Los veranos en el Rincón de la Victoria

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Con mi padre y mi hermano Roberto, al fondo mi madre, en la playa

Ya que acabamos el primer periodo de vacaciones, donde he estado estudiando (y examinándome del primer ejercicio de otras oposiciones) y disfrutando de una semana de descanso en la playa, parece buen momento para recuperar una entrada del viejo Celtibético alusiva a las vacaciones de la niñez. Ahí va.

De pequeños, cuando mis hermanas Sole y Mari vivían en Málaga, era frecuente hacerles una visita en verano. Incluso llegamos a pasar algunas temporadas allí, por ejemplo, en la Barriada de El Palo, y varias veces en la población del Rincón de la Victoria. Allí tenían unos parientes de mi padre, los Doblas, unos apartamentos que alquilamos para pasar parte del verano. Eran los años 70, y mis padres y mi hermano Roberto y yo nos desplazábamos con placer para disfrutar de la playa. En aquellos tiempos me gustaba la playa y era motivo de alegría ir allí, además de por estar con mis hermanas.

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A la izquierda Roberto y yo a la derecha

El Rincón de la Victoria era ya una zona turística dentro de la Costa del Sol, aunque entonces se veía menos masificada que en estos tiempos. En nuestros días ha llegado a ser considerado uno de los municipios con mayor bienestar y renta per cápita de la provincia de Málaga, aumentando su población considerablemente desde aquellos tiempos en que lo visitábamos.

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La playa del Rincón en la actualidad desde la misma perspectiva de la foto anterior

En el bloque de apartamentos había un local para disfrute de los vecinos, donde había juegos de mesa (billares, futbolines, etc.) y un escenario para representaciones o actuaciones musicales. Recuerdo que mientras jugábamos un verano sonó machaconamente en los altavoces del local el éxito de Demis Roussos Velvet Mornings (1973), ese que tenía el famoso estribillo de “Triki triki”, la canción del verano. Allí hicimos amigos y compartíamos juegos con los Doblas más pequeños, por ejemplo, Jaime, al que vimos hace no mucho tiempo en el funeral de mi cuñado Antonio Miguel. Otro de ellos era Juan Doblas, el padre, una persona encantadora que cada septiembre venía por Palma en las fiestas patronales y se llegaba a visitarnos a casa, hasta que falleció.

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Con mi madre, Sole y Roberto en la calle del bloque de apartamentos

Muchas más anécdotas se podían contar de aquellos veraneos. Como cuando perdí una de las sandalias con las que iba a la playa y con la que me bañaba, ya que la arena tenía también muchas piedras y era molesto andar descalzo. A la vuelta me prestaron unas chanclas y eso fue motivo de bromas entres los niños de la zona, pues entonces no estaba de moda que los varones usaran este calzado, que se consideraba más propio de mujeres.

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Las familias Domínguez y Doblas en las puertas del apartamento

O cuando una tarde, paseando detrás de los bloques, me picó una avispa en el cuello y, al golpearla, la retuve allí con la mano, con lo que volvió a clavarme el aguijón, provocando una enorme hinchazón en esa zona.

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Con mi madre, Sole, Mari y los niños de los Doblas

Aquellos eran otros tiempos, y Roberto ha vuelto hace poco de allí, comentándome que ha cambiado mucho la fisonomía del lugar. Así que he “desempolvado” algunas viejas fotos de nuestro paso por allí. Recuerdos que alegran también el verano.

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