona central estaba delimitada por unas vallas de ladrillo y rejas metálicas, en su parte norte y sur. Las que dan a Pío XII aún se conservan, pero las que estuvieron en la parte más próxima al río fueron sustituidas por una pérgola, a principios de los años noventa del siglo pasado, cuando todo aquel área experimentó importantes cambios. Entonces se urbanizó el llano de los pisos de San Francisco, para situar el recinto de casetas de feria, que se estrenó en 1991. La calle del infierno o zona de los “cacharritos”, que se situaba en ese llano antes, pasó a una parte que compró el Ayuntamiento en la Huerta del Quinto, permitiendo además la ampliación del colegio San Sebastián. Además se pavimentaron los llamados paseos laterales (las vías exteriores que comunican con el jardín, por un lado, y el llano de San Francisco, por otro). Las vallas que subsisten fueron las que cerraban el cementerio y que el alcalde Martínez Bravo trasladó al Paseo. Me cuentan que, desde que esto pasó, los gitanos que eran supersticiosos entraban al Paseo por los laterales. Afortunadamente esto ya no sucede.

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Típicos ornamentos eran sus bancos, de obra, similares en factura a los del jardín, pero con respaldo de azulejos, donde mucho tiempo lució la publicidad de establecimientos locales, como vemos en una de las fotos de mi suegro, Miguel Santos. Que fueron reemplazados por otros menos singulares y ahora son de hierro fundido. También la iluminación tuvo su encanto. Al principio con una hilera de farolas en el centro del albero, con alta columna y dos brazos de los que colgaban las pantallas, con cierto estilo “modernista” y con las lámparas del momento. Podemos verlas en varias de las fotografías. Yo no las recuerdo, pero sí los báculos impersonales que se instalaron luego a ambos lados, similares a los de una carretera, a los que sucedieron unas columnas de cemento con muy feas pantallas de plástico translúcido, ahora cambiadas por otras luminarias, más estándar pero presentables.

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Nevada en febrero de 1954

Había varias casetas. La del Casino, o Círculo de Recreo, propiedad de esta entidad, a la derecha del recinto según se va hacia el río, donde se realizaban bailes en verano, además de en feria. Caseta exclusiva, vedada para mi. Allí recuerdo ver, desde fuera, actuar al famoso grupo musical Los Munsters. Hace algunos años el ayuntamiento la compró a sus dueños, como hizo también con los aguaúchos que eran propiedad privada, cuando se aprobó un convenio con sus ocupantes para regular su adquisición por el ayuntamiento palmeño, al ser el suelo de propiedad municipal. Desde entonces son varios los quioscos que han pasado a manos del consistorio, adjudicándose posteriormente su explotación por los particulares. Pero, volvamos a otros tiempos. Además había otra caseta, la Caseta de la Amistad, que sí era de propiedad municipal, la que hay a la izquierda, que recientemente ha sido también modificada gracias a una obra financiada con fondos del FEDER. En esa caseta, antes de retocarla, jugábamos muchas veces al salir del colegio San Sebastián, sobre todo cuando llovía, pues nos podíamos refugiar bajo su techumbre metálica. Como también jugábamos en los bancos de obra que antes hemos mencionado. Estas casetas eran las más antiguas. Más tarde se levantaron dos más al final, cerca de la valla sur. Una, a la izquierda, era el Munster Club, dedicada al grupo musical. Cuando cerraban en verano la discoteca El Candil, que había fundado el cura Don Tomás, en la calle Cuerpo de Cristo, la fiesta se trasladaba allí los fines de semana. No se me olvidan sus blancos muros, donde empecé a frecuentar este tipo de diversión. Como tampoco olvido su mobiliario: cajas de madera para naranjas con la base tapizada, como asientos, o las mesas, en forma circular con un agujero en medio. Además de los paneles con fotografías de cantantes o artistas del cine que colocaban en los muros, mirando al exterior.

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Mi madre, mi hermano Roberto y yo junto a la caseta de la OJE

A la derecha, enfrente, estuvo la discoteca de verano de la OJE, que, al igual que la anterior, trasladaba sus instalaciones cuando acababa el invierno. Allí, además, esta organización juvenil del Régimen celebraba actos y competiciones de deportes de salón, como ajedrez, tenis de mesa, etc. Sus arcos de ladrillo, enrejados y también blancos, como sus muros, tenían entrañable sabor. Ambas casetas, que compitieron por captar a los jóvenes de varias generaciones, desaparecieron con las obras de los años 90, dejando libres sus solares, que algunas veces fueron ocupados por los “chiringuitos de verano”, establecimientos provisionales que tuvieron bastante éxito durante algún tiempo, idea de Rafalín Campanario, cuya estela siguieron varios hosteleros después y que terminaron desapareciendo por los problemas del volumen de la música.

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Otros elementos esenciales el lugar eran los quioscos de helados, el de Los Valencianos, a la entrada, y el de Luis Ruiz, “el bollito”, en el interior. Objetos de deseo insuperable de todos los tiempos, sobre todo para los “paseantes” de menor edad.

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Rafael Lopera, en el centro con otros camareros y clientes

Pero lo singular, pues es algo que no se da en muchos pueblos y ciudades, eran y son sus quioscos, los aguaúchos. No en todas partes encontramos un buen número de bares con terrazas al aire libre, reunidos en una extensión de terreno fresca, hermosa y cómoda, pues permite que los padres disfruten del ocio, mientras sus hijos pueden jugar seguros en una amplia zona verde. Desde los primeros tiempos del paseo tenemos noticias de estos establecimientos. Como, por ejemplo, este quiosco, donde vemos, en medio de pie, de camarero, a Rafael Lopera Dugo, el padre de Antonio Lopera Flores, el de la imprenta Higueras, y de Rafael, que tuvo el Bar El Barco, en la esquina de las actuales Avenida de Andalucía, con Blas Infante, ahora clínica veterinaria del establecimiento del popular “Pepe, el de la Paja”. También está el tío del que fue dueño del Bar que había junto a la gasolinera de la entonces Avenida de la Diputación (hoy María Auxiliadora), al que llamaban “el Titi”. Una copia de una foto en mal estado, pero que conserva la visión de lo peculiar de aquellos aguaúchos añejos.

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También antigua es la terraza de Rafael Nieto, del bar Mezquita, el abuelo de mi amigo Federico Navarro, bar que frecuentaba mi padre. Con mi padre, mi hermano Roberto y mi madre, recuerdo haber estado en uno de esos bares, junto a otra obra singular, que todavía pervive, el Quiosco de la Música.

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Banda Municipal de Música. En el centro (con la batuta) el director. También aparecen otros, como su hijo (agachado a la derecha), los hermanos Pepín y Manolín Fernández, “Reina”, Paco y Antonio Lora, los “Escupiera”, Ortiz, etc.

Entonces actuaba allí la Banda Municipal de Música. Orquesta a cargo del maestro Angel Martínez de Chomón, padre del policía municipal Angel Martínez Calderón, al que vemos en la fotografía de la inauguración del poblado de El Calonge, agachado a la derecha, ya que también formó parte de la banda. Esta banda la componían palmeños del pueblo llano, como un herrero, un carpintero, un herrador de caballerías… y allí se interpretaban fragmentos de zarzuelas, pasodobles y otras piezas populares, que deleitaban los oídos de quienes estaban en las terrazas o paseaban por allí. Su música dejó de oírse siendo yo niño, pero pude saborearla aquella y otras noches de verano.

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También incluyo una imagen de una de las partituras que Angel Martínez de Chomón transcribió para la banda municipal de Albalat de la Ribera (Valencia) donde vivió antes de recalar en Palma. Este hombre nació en Chiva (Valencia), estuvo de director en la banda de música de Albalat de la Ribera desde 1927 hasta 1932 y luego marchó a dirigir la banda de Sumacárcer (Valencia). Se jubiló en Mieres y falleció en Sevilla en 1976, según me contó Salvador Astruells Moreno, musicólogo y autor de la Tesis Doctoral “La Banda Municipal de Valencia y su aportación a la historia de la música valenciana”, que me facilitó la fotografía.

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Junto a la Caseta de la Amistad, en los años 70 se formó la Peña Los Cabales, entre cuyos fundadores se encontraba Miguel Santos. Hoy día sigue funcionando, con un número importante de miembros, muchos de ellos hijos de los primeros socios, como mi mujer. También he conocido otros establecimientos, como el Bar de los Amigos, el Pichi…

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Arroz de apertura de temporada en Bar Guerra

Especialmente he frecuentado el bar Guerra, cuya familia he conocido desde muy joven, siendo su hija Lola, por ejemplo, una de las “niñas de la pandilla” en mi adolescencia y juventud. Allí he pasado muchos y buenos ratos, ya fuese consumiendo (lo poco que podía un joven en los años setenta y ochenta), echando el rato de charla con los amigos, jugando al “quinito” o viendo el fútbol u otra retransmisión destacable en la televisión que instalan en verano. Era un local especialmente “señalado” por ser frecuentado en tiempos de la clandestinidad por los “elementos subversivos” (como se decía entonces), al ir mucho allí miembros de las organizaciones comunistas y sindicales del pueblo. También era conocido por “el bar de los perros”, al tener en su decoración tras la barra, hace años, un cuadro con esos animales. Todavía sigue siendo un lugar habitual de nuestras noches de primavera-verano, ya reformado y en manos de Pepito, uno de los hijos de Juan y Serafina (excelente cocinera de la que recuerdo especialmente los callos), junto a su mujer, su cuñado Juan José y su hermana Eloísa.

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“Manzano” y su mujer en la barra

En frente a la entrada, estaba el Quiosco de Manzano, de Francisco Muñoz Manzano, padre de “Chiqui”, Francisco Muñoz Vera (al que agradezco que me haya cedido ésta y otras fotografías), oficial albañil del ayuntamiento. Francisco compró el quiosco en 1973 o 1974 a las hermanas Torres. De él recuerdo un juego con una rana de metal, en cuya boca había que introducir unas fichas. En una puerta lateral se veían los números de los cupones de la ONCE, que siempre escribían con tiza para que los clientes supiesen el número premiado.

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Iglesia de San Francisco, con la antigua valla (Foto Miguel Santos)

Había y hay otros quioscos. Nombres, además de los citados, como Mario, “Pollina”, “Peporro”, El vaporcito, Adolfo, Mínguez, Venus (Oliver), Rafael García “el cuquillo”, “El Primo”, el de las roscas, la pizzería… a los que uniremos más que seguro que recordaréis, y que componen la historia reciente de los establecimientos de este bendito lugar. Lugares donde encontrarse con los amigos, quedar con la familia y pasar un buen rato. Como los que no me resisto a rememorar y que disfrutamos muchas veces con Domingo Hidalgo, el abuelo de Manolo Pérez, que vivía en los pisos más recientes de San Francisco. Domingo pasaba mucho el tiempo en el Paseo ya jubilado, y no era raro que, si pasásemos por allí, nos llamara para invitarnos en algún quiosco.

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El Paseo está junto a uno de los barrios populares de Palma, el barrio de San Francisco, nombre lógico por la iglesia y antiguo convento franciscano, hoy hotel, que lo definen. A la entrada del Paseo, en la avenida Pío XII, estaba el cine Coliseo España de la familia Jerez. Cine de verano que compró el ayuntamiento y hoy día es el Teatro Coliseo. Antes fue Caseta Municipal y bar de verano que, por ejemplo, regentó Manolo Pérez. Cine de verano también del área de cultura. De niño íbamos a las azoteas de los pisos de San Francisco (los “blancos”, los primeros en construirse, en 1957 por la Obra Sindical del Hogar) para ver el cine gratis. En esos pisos vivió mi tío Rafalito, hermano de mi madre, con su mujer, Frasquita, cuando se vino de Madrid, ya jubilado y muy mayor. Y también vivían allí otros antiguos compañeros de colegio, como en los otros bloques de viviendas sociales posteriores.

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En esa avenida Pío XII también estuvo el Bar Romero, una fábrica de terrazos, que compró Paco Castillo, para su cine de verano (hoy salón de celebraciones Reina Victoria) o los locales de “El gallero” y el taller de Palma, “el civiquito”, frente al Jardín Reina Victoria. Por la otra parte, tras la calle Portada, la pensión de Castillo, el Bar de Charneca, la piscina de la pensión y, posteriormente el salón de celebraciones de Paco Castillo (“Al Capone”) y las cocheras. También recordamos el Bar Charito, la casa de Campanario, el de la droguería, la casa de González el jardinero, la carpintería de Nieto o el bar de Cabrera, San Francisco, dando a la plaza, donde años más tarde el ayuntamiento levantó una fuente, con piedras de molino de aceite, que dio mucho que hablar, y luego fue sustituida por la fuente actual.

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Mi madre (a la derecha) con amigas en el Paseo (el quiosco de la música no tenía pérgola, solo la valla y las farolas estaban en el centro del albero

Muchas cosas más se podrían decir del Paseo y del Barrio de San Francisco, pero por hoy hacemos una pausa. Seguro que para muchos de vosotros, como para la mayoría de los palmeños, estos espacios encierran un cúmulo de recuerdos que podemos compartir. Y los que seguirán provocando.

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

AMPRimg348Como estoy viendo que en el Facebook se está repitiendo el enlace de este antiguo post del viejo blog Celtibético, muy apropiado para las fechas en que estamos, y que recibió gran número de visitas y comentarios en su día (junio de 2014), y lógicamente, no se puede ver en ese blog (todavía bloqueado por Blogger), os vuelvo a publicar la entrada de entonces, incluyendo alguna foto nueva, facilitada por José Luis de las Heras. Disfrutad.

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Pantalla del Popular Cinema

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

Ahora que ha llegado el calor en su máxima expresión, como si estuviésemos ya en verano, apetece recordar aquellos lugares que eran esenciales para pasar las noches cálidas de nuestra ciudad, como, por ejemplo, los cines de verano. Palma del Río tenía tres cines de verano en mi niñez y juventud: el Cine o Cinema Jardín, el Coliseo España y el Popular Cinema.

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Cines San Miguel y, junto a él, Cinema Jardín

El Cinema Jardín, se situaba junto al Cine San Miguel, en la Calle Alamillos. Se llamaba así, supongo, por las plantas que lo adornaban en la entrada y en el interior, unas enredaderas alojadas en celosías, creo que de color verde (si no me falla la memoria) muy llamativas. Era una terraza al aire libre que compartía máquinas proyectoras con el Cine San Miguel, que se volvían hacia cada local, según la temporada. La pantalla se colocaba en la parte más cercana a la calle Ana de Santiago.

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Calle Alamillos, donde estuvo el San Miguel y el Cinema Jardín, en la actualidad

Fui pocas veces a este cine, que fue el primero que cerró. Recuerdo una vez a mi madre decirme que íbamos a ir “al cine de la sábana blanca”, cuando mi hermana Mari se iba allí con las amigas y queríamos acompañarle. Se refería a que nos iba a acostar temprano, así que mejor olvidarse de la película. Tal vez pensase en la fama que tenía de que en sus sillas de anea se criaban chinches, y no tenía ganas de correr el peligro de los parásitos, frecuentes entonces en las zonas más modestas.

Carteleras-Guadalgenil-1959aOtro de los cines, que duró más tiempo en funcionamiento, fue el Cine Coliseo España. En 1932 el ayuntamiento autorizó a Miguel Jerez y Jerez (médico titular y funcionario municipal) a la construcción de un “teatro de mampostería para espectáculos de verano”, cediéndole el terreno para ello en el Llano de San Francisco (La Segunda República en Palma del Río, 1931-1936, Juan Antonio Zamora Caro y Joaquín de Alba Carmona. Editorial Coleopar Ceparia). En su terraza se llevaron a cabo todo tipo de espectáculos: teatrales, musicales (del gusto de la época, como la copla) y, por supuesto, proyecciones de películas. También recuerdo alguna “Naranjá flamenca” (festival de los que se pusieron de moda en los ochenta) organizado por la Peña Flamenca La Soleá.

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El Coliseo España

Posteriormente a su construcción se edificarían los pisos del Paseo, desde los que vimos más de una película de las que se proyectaban en el cine (sobre todo las que no nos dejarían ver por la edad), en la azotea del bloque donde vivían compañeros del Colegio San Sebastián.

El cine lo compró el ayuntamiento en los años ochenta para caseta municipal. Funcionó así algún tiempo, además de como bar y zona para espectáculos del Área de Cultura, incluido el cine de verano. Se ideó alguna fórmula de techarlo provisionalmente para su uso en invierno, pero finalmente se encargó un proyecto de teatro de nueva construcción, aunque reconstruyendo la primitiva fachada, como recuerdo de la anterior. Hoy día es el Teatro Coliseo, donde se desarrolla cada año parte de los espectáculos de la Feria de Teatro en el Sur, otras actividades culturales e institucionales, tanto públicas como organizadas por entidades privadas, y en contadas ocasiones se ha proyectado también cine.

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Popular Cinema, sillas y cabina de proyección

El Popular Cinema, era también conocido como el cine de la Calle Belén. Fue el último cine de verano privado durante bastantes años, hasta que se cerró para edificar viviendas, como le pasó al Cine San Miguel, aunque éste estuviese abandonado durante bastante tiempo en espera de un proyecto que le diese uso (solo fue empleado por el ayuntamiento durante algunas ediciones de la muestra de murgas del Carnaval). En este cine de verano, recuerdo haber visto, por ejemplo la entonces muy popular “Fiebre del sábado noche” (1977), todavía sin ser mayor de edad, como la mayoría de los asistentes, por lo que al salir al inicio de la proyección la indicación de que estaba autorizada para mayores de 18 años, las carcajadas llenaron la noche veraniega como si de un magnífico gag humorístico se tratase. Nadie podía resistirse a la moda de la música discotequera que esta película impulsó entonces. También asistí a otras películas y espectáculos musicales allí. Así como nos “colamos” más de una vez, viendo la película desde la azotea de los pisos de la Calle Belén, donde vivía mi amigo Manolo Pérez, aunque con mayor distancia que en el caso del Coliseo.

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Comunes a todos ellos, eran los “esenciales” servicios que prestaban al cliente. El puesto de pipas, chucherías, garrapiñadas, altramuces (chochos), por ejemplo, aunque también en los alrededores se instalasen comercios semejantes, la mayoría ambulantes, para surtir a los que iban a pasar allí la noche. Las pipas y otras chucherías, como las palomitas, parecen que están indisolublemente unidas a la contemplación cinematográfica. También había quien llevaba un botijo con agua fresca para que bebieran “a peseta la jartá”. Tal vez fue en el Cinema Jardín, donde lo hacía un tal Valdeón del que me han hablado algunas veces.

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Las carteleras de la “Plaza del Guardia”

El uso de sillas de anea fue nota característica durante algún tiempo. De ahí que del Cinema Jardín se dijera que en ellas se criaban chinches. Algo que pasaría en los demás también. Luego se impuso el uso de sillas y sillones de metal, como las que se usaban en las terrazas de los bares. Los ambigús, para el consumo de bebidas y refrescos, también se fueron generalizando con el aumento del nivel de vida, recordando, por ejemplo, el de Rafael Nieto. En cada cine encontramos unos comunes empleados: operador, taquilleros, control de entrada, barrenderos (por las cáscaras de pipas y otros residuos), acomodadores (que hacían las veces de vigilantes para mantener el orden durante la proyección). Estos cines, como las salas de invierno, anunciaban sus películas, además de en los medios locales, como la Revista Guadalgenil, en las conocidas “carteleras” que había repartidas en diversos puntos del casco urbano, sustituyendo a las de las salas cerradas durante el verano. Y funcionaban con sesiones diarias, lo que les hacía más atractivos.

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En el Paseo los titulares del antiguo Quiosco Manzano, con la fachada del antiguo cine de Paco Castillo al fondo

Habría que resaltar la importancia de los cines, y especialmente la de los cines de verano, en estos tiempos individualistas que vivimos. Eran un entretenimiento ideal y no caro para las noches calurosas, donde se cimentaba la amistad, la convivencia y las relaciones familiares. Un motivo para tomar un refresco, y salir a pasear. Nos ponía en contacto con el mundo que nos rodeaba, estrechando, al mismo tiempo, los lazos de vecindad. Un motivo de añoranza, repleta de emotividad. Algo que se perdió y se está perdiendo en otras partes, donde tienen a gala la conservación de estas instituciones sociales, como pasa en Córdoba capital.

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Foto aérea del Paseo con las naves que adquirió Paco Castillo para el cine

Los últimos cines de verano que hemos tenido en Palma, tras varios periodos de largos años sin nada, fueron el de Paco Castillo en la Avenida de Pío XII, cuyo solar ocupa hoy salón de celebraciones Reina Victoria. Y el que hubo en el lugar que alberga hoy día el Espacio Joven, en la Barriada del V Centenario, junto al Colegio Ferrobús.

juventudEl cine de verano se limita en la actualidad a las proyecciones que realiza el ayuntamiento en la temporada estival tanto en el Jardín Reina Victoria, como por diferentes barrios, donde hay plaza para las proyecciones. En ellas los vecinos se llevan su propia silla, sillón o tumbona para ver la proyección al aire libre. Y algunos hasta mesas de camping para degustar la cena o un tentempié, durante la película. Algo que nos recuerda aquellos gloriosos días en que disfrutábamos del séptimo arte en aquellas salas al aire libre, durante las cálidas noches del verano palmeño.

Bar El Latero

Latero-1aContinuando con la tarea de recuperación de entradas, hoy vuelvo a publicar (con alguna novedad, por cierto) una que fue muy celebrada cuando se publicó en noviembre de 2010, la del Bar El Latero:

Había un bar en la calle Feria de Palma, conocido por “El latero”, por estar situado en una casa antigua donde vivía y trabajaba un artesano, profesional en elaborar y reparar objetos de latón, de hojalata, como cubos, aceiteras, regaderas, jarrillos, palanganas, etc. Recuerdo de pequeño aquel establecimiento, en el portal de la casa, con sus cacharros amontonados, donde trabajaba el latero. Como también recuerdo la zapatería de Agustín, más cercana a mi calle, con una disposición similar, todo muy antiguo, muy artesano. Eran otros tiempos en que la calle Feria tenía todavía el bullir de comercio, bares y otros establecimientos, herederos de los que la hicieron una calle principal, al instalarse las tiendas que obtuvieron el privilegio de Juan II de Castilla de celebrar mercado desde la Edad Media. Y eso atrajo también a los que tenían algo de fortuna para instalar sus viviendas allí.

Oct-1966El bar El latero era un lugar con encanto. No tenía dimensiones para acoger a una gran afluencia de clientes. Era pequeño y estrecho, al hilo de la fachada, con una barra para servir a lo largo del local, que dejaba una pequeña zona donde acomodarse (es un decir) la clientela. Tenía una puerta de acceso que daba al reciento, con un escalón para sortear un nivel más rebajado respecto a la calle. Y lo ventilaba una sola ventana, más alta que ancha, que servía de desahogo cuando hacía buen tiempo, pues era común ver al personal consumir su fino y su tapa, desde la calle, apoyados en los barrotes a media altura de la ventana, mientras disfrutaban de la tertulia con los demás clientes y el dueño del bar.

escanear0047aPor mi edad disfruté pocas veces de su servicio, ya que hace muchos años que cerraron, y en su lugar hay ahora un comercio del ramo del textil, pero para mí era un punto de referencia frecuente. De niño era el lugar ideal para conocer las vicisitudes de liga de fútbol, ya que en una repisa que tenía por encima del frigorífico, y a lo largo de la barra, se mostraban banderines de los equipos de fútbol, ordenados según la clasificación de cada jornada. Así, cada domingo, cuando mi madre nos llevaba de paseo, después de ir a misa, pasábamos por allí y yo miraba impaciente por la ventana para saber cómo iba la liga y si mi equipo favorito de entonces iba bien clasificado, pues el Latero, diligentemente, cambiaba la posición de los banderines, una vez terminados los partidos. Fue uno de los primeros bares que cerraba un día a la semana y en navidades, además de ser uno de los primeros locales en disponer de televisión en color en Palma.

escanear0012aEn las fotografías que expongo aparecen Miguel Santos (a la izquierda), el padre de Anamari, que pudo ser mi suegro de no haber fallecido antes de la boda, junto a Manuel Godoy, el “Latero” (el del bigote) y otros clientes. Mucho tiempo después siguieron compartiendo amistad y paseos por el pueblo, como en aquellos tiempos. En las imágenes vemos detalles del bar, como las fotos de toreros (hay una de El cordobés, cuando fue recibido por Franco), de alguna “famosa” de la época (una incluso en bikini), algunos calendarios (uno típico de los setenta, con el incipiente “destape”, donde se aprecia que pudo ser hecha la instantánea en 1970), una botella de vino con la imagen del cantaor Fosforito, un quinqué y un candil, recuerdos del anterior negocio familiar, una radio de válvulas, objetos publicitarios, como el del vino de Montilla que anuncia el resultado de los “ciegos” (el sorteo de la ONCE), carteles del fútbol local, botellas, platos de tapas, barriles y los famosos banderines que tanto interés despertaban en mi antigua pasión por el fútbol, compartida con los compañeros de la niñez.

Las fotos, prestadas por mi mujer y que alguien le regaló (Francisco Godoy “Pin”, el profesor y sobrino de Manolo el latero), son un entrañable testimonio de uno de los típicos espacios protagonistas de la pequeña historia no lejana de mi ciudad.

Fotografías de José de las Heras Hernández

1960-Palma del Rio-47aEn la entrada anterior del blog publiqué de nuevo la última del Celtibético de la anterior plataforma de blogs, antes del bloqueo (que todavía persiste). En ella había dos fotos, una de mi madre de joven, vestida de gitana y otra de la antigua Caseta de la Amistad que abría sus puertas en el Paseo durante las ferias (ahora remodelada). La primera foto me la proporcionó un primo, pues la tenía su madre en su archivo. La otra de 1960, me la pasó, como indicaba en el artículo, José Luis de las Heras, hijo del autor de la foto, José de las Heras, junto con otras.

1960-Palma del Rio-17aJosé de las Heras Hernández era un ingeniero zamorano, que se trasladó a Palma del Río, a finales de los años cincuenta, y pasó varios años aquí con su familia (procedente de Las Arenas de Guecho entonces, aunque con origen en varias poblaciones), pues le encargaron el proyecto de ampliación del Canal del Bajo Guadalquivir, para hacerlo navegable.

1960-Palma del Rio-16aSe integraron bien en Palma durante su estancia aquí. Les llamaban “los bilbaínos”, pues la empresa donde trabajaba como ingeniero era de Bilbao y su hija menor nació en el País Vasco. José, aficionado a la fotografía, dejó constancia de su paso, retratando a personas y lugares bien conocidos de nuestra ciudad. Eso sí, con la apariencia que entonces tenían. Os dejo con un “aperitivo” de las fotos que hizo, para que las disfrutéis. Ya iré usando otras en otros momentos. Y de nuevo agradezco a José Luis, su hijo, el haberme proporcionado este valioso material gráfico, que, seguro, hará las delicias de muchos palmeños y palmeñas interesados por nuestra historia reciente.

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