El Cordobés, en Palma del Río, torea por primera vez

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Manuel Benítez “El Cordobés”, toreó en Palma en 1960, cuando todavía no había tomado la alternativa, en una plaza portátil. Una novillada con picadores (la primera) con reses de Juan Pedro Domecq. Cortó cuatro orejas y un rabo. Triunfo total en su tierra. Esta fotografía, del archivo de José de las Heras, da fe de que ya se estaba convirtiendo en ídolo de masas. Nos lo muestra rodeado de admiradores de todas las edades, ufanos, ratratándose con el joven aspirante a torero, ya famoso.

De nuevo echo mano de una de las fotos de este no muy numeroso, pero sí interesante archivo gráfico, pues en ella, delante de “El Cordobés” aparece la hija pequeña del técnico que vino a las obras de ampliación del Canal del Bajo Guadalquivir, Begoña. También, al otro costado del torero, encontramos a Brígida Trujillo, hija del médico Juan Trujillo del Río (nombre que ostenta el Centro de Salud), cuyos familiares fueron amigos de esta familia que recaló algunos años en nuestra ciudad, conocida como “los bilbaínos”.

En la imagen aparecen otros personajes conocidos, que no dudaron en fotografiarse junto al diestro triunfador. De izquierda a derecha: Atanasio Caro Nieto, pariente de la familia Caro Dugo de la calle Feria (residente en Madrid), Alvaro Martínez Conradi, propietario de la ganadería de toros bravos “La Quinta”, sita en la Finca “Fuen La Higuera”, Miguel Delgado Reina, hijo (ya fallecido) del alcalde de entonces, Miguel Delgado Ruiz (también fallecido), que aparece a continuación (con bigote), junto a “El Cordobés”. Le siguen Antonio Raso Tirado, que vivía en la casa del Arco de la Calle Ancha (junto al surtidor), que, junto con otras edificaciones, posteriormente fueron demolidas para hacer una gran promoción de viviendas. Y Manuel Jiménez, veterinario ya fallecido. Les acompañan otros paisanos, entre adultos y niños, cuya identidad desconozco. Y dejan constancia de la alegría, por el resultado del festejo, celebrándolo en un bar de la localidad palmeña. Otro documento histórico e interesante de nuestro pasado reciente.

Vindicación de mi padre

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Recupero una entrada que publiqué hace años, gracias a la mención que ha hecho de mi padre,  Manuel Muñoz Rojo, en la revista Kerigma (cosa que agradezco públicamente), como profesional de la Sanidad palmeña en nuestra historia reciente, completándola con menciones a otra publicación posterior, relacionada con una petición ciudadana, al cumplirse 25 años de su fallecimiento.

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En este mes de febrero que ahora terminamos (se trataba de febrero de 2009) se cumple el vigésimo aniversario del fallecimiento de mi padre. José Domínguez Godoy nació en Palma del Río el 11 de diciembre de 1908 y falleció en Córdoba el día 8 de febrero de 1989. Estuvo casado en segundas nupcias con Carmen Peso Nieto, mi madre, que falleció el 12 de octubre de 2000. Anteriormente estuvo casado con Soledad López Cabrera, con la que tuvo 3 hijos, Soledad, José y María del Carmen, la primera muerta en Argentina en octubre de 1992, y la última hija también fallecida en enero de 2013.

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Siendo joven marchó a Sevilla, con un tío suyo que tenía una barbería en Triana,  donde desempeñó diversas labores con las que ganarse la vida y pagar sus estudios. Obtuvo el Título de Practicante, otorgado por el Rey Alfonso XIII, y autorizado por el Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes, por sus estudios en la Universidad de Sevilla, a los 21 años, con fecha de 8 de octubre de 1930.

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Realizó el servicio militar en el reemplazo de 1929, de la caja de recluta de Sevilla (concentración en abril de 1930), y con destino en Granada, donde se licencia en abril de 1931.

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Sintió verdadera alergia a la política desde que, asistiendo a un mitin durante la República, un ladrillo voló sobre su cabeza, lanzado por un asistente contrario al orador, probablemente conservador o falangista, ideologías con las que se identificaba la clase media, a la que pertenecía en la sociedad palmeña. Prestó sus servicios en el Cuerpo de Sanidad Militar, durante la guerra civil, en el bando nacional, volviendo a Palma el 13 de mayo de 1939, desde Sevilla.

En el Pleno del ayuntamiento de Palma del Río de 12 de mayo de 1931 se acordó concederle el puesto de practicante interino, de acuerdo con su solicitud, “toda vez que el solicitante tiene título de aptitud para practicar dicha profesión y que se forme el correspondiente expediente para proveer dicho cargo en propiedad”, cosa que ocurre en 1932.

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El 24 de noviembre de 1948 le fue concedida la situación de excedencia voluntaria en su plaza de Practicante de Asistencia Pública Domiciliaria y le admiten su reincorporación al servicio activo, con nombramiento en propiedad de la plaza del distrito 1 de Palma del Río, el 29 de marzo de 1950. En este puesto ejerció las labores de practicante titular del ayuntamiento, siendo la beneficencia municipal (servicio que hacía las veces de la asistencia social o los servicios sociales actuales, en atención a la salud, antes de su integración en el Servicio Nacional de Salud, ya en tiempos de Felipe González) uno de sus principales centros de trabajo, estando por tanto al servicio de la asistencia gratuita de las personas que formaban parte del padrón benéfico municipal (clases menesterosas y familias consideradas pobres de solemnidad, en aquellos tiempos, muy numerosas). El hospital de San Sebastián fue lugar habitual de trabajo.

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También realizó labores (poner inyecciones, extracciones de sangre para análisis clínicos, curas…) en la Farmacia de Chacón, de Sebastián Chacón Díaz (farmacéutico también de la asistencia pública municipal), que pasó a su hija Leocadia Chacón Chacón. La rebotica de este establecimiento, por su situación privilegiada, permitía observar con detenimiento el bullir de la vida en la actual Plaza de España y el Mercado (plaza) de abastos municipal, y era punto de encuentro y tertulia de personalidades locales.

Familia y Pepe con bata

Recuerdo como muchos “clientes” se acercaban a casa, la de la calle José de Mora, número tres, en busca de sus servicios, pues en ella tuvo también consulta o dispensario, no solo para las tareas normales de un diplomado en enfermería actual, sino para otras reservadas hoy a otras profesiones de la salud, pero que en aquellos tiempos (sobre todo los de posguerra) de penuria debía (y podía) realizar un practicante: hizo labores de dentista, traumatólogo …Cada dos por tres, fuera mañana, tarde (en esas siestas que religiosamente practicaba) o noche tenía que salir en su vieja, pero bien cuidada bicicleta, a hacer algún aviso que no podía esperar en casa de un enfermo o accidentado. Y, como me contó mi hermano el médico, “muchos médicos vinieron a casa a pedir auxilio ante un accidentado, un quemado, una mastitis o unos golondrinos, que ninguno era capaz de hacer y mucho menos con los conocimientos, la destreza y los buenos resultados. En Palma no ha habido ningún responsable en la salud del pueblo, que tanto ayudó, orientó o resolvió con tanta sabiduría y criterio clínico como él.”

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Una vez tuvo que coserle a un hombre el tendón de Aquiles porque se lo había seccionado. Ahora eso se hace en un quirófano con todo el equipamiento y la asepsia del mundo, anestesistas, enfermeras, cirujanos etc. Entonces lo tuvo que hacer él solo con los medios que pudo, y por supuesto el hombre quedó perfectamente, gracias a su habilidad.

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En otra ocasión lo llamaron urgentemente para que fuese a la farmacia donde se encontró con el juez, el médico del pueblo, el farmacéutico y un señor con una oreja que le pendía de un hilo de piel, pues se la habían cortado en una reyerta. Por aquella época tenía veintipocos años. Entre el médico y el juez dictaminaron que había que coserle la oreja y que lo iba a hacer “el niño” como le llamaban.

El submarino en ducha

Doy fe de su eficiente trabajo, pues muchas veces también tuvo que curar a mi hermano Roberto y a mí, tras los percances lógicos por la edad, que tuvimos en nuestros juegos. El más llamativo, cuando me partí los dos huesos del brazo izquierdo al tropezar con el “tacataca” de mi sobrino Pepe, y él lo recompuso y vendó con tal rapidez y presteza que los médicos del hospital, al día siguiente, cuando me escayolaron se quedaron admirados, no quedándome defectos por ello.

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Obtuvo la Jubilación por imposibilidad física, con cese “en su cargo de Practicante titular de Palma al finalizar el día 30 del corriente mes de Junio”, de 1968. La pensión de invalidez (2500 pesetas) era tan baja que continuó ejerciendo por libre para poder mantener a la familia. No obstante, a todos nos dio estudios, ahorrando, trabajando como un negro, administrando. Los sueldos municipales que ingresó también eran una miseria (la corrupción institucionalizada les permitía enriquecerse a los funcionarios y mandamases que la practicaban) y por tanto tampoco se hizo rico, con algún desahogo sí, pero no para derrochar. De hecho, la virtud del ahorro y el negarse al endeudamiento eran señas de identidad. Por ello había medios, pero no ostentación. Esta situación era otro de los motivos por los que detestaba la política. No se llevó bien con los prebostes del régimen, con lo que se ganó enemistades y posibilidades de “progresar”, pero es que no le interesó la política y veía en ella algo sucio, muy propio del pensamiento conservador que tenía (aunque los ejemplos que conoció en su relación con el régimen, le reafirmó en su idea). Se mantuvo dentro de la ley y las mas estrictas normas, no aguantando a los pelotas ni a los cuentistas. Llegando a discutir con cierto alcalde, que ante sus amenazas pretendiendo que participara de una arbitrariedad, llegó a decirle (en aquellos tiempos franquistas) ”YO SERÉ PRACTICANTE DE LA BENEFICENCIA MUNICIPAL MIENTRAS CUMPLA CON LA LEY Y USTED SERÁ ALCALDE HASTA QUE LE PEGUEN UNA PATÁ EN EL CULO”. Una frese que decía mucho, reafirmando su carácter era “ ladran, luego cabalgamos”.

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Fue una persona de su tiempo, conservador en lo moral, autoritario y severo (y, al mismo tiempo, divertido y cariñoso con sus seres queridos y amistades), valiente y estudioso al mismo tiempo. Un enamorado de la sanidad, dispuesto a aprender siempre. Católico, aunque heterodoxo en lo religioso. Recuerdo como siendo mi hermano Roberto y yo muy pequeños nos acompañaba a mi madre y a nosotros a misa los domingos, pero poco tiempo después se quedaba en casa, viendo el fútbol. Un día le pregunté por qué no iba a misa y me respondió que a su edad Dios lo tenía ya perdonado y que rezaba a su manera. Lo entendí años después, pues esa era otra característica suya, su aversión al clero, creo como consecuencia de que su hija mayor, Soledad, fuese captada siendo muy joven por la Institución Teresiana. Y se tenía por merecedor del perdón divino tras una vida dedicada a los demás, a la salud de sus vecinos.

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Tuvo capacidad de hacerse a sí mismo, de ser respetado y querido por el pueblo en tiempos difíciles, por los de dinero y los necesitados, que practicó la caridad con justeza y valoró la dignidad de su trabajo.

También discrepamos (menudo disgusto cuando se enteró, en tiempos todavía de clandestinidad, que yo era un “niñato rojo”), pero me (nos) respetó y me (nos) educó bien, siendo su integridad personal y su independencia, virtudes dignas de admiración. Creo que reunió los méritos, más que suficientes, para que muchas de esas personas a las que atendió le hicieran el homenaje que se ganó en vida.

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En julio de 2010 tuve conocimiento que unos ciudadanos (Francisco Castellano y Rafaela Durán) presentaron escrito en el ayuntamiento palmeño solicitando que se le diese el nombre de José Domínguez Godoy a una calle o plaza de Palma del Río. En esta petición se argumentaba que “es fundamental” que se “recuerde a las personas que ayudaron a suplir las innumerables carencias y necesidades que, durante tiempos tan duros como los que hemos vivido en nuestra historia reciente, se sufrieron en nuestra localidad, como en el resto de España”. Varios de sus compañeros de aquellos tiempos difíciles, en los que dieron lo mejor de sí mismos, para procurar la salud de los palmeños y las palmeñas, como Rafael Carrasco, Juan Trujillo, José Jiménez Molina o María Luisa de la Cruz, ya tuvieron su reconocimiento oficial, en diversas modalidades y momentos.  Hasta la fecha no hemos sabido nada en mi familia sobre el estado de esta solicitud de denominación de calle o plaza para nuestro padre.

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Al menos, la mención en la revista nombrada al principio, y esta nueva publicación de lo que escribí hace ocho y nueve años, sirva de reconocimiento y recuerdo de un gran palmeño. Los ochenta años de su vida son parte de la historia imprescindible de nuestro pueblo.

El astronauta y otras sorpresas de la catedral de Salamanca

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El año pasado, con motivo de una parada en Salamanca en nuestras vacaciones, comenté mi primera visita a esta ciudad, ya hace años, haciendo especial referencia a la rana que hay en la fachada de la Universidad. Como hemos vuelto por allí este año, me puse a buscar otro elemento famoso de la arquitectura local, que me quedó por ver el viaje pasado: el astronauta de la Catedral.

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En  nuestro primer día del viaje de vacaciones visitamos la parte más conocida de Salamanca: la Universidad, el huerto de Calixto y Melibea, la Plaza Mayor, el convento de San Esteban, la casa Lis (Museo Art Nouveau y Art Deco)… y, por supuesto, la Catedral. O mejor dicho, las catedrales, pues son dos, la Catedral vieja (románica y gótica) y la Catedral nueva (gótica tardía, renacentista y barroca). Buscamos la vieja con empeño pues no veíamos nada más que la nueva, llegando a rodearla, hasta que un joven que nos ofrecía el menú de un restaurante nos indicó que ambas estaban unidas (la vieja era esa parte que nos mostraba una torre con un gallo de veleta, sobre el ábside claramente románico).

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Entonces le preguntamos al joven por el astronauta y nos indicó su lugar exacto. “Además podréis ver más sorpresas” nos dijo. Así que partimos de nuevo hacia la plaza de Anaya, donde se abre ante nosotros la conocida como Puerta de Ramos. El año pasado la fotografié, pero no encontré al famoso navegante de las estrellas, que tanto asombra al visitante. Tampoco me percaté de los demás “intrusos”.

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Hay una liebre (como nos dijo el joven paisano), que muchos conocen como “el conejo de la suerte”. Alguien se inventó que, si lo acariciabas, te traería la buena fortuna. Así que presenta un color diferente y está más pulida que las otras figuras de tanto pasarle la mano por encima.

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Vemos también una langosta o cangrejo de río (hay diferentes versiones) en el mismo lateral. También un lince, una cigüeña y lo que unos llaman un dragón y otros un diablillo o duende: una figura antropomorfa que nos mira con sonrisa burlona y nos muestra el rabo enredado entre la espalda y sus piernas, y su trasero. Podría pasar como un adorno original, pero el cucurucho con varias bolas de helado que porta en su mano izquierda nos adelanta el origen de esta y las demás figuras de las que hablamos.

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Y, si elevamos la mirada, junto a un toro, encontramos al ansiado astronauta. Se nos muestra como flotando en el espacio exterior, con su escafandra, su caso, los tubos de respiración y la mochila de aire. Las suelas de sus botas exhiben el dibujo que dejaron las huellas, que conocemos por las fotografías de la NASA, de los primeros pasos en el primer viaje a la Luna.

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Para los turistas es algo asombroso y no paran de hacerle fotos (además de acariciar la liebre, por estar al alcance de la mano). Hay quien ha aventurado algún “viaje astral” del escultor de la puerta para justificar la presencia de un intruso tan del siglo XX en una puerta con varios siglos de antigüedad. Sin embargo el motivo es menos esotérico: en 1993 se restauró esta puerta, al mostrarse en esta ciudad la exposición “Las edades del Hombre”, y el escultor incluyó elementos modernos, para dejar constancia de que eran fruto de esa restauración.

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Algo que es hoy día norma para la recuperación de obras de arte históricas, y ha ocurrido en otros monumentos y otras ciudades, como se puede ver (aunque no muy bien) en la foto que saqué el año pasado en la Catedral de San Antolín de Palencia, donde una de las gárgolas restaurada muestra a un fotógrafo con su batón y su cámara de fuelle.

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Por cierto, el astronauta de Salamanca también ha tenido que ser restaurado, pues en 2010 unos gamberros le arrancaron el brazo derecho. En la imagen se ve con claridad que es otra pieza añadida, en la que no apreciamos las arrugas del traje, ni el guante que le cubría la mano con las muescas de los dedos, como se ve en su mano izquierda. En fin, que el misterio se desveló esta vez. Y nos pudimos ir de la capital charra con la satisfacción de haber encontrado al viajante interestelar.

La casa de la familia Liñán, en la Calle Feria

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Hace poco alguien publicó una de las fotos de esta entrada que vio la luz hace seis años en el blog Celtibético. Lo vuelvo a colgar de la red para que todos conozcan o recuerden esta imponente casa que hubo en la calle Feria de Palma del Río, con algún añadido más.

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La casa de la familia Liñán, en la Calle Feria

Terminaba el post del 12 de marzo, dedicado a la calle San Sebastián, en los años sesenta y setenta, hablando de la casa de la familia Liñán, la que ocupaba un solar entre esta calle, la calle Muñoz, y la calle Feria. Una gran casa que desapareció, como muchas otras en aquellos tiempos, a pesar de su porte señorial, para ser sustituida por el consabido bloque de pisos. Lo hacía aprovechando una fotografía, donde solo se apreciaba parte de este edificio. Sin extenderme en las virtudes arquitectónicas de la casa, pues además su entrada principal se situaba entonces en otra de las calles señeras de nuestro casco antiguo palmeño, la calle Feria. Y no disponía de más apoyo gráfico para gozar de su recuerdo.

Decía gozar, pues, ahora que sí tengo en mi poder copias de imágenes de este perdido monumento civil (procedentes del Archivo de la Diputación Provincial de Córdoba y otras, como la de José de las Heras y la última, de Jiménez & Linares, publicada en “Palma un paseo único”), nos es posible recrearnos con pasión por el arte de modificar el espacio natural, para habitar, con comodidad y placer estético, nuestro medio urbano. Perdonadme esta frase tan solemne, y tal vez pedante, pero como acostumbro a hablar en esta serie de evocaciones del paisaje palmeño, desde el punto de vista de los recuerdos de tiempos pasados, vividos en primera persona, la emoción se instala en el relato, domeñando mis palabras.

Finalizaba, como decía, aquel artículo rememorando “la imagen de los escombros, durante su demolición, con las rejas y el imponente balcón que adornaban su fachada, sobre los cascotes y en medio de la polvareda. Un monumento más caído gracias a la miopía de los encargados por velar de nuestro de patrimonio y por la tontería de los hombres de negocio de aquella época.” Con estas imágenes podéis comprobar el por qué de estas palabras. Vemos en la primera foto la imagen de la calle San Sebastián, desde mi calle de la niñez, José de Mora, en la esquina donde estuvo el Banco de Bilbao, en el edificio que sustituyó la casa de Soledad López, pariente de mi padre, por parte de su primera mujer, con la espadaña de la iglesia del Hospital que da nombre a esa calle, al fondo. Y a la derecha, haciendo esquina, la casa hoy recuperada en nuestro álbum. Se aprecian las consecuencias del abandono, se ven los ladrillos, con el revoque caído, o colgando trozos del enlucido, a punto de desprenderse. Algo que presagia su próxima demolición, al no encontrarse habitada.

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Vamos a otra imagen más clara, una vez situada en el espacio, la casa recordada. Con esta posición oblicua vemos la casa Liñán en esquina. Hay un letrero de chapa, azul con letras blancas, por encima de la señal de acceso prohibido, donde una flecha nos indica la dirección de la casa de la calle Cigüela donde estaba la centralita de teléfonos, anterior a la implantación del servicio automático. Después se despliega ante nosotros la fachada principal, antes de una típica casa de arquitectura popular, menos pomposa, creo que la de la maestra Rosarito Rodríguez, que albergaba en un accesoria, la zapatería de Agustín y Juan José. Una portada abombada, de base casi semicircular, quebrada por la puerta, y dividida en espacios almohadillados, que me recuerdan al estilo barroco, y dos ventanas a ambos lados. Y sobre la puerta, un dintel que sostiene un hermoso balcón, el que vi, por desgracia, como cadáver reposando sobre los escombros del derribo. Para apreciarlo en todo su esplendor, nos detendremos en la siguiente imagen.

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En ella, ya de frente, apreciamos la majestuosidad de la puerta principal. Las ventanas de ambos lados, apoyadas en el zócalo, son sencillas, a ras de la pared, con rejas, y decoradas en sus bases por una cenefa de dibujo cerámico. El dintel de la puerta se adorna con una peana que sirve de soporte al balcón. Éste está también acompañado de dos ventanas a su izquierda y derecha, que sobresalen del paramento, enrejadas, con base y cornisa sobresalientes. El balcón es lo más llamativo. Es un típico balcón recubierto o protegido por cierre metálico acristalado, que se apoya en la barandilla y la cubre por detrás. Los vidrios superiores son de color, mientras que los inferiores son transparentes. Tiene adornos en forma de hojas por encima de la barandilla, y otros mayores coronando el tejadillo que lo cubre, sostenido por una cenefa de rosetones, entre los arquitos en que se apoya. Es muy parecido al balcón de la casa modernista, que mandó construir Julio Muñoz, el ahijado del Marqués de Monte Sión, que hubo a la entrada de la calle Ancha, aunque de forma menos curva, con línea más quebrada, y tal vez menos prominente. No obstante es también una balcón hermoso, ricamente decorado, que merecía haber sido conservado.

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Del interior no puedo hablar mucho, pues no recuerdo haber entrado allí nunca. Solo me viene a la memoria el suelo empedrado del patio o corralón que tenía entrada por calle San Sebastián, y que veía al pasar frecuentemente por allí. En esa parte vivió un casero llamado Manuel Contreras y su familia (amigo de mi padre), y por allí había una entrada a un sótano, de los pocos que existían en aquellos tiempos. También disponía de una entrada para coches y carruajes. Las estancias de la primera planta debían estar perfectamente iluminadas debido a la profusión de amplias ventanas, en contraste con la planta alta, una planta más íntima y recogida, familiar, salvo el luminoso mirador que ofrece el balcón. Por suerte, la puerta de entrada y las interiores, así como la escalera y los artesonados de las techumbres fueron compradas, antes de desaparecer el edificio por José Rodríguez Duran (“Colino”), para instalar estos elementos en su casa de la calle Ancha.

Decía al principio que las imágenes muestran el estado de abandono que presagiaba su demolición. Ésta ocurrió en los años de mi niñez, en los sesenta, y fue sustituido por el bloque de pisos, de nombre Edificio Santa Rosa, en cuya planta baja se trasladaría el Banco de Bilbao, conocido popularmente por “La casa blanca”, por el color de los ladrillos de su exterior. Y, tal vez, por los aires de sus nuevos moradores, por el interés de estos nuevos ricos, deseosos por vivir en la calle Feria, la calle de los “poderosos”, que fue motivo de sorna entre los tradicionales habitantes de este barrio y también entre el pueblo llano. La pena es que este interés ostentoso no se tradujera en la conservación del aspecto suntuoso de edificios, como éste, que fueron derribados en este periodo desarrollista, aunque el número de habitantes creciera, debido al conjunto de nuevas viviendas construidas en este espacio (a diferencia del ambiente deshabitado actual). Ojalá que la recuperación de estos documentos gráficos sirva de inspiración para que nuevas generaciones con capacidad económica puedan recuperar los elementos arquitectónicos que ahora volvemos a ver, y los incorporen a las nuevas edificaciones, dejando de lado el uniformismo de tanta piedra artificial y color blanco y albero, que amenaza con atenazarnos en estos tiempos.

La Palma de los sesenta y setenta: El Bar Charneca

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En este recorrido por la geografía evocadora palmeña que venimos realizando, hoy nos vamos a detener en otro punto importante que, tal vez no pase a la historia de nuestra ciudad, como sus numerosos monumentos, pero sin duda debe tener un lugar destacado entre los enclaves con renombre y sabor popular, el Bar Charneca. Para ello me serviré de varias fotografías cedidas por su familia, y alguna más.

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Manuel Ruiz Peso, “Charneca”, era hijo Manuel Ruiz y Belén Peso, posiblemente prima de mi abuelo Sebastián. Este matrimonio, entre otras actividades, surtía de agua potable a la población por los años 40 y 50, gracias al pozo que había en su casa en la Calle Nueva (entonces Écija), frente a la Calle Sánchez. Mi hermano mayor, Pepe, bebió alguna vez de ese pozo al ser amigo de uno de sus nietos. La abuela de Anamari, Concepción, era hermana de Charneca, con lo que mi relación con él se puede atisbar por varios frentes. En el libro de Dominique Lapierre y Larry Collins, “O llevarás luto por mí”, se le nombra varias veces, aunque se le llama “Pedro Charneca”, cambiándole el nombre de pila y haciendo de su apodo el apellido.

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El bar estaba situado en la Avenida de Pio XII y cerró hace bastantes años. Era el primer edificio de esta calle, entrando por la calle Portada, hacia la izquierda, en dirección a San Francisco, después de la casa de Huéspedes Castillo. Un local no muy grande que lucía una marquesina, que perduró tiempo después de cerrar, además del toldo que lucía el nombre comercial del establecimiento.

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La entrada, con la marquesina, la vemos en la foto, aproximadamente de 1956, con Mari Díaz Ruiz, sobrina de Charneca, la tía Conchita (hermana menor de mi suegra) y Mari Pepa, sobrina de ésta. Detrás, a la izquierda, se ve el puesto de turrón de la tía Amelia, casada con un hermano de mi suegra, feriante ecijana que solía instalar otro puesto de juguetes delante del Bar Guerra, antes de las obras de remodelación del Paseo y el nuevo Recinto Ferial de 1991. La imagen, muestra esos momentos de gran afluencia de clientes en las ferias, debido a su excelente ubicación cercana al Paseo.

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Charneca montó el bar con el dinero que le quedó de cuando le tocó la lotería en 1940 y se gastó la mayoría de las 90.000 pesetas (un capital entonces) en fiestas, cuando se trasladó a Sevilla. Lo cuentan Lapierre y Collins en su libro, y me lo han confirmado en la familia. Manuel había sido camarero y conocía bien el negocio. Su establecimiento se distinguió por el ambiente taurino, ya que era gran aficionado a los toros, habiendo sido incluso becerrista en su juventud. Nos dicen que se gastaba grandes cantidades en teléfono para conocer el resultado de las principales corridas de toda España, y luego lo anunciaba en una pizarra colgada en la puerta del bar.

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El bar estaba adornado con numerosos carteles taurinos y fotografías de toreros, divisas de las ganaderías y alguna cabeza disecada de un astado. Parece que Manuel Benítez, “El cordobés”, encontró su vocación observando semejante decorado, como otros chavales palmeños. De hecho, Charneca fue uno de los más firmes defensores del torero, colocando diferentes fotografías del diestro en su local y convirtiéndolo en “Peña El Cordobés”, como vemos en la imagen. En su establecimiento se daban cita, además de muchos humildes trabajadores del barrio, bastantes personajes del mundo del torero, tan de moda en los años 60 y 70 del siglo pasado. El bar llegó a convertirse en un santuario del mundo taurino local, con trascendencia nacional en los tiempos en que “El Cordobés” fue un personaje popular y mediático, incluso a nivel internacional, siendo usado por el Régimen de Franco como un “embajador” de la España que quería abrirse al mundo, tras la posguerra.

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Mi familia no era asidua del local, solo lo recuerdo al verlo cuando pasábamos por allí, sobre todo en las ferias. Sí fui más de una vez a la otra peña taurina que había en los años 60 en Palma, la Peña “El Palmeño”, dedicada a Manuel Fuillerat Nieto, “Palmeño”, hijo de Julio Fuillerat García, la otra figura taurina local de los primeros años 60. Estaba entre la actual Plaza de España y la Travesía Alamillos, y creo que mi padre era socio. Y eso, tal vez, más por la cercanía a la Farmacia de Chacón, donde prestaba sus servicios, que el que un primo mío se hubiese casado con una hermana de este torero.

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Volviendo a Charneca, hemos de recordar que siguió a Manuel Benítez en muchos de los lugares en los que toreó, organizando excursiones para ver sus corridas y gozó de su amistad hasta su muerte. En algunas fotografías le vemos en compañía del torero, junto a otros palmeños. Mi tío Emilio, el carnicero, junto a sus hijos, también tuvieron lógicas relaciones de negocio tanto con el torero como nuestro barman.

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Junto al bar, Paco Castillo levantó un local de bodas (donde antes tuvo la primera piscina de Palma, que se ve en la tercera fotografía) que ha visto pasar muchas celebraciones de todo tipo, incluso actos políticos durante la Transición. Yo mismo participé allí en el primer mitin en el que hablé, en la campaña de las elecciones municipales de 1983. La foto de una celebración que supervisa Manuel “Charneca”, está situada en ese salón. Muchas veces el local se complementaba con la nave de aparcamientos que tenía contigua el mismo empresario. Como hizo mi hermano Roberto cuando su boda. Manolo servía bodas y otros ágapes, además de atender su bar. Allí empezó su sobrino Manuel Díaz Ruiz, que luego montó con su esposa Victoria Sánchez el Catering Virgen de Belén, negocio que mantienen sus hijas en estos tiempos.

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Manuel “Charneca” enviudó, sin tener hijos, y durante mucho tiempo convivió con su cuñada, a la que tenía empleada en el bar. Cuando cerró el bar, un pedacito de la historia popular de nuestra ciudad cerró sus puertas, coincidiendo con el declive de lo taurino. Elemento que se quiso utilizar para reclamo o seña de identidad local, debido al gran número de aficionados y a algunos profesionales del toreo que dio nuestro pueblo. El cartel en forma de burladero que había en la antigua carretera, tanto por la entrada desde Peñaflor como por la de Córdoba, con la inscripción “Palma del Río, cuna de grandes toreros”, era una señal clara de ese intento de “vender” Palma en su vertiente taurina. El cierre de las Peñas, tanto la del Palmeño, como la de El Cordobés, cuando se cerró el Bar Charneca, sin duda, simbolizó la decadencia de este arte en nuestro pueblo, y su casi desaparición hasta fechas recientes en que parece que hay quien intenta darle nuevos bríos. Queden estas imágenes y estas palabras como recuerdo de aquellas viejas glorias.

Surtidores de combustible de otros tiempos, en Palma del Río

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Continuo rescatando entradas del viejo blog Celtibético. Hoy una de las antiguas gasolineras palmeñas.

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En nuestra antigua casa había una estufa de petróleo. Eso, al menos, creía yo, pues así la llamaban, aunque nunca la vi funcionando. Era como uno de esos quinqués que encontrábamos en las películas del oeste, aunque más grande, con otra forma. Como las lámparas de queroseno, aunque se apoyaba en el suelo, pues su función no era iluminar, sino calentar. Algo parecido a la de la imagen.

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Foto de los dos surtidores del Arco de la calle Ancha

Siempre me pregunté de donde sacaban el petróleo con que alimentar la estufa en otros tiempos, pues yo lo que ya conocí entonces era las gasolineras, los establecimientos donde se vendía gasolina (la normal y la super) y el gas-oil, para coches o vehículos y maquinaria agrícola, o el combustible para las motos. Pero allí no se veía comprar petróleo para estufas o quinqués (ya se usarían poco). Aunque no solo surtían directamente al depósito de los vehículos, sino que podías llenar aquellas latas que muchos llevaban en los maleteros de los coches, por si se quedaba vacío el depósito en un largo viaje, cuando las carreteras eran otra cosa y no viajábamos por autopistas, ni autovías, y encontrar una gasolinera en kilómetros de marcha era casi una suerte.

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Unos de los antiguos carteles de las entradas de Palma, con Pepe Godoy del grupo “Los jóvenes lobos

De niño conocía pocas gasolineras, pues en mi casa no había coche ni moto. Mi padre tuvo un coche, un “medio huevo”, pero yo no llegué a disfrutarlo. Estaban la gasolinera de la Avenida de la Diputación (ahora María Auxiliadora), de Pepe Morales, y más tarde la de Los Toreros, en el Cerro de Belén, en el cruce de la carretera Córdoba-Carmona, cuyo nombre vendría por los carteles que había en las entradas del pueblo en forma de burladero de plaza de toros, con la leyenda “Palma del Río, cuna de grandes toreros”, y que desapareció con el nuevo puente sobre el Gualdalquivir, y alguna más, como la de la Avenida de Santa Ana, cerca de la antigua y desaparecida ermita, donde trabajó mi amigo y medio pariente Rubén Cárdenas tras dejar el colegio San Sebastián. La más conocida por mí la que había en el arco de la Calle Ancha, concretamente en la entrada de la Avenida de La Paz, entre la casa de Raso y los talleres de Carmona, la gasolinera de Callejón.

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La ermita de Belén, con la gasolinera Los toreros al fondo

De esa gasolinera es la foto de inicio de la entrada, imagen que me proporcionó Pepe Martín, donde se ve a su padre, Rafael Martín Callejón, en la que le vemos con unos 18 años o menos, trabajando en el primer surtidor, un solo poste, con las compuertas abiertas, para sacar la manguera, con la que están llenando un barril metálico. Luego luego hubo dos postes de suministro, cubiertos con unas pequeñas marquesinas, como sombrillas, que era el que heredaría Teresita Callejón y años más tarde se trasladaría a la misma Avenida de la Paz, pero cerca del Instituto de Bachillerato, su ubicación actual. Rafael aparece con un compañero, Almenara, ya fallecido. Rafael, conocido como “Rafalito Callejón”, fue chófer del camión de bomberos que tenía Callejón, el concesionario de la basura, un camión de depósito largo y de color rojo, que se usaba preferentemente para el riego de los jardines y las calles. La famosa “Pipa del agua”. Fue así porque era de los pocos que tenían carnet de conducir para ellos en aquellos tiempos. Él se los sacó de joven y vinieron de Córdoba a examinarle. También fue conductor de Alonso Moreno de la Cova, de uniforme y gorra de plato. Todo un profesional del automovilismo, y una persona educada, y de personalidad amable entrañable, a la que agradezco (a él y a su hijo) el haberme facilitado la foto y datos sobre los surtidores. Pues hablando de ello surgió la duda sobre otro del que publico una fotografía de Miguel Santos Enriquez, mi suegro.

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En la imagen, datada el 10 de diciembre de 1941, aparece mi suegro, que es el que sostiene la boina (el del centro). Los otros dos acompañantes no sé quienes son, aunque aparecen en otras fotografías de la misma colección, alguna ya publicadas por mí en otras entradas, como, por ejemplo, la de El Paseo. Es una foto humorística, donde están de broma los amigos, y simulan llenar la boina con el combustible suministrado con la manguera del surtidor. No conocíamos dónde estaba ese surtidor de combustible, pues la imagen es pequeña, hasta que Rafalito Callejón nos lo aclaró. Resulta ser un poste de petróleo que había a la entrada del pueblo, en el paraje conocido por Vistalegre, en la curva que hace la carretera al dejar el Cerro de Belén, para entrar ya en el puente antiguo sobre el Guadalquivir. Lo que se ve detrás es el río, junto a una casilla.

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En esta otra foto, de Manolo Godoy, el del “Bar El Latero”, se puede apreciar en su contexto. Corresponde a un reportaje fotográfico que hicieron Manolo y mi suegro (eran grandes amigos), durante la riada de 1963. Miguel Santos también hizo una foto similar, pero es en ésta donde se aprecia mejor el surtidor, que, por cierto, aparece con las compuertas cerradas. Es el señalado con una circunferencia roja.

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Y Rafalito nos aclaró que ese era el surtidor de Flores (padre de José Flores Medina, y abuelo de mi amigo Antonio Flores Tirado, profesor de los Salesianos), que instalaron en 1928 y solo servía petróleo. Con lo que volvemos al inicio de nuestra exposición. Ya sabemos dónde vendían petróleo también, en el surtidor de Flores. Claro que éste tampoco lo conocí, pero con esta broma de mi suegro queda para guardar en la memoria algunas de esas instalaciones “de servicios industriales” y domésticos de Palma del Río.

Los veranos en el Rincón de la Victoria

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Con mi padre y mi hermano Roberto, al fondo mi madre, en la playa

Ya que acabamos el primer periodo de vacaciones, donde he estado estudiando (y examinándome del primer ejercicio de otras oposiciones) y disfrutando de una semana de descanso en la playa, parece buen momento para recuperar una entrada del viejo Celtibético alusiva a las vacaciones de la niñez. Ahí va.

De pequeños, cuando mis hermanas Sole y Mari vivían en Málaga, era frecuente hacerles una visita en verano. Incluso llegamos a pasar algunas temporadas allí, por ejemplo, en la Barriada de El Palo, y varias veces en la población del Rincón de la Victoria. Allí tenían unos parientes de mi padre, los Doblas, unos apartamentos que alquilamos para pasar parte del verano. Eran los años 70, y mis padres y mi hermano Roberto y yo nos desplazábamos con placer para disfrutar de la playa. En aquellos tiempos me gustaba la playa y era motivo de alegría ir allí, además de por estar con mis hermanas.

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A la izquierda Roberto y yo a la derecha

El Rincón de la Victoria era ya una zona turística dentro de la Costa del Sol, aunque entonces se veía menos masificada que en estos tiempos. En nuestros días ha llegado a ser considerado uno de los municipios con mayor bienestar y renta per cápita de la provincia de Málaga, aumentando su población considerablemente desde aquellos tiempos en que lo visitábamos.

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La playa del Rincón en la actualidad desde la misma perspectiva de la foto anterior

En el bloque de apartamentos había un local para disfrute de los vecinos, donde había juegos de mesa (billares, futbolines, etc.) y un escenario para representaciones o actuaciones musicales. Recuerdo que mientras jugábamos un verano sonó machaconamente en los altavoces del local el éxito de Demis Roussos Velvet Mornings (1973), ese que tenía el famoso estribillo de “Triki triki”, la canción del verano. Allí hicimos amigos y compartíamos juegos con los Doblas más pequeños, por ejemplo, Jaime, al que vimos hace no mucho tiempo en el funeral de mi cuñado Antonio Miguel. Otro de ellos era Juan Doblas, el padre, una persona encantadora que cada septiembre venía por Palma en las fiestas patronales y se llegaba a visitarnos a casa, hasta que falleció.

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Con mi madre, Sole y Roberto en la calle del bloque de apartamentos

Muchas más anécdotas se podían contar de aquellos veraneos. Como cuando perdí una de las sandalias con las que iba a la playa y con la que me bañaba, ya que la arena tenía también muchas piedras y era molesto andar descalzo. A la vuelta me prestaron unas chanclas y eso fue motivo de bromas entres los niños de la zona, pues entonces no estaba de moda que los varones usaran este calzado, que se consideraba más propio de mujeres.

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Las familias Domínguez y Doblas en las puertas del apartamento

O cuando una tarde, paseando detrás de los bloques, me picó una avispa en el cuello y, al golpearla, la retuve allí con la mano, con lo que volvió a clavarme el aguijón, provocando una enorme hinchazón en esa zona.

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Con mi madre, Sole, Mari y los niños de los Doblas

Aquellos eran otros tiempos, y Roberto ha vuelto hace poco de allí, comentándome que ha cambiado mucho la fisonomía del lugar. Así que he “desempolvado” algunas viejas fotos de nuestro paso por allí. Recuerdos que alegran también el verano.

Mi paso por el mundo del teatro

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Esta semana próxima tendrá lugar la 34 edición de la Feria del Teatro en el Sur, una muestra del teatro que se hace por estas tierras (y por otras, que también vemos) que goza de una envidiable “mala salud”, porque, a pesar de los múltiples problemas que viene padeciendo cada año, aquí sigue “vivita y coleando” desde que empezó en aquella carpa de la Diputación (la “jaima”) allá por los primeros años ochenta del siglo pasado. Buen momento para recordar una entrada de 2013 en la que contaba mis experiencias en el mundillo teatral, al que tanta pasión le he dedicado siempre desde niño (incluidas representaciones en el colegio). Ya contaré, como hago siempre, mis impresiones sobre las obras que haya visto en esta ocasión.

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Las primeras representaciones de Vientos del Pueblo (Foto Miguel Sáenz)

“Cuando menos te lo esperas salta la liebre. Eso pude pensar hace unos días, charlando por el chat de Facebook con May Lora. Me preguntó por Paco Vizcaíno, el monitor del taller de teatro en el que participamos hace unos años y me envió una fotografía de aquel taller. Increíble. Tantos años y todavía quedan recuerdos de aquella experiencia teatral. Yo no conservo ninguna fotografía de ningún espectáculo o actividad teatral en la que he participado y me pasan una de 1987, en la que no estoy, pero que es un acicate para dedicar un post a esas experiencias en el mundo de la escena, tras tantos años.

5aCuando a fines de los setenta se funda la Asociación Cultural Vientos del Pueblo, ya en la primera de las reuniones a las que asistí se habló de crear un grupo teatral. Más de un intento vivimos entonces, aunque en las primeras escaramuzas nos limitásemos a ensayar, y más ensayar, a hacer expresión corporal, leer textos, y poco representar. Llegaron los de la comisión de teatro a poner en escena alguna versión de algunos textos de moda entre el mundillo del teatro aficionado o juvenil, o del ambiente “cristiano”, del que provenían muchos de ellos, como la conocida “Parábola del hombre de las manos atadas”. Hubo una de estas versiones, creo que síntesis de varios textos menores, que se representó con el nombre de “Con su dinero, con sumidero”. Yo no estaba en el reparto, pero fui como “tramoya” (utillero) a Belalcázar una vez. Y como nos quedamos esperando a uno de los protagonistas (Paco Molina, que estaba con gripe), antes de que saliese el autobús, alguien (seguramente Ramón López) me pidió que le sustituyese, así que tuve que prepararme el texto (afortunadamente escueto) en el viaje. Por suerte, minutos después de llegar a la iglesia donde íbamos a representar, se presentó Paco, aunque con fiebre, y fue él el que salió a escena.

2ASí tuve un papel en otra obra, “La Jácara del avaro” de Max Aub, también como suplente, pues uno de los actores se tuvo que retirar una semana antes del estreno. Representamos en el Colegio Salesianos, en el marco de unas jornadas organizadas por la Peña Bética local. En el reparto estaban, entre otros, Pepe Lora (el avaro), Manolo Pérez (el criado Mil), Ramón López, Conchi Palma, Lola Guerra… Creo que dirigió Isabel Gómez (entonces profesora en el instituto de bachillerato), y yo interpreté a uno de los sobrinos que quiere quedarse con las riquezas del viejo. Como esto ocurrió cuando varios de los componentes éramos concejales en el ayuntamiento palmeño (Isabel fue candidata a la alcaldía por el PCA en 1983, y Ramón y yo éramos concejales del PSOE), al grupo lo llamábamos con humor “la corporación”. A pesar del poco tiempo para mi incorporación el resultado fue bueno y nos divertimos bastante.

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Momento de la representación de La descomposición de Blankópolis (Foto del libro editado por los 25 años de la Feria en 2008)

En 1991 participé en otra experiencia “teatrera”, esta vez en el seno de la Feria de Teatro en el Sur. La organización del evento pensó en preparar un montaje para el día de inauguración de la Feria. Se creó ex profeso la “compañía” Mácula-Teatro, con componentes de otros grupos y el apoyo fundamental de la compañía La Pupa. En este espectáculo participamos algunos palmeños entre el elenco: Pepe Lora, el “Piti” (marido de Rosario Lora), Fernando Sánchez Alcaraz… La obra, de calle, representada exclusivamente en esta muestra, se llamó “La descomposición de Blankópolis”: “En el esplendor de la antigüedad sus profanaciones pictóricas fueron admiradas dese oriente a occidente, con la tiranía de BLANKENATON fueron confiados a vivir dentro de la gran pirámide, ahora, misteriosamente, renacen en Palma del Río para volver a darle color a la vida”. Yo también me enfundé un mono blanco y un gorro de natación y participé en el montaje, “danzando” con los “rebeldes”, arrojando serrín coloreado, entre las máquinas de obra, y hasta corriendo escaleras arriba hacia la cumbre del entonces en obras Hotel Castillo, para destronar al tirano del color blanco.

P1070875Posteriormente, Ramón nos llamó a algunos de los mencionados para participar en otra experiencia. Le habían encargado el Taller de Teatro del Centro de Educación de Adultos Al-Sadif. Mari Carmen Cabrera y Pepa Martínez eran las responsables del Centro que impulsaron el proyecto, como recordó Ramón este año, cuando fueron homenajeadas en el seno de la Feria del Libro.

4aCuando tocó montar una representación con los alumnos del centro, Ramón tiró una vez más de Pepe Lora, ya bien fajado en lides teatrales, y de mí, para echar una mano, además de algunos otros colaboradores ajenos. Se preparó el “Farsón de la Niña Araña”, una de las “Farsas Maravillosas” de Alfonso Zurro, de la compañía La Jácara de Sevilla. La obra se escenificó en el seno de las Jornadas de Teatro en la Escuela, en el patio de la Casa de la Cultura, siendo un rotundo éxito, y luego en un Teatro Coliseo, aún por terminar, tras la Feria de Teatro en el Sur, creo que del año 1997, en un epílogo fuera de programa, junto al grupo de teatro Pigmalión, del Colegio Salesianos, que dirige Mari Carmen Navarro, que representó su obra “Jaque al caballo”. Mari Carmen estuvo con nosotros en Vientos del Pueblo, también, y dedica su vida a la docencia, al mismo tiempo que escribe, fundamentalmente poesía, aunque tiene esta obra teatral y otra más todavía representándose, y hace poco anunció otro proyecto junto a sus alumnos. Al año siguiente me propusieron hacerme cargo del Taller del Centro de Adultos, pero debido a mi falta de tiempo, decliné la oferta, que, seguro, me hubiera entusiasmado.

3a1Durante el periodo de actividad de Vientos del Pueblo, Ramón intentó poner en escena varias obras en las que participé: “La Farsa del Hombre que voló”, o “Arlequín, mancebo de botica”, por ejemplo. Muchas reuniones, lecturas de textos, ensayos en el salón de plenos del ayuntamiento, sin resultado en las tablas. Desde la Delegación municipal de Cultura también se intentó crear escuela, ya que el éxito de, primero, la Muestra de Teatro Andaluz, y la Feria de Teatro en el Sur, después, invitaba a que surgiese alguna compañía palmeña que llevase el arte de Talía y Melpómene por otras tierras. De ahí surgió el Taller de Teatro del que hablaba al principio, el que dirigió Paco Vizcaíno. Francisco Vizcaíno era un componente del Teatro Universitario de Córdoba. Era natural de Almansa (Albacete) y estudiaba en Córdoba. Lo vimos alguna vez en Palma, junto con el grupo teatral. Y se implicó encantado en el Taller. Con él aprendimos técnicas de expresión corporal, técnicas interpretativas, de dirección, de composición de escena, maquillaje, vestuario… todo lo relacionado con este arte. Guardo todavía los textos que nos facilitó para nuestra formación y los guiones de los ejercicios prácticos, basándose en buena parte en el llamado “Método” de Constantin Stanislavski, que se difundió a través del Actors Studio de Nueva York y que hiciese famoso Lee Strasberg. Yo estudiaba en Córdoba y dos veces en semana me venía con él en el tren a Palma para el taller y nos volvíamos juntos, entablando amistad. En el taller nos inscribimos numerosos participantes, tanto de Palma como algún foráneo.

6aComo final del taller estaba prevista la representación de una obra. Escogimos entre dos, “Cásina” de Plauto, en versión de Andrés Pociña y Aurora López, y “El reclinatorio”, de Miguel Murillo. Nos inclinamos por la segunda, una farsa con influencias de Valle Inclán sobre las revueltas contra el absolutismo en el siglo XIX, algo muy de actualidad en las postrimerías de la Transición. Hicimos su estudio histórico (el del argumento) y su análisis dramático (personajes, escena, vestuario….). Todavía guardo mis copias. Nos repartieron personajes (a mí me tocó el de Cardenal-Arzobispo) y nos lanzamos a ensayar, día tras días, escena tras escena. Pero llegó mayo y los exámenes finales, que nos afectaban a muchos, por ser estudiantes. Y además ese año, 1987, era año electoral, así que otros también tuvimos que dedicarnos a más menesteres, que fueron retrasando el esperado estreno, que nunca llegó, al concluir el Taller. Se pensó en retomar el curso, pero no ocurrió y le perdí la pista a Paco un tiempo después.

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Inauguración Feria del Teatro de 1992. Ramón López y Roberto Quintana. Un servidor a la izquierda (Foto del libro editado por los 25 años de la Feria en 2008)

En la fotografía del principio, que me pasó May (que con su hermana Rosario se iniciaron en este mundo, llegando a licenciarse en arte dramático), vemos a Pepe Lora, sentado de espaldas, dos miembros del taller cuya identidad no recuerdo, y, agachado, a Paco, el director. Están en el ayuntamiento, pues no había entonces instalaciones adecuadas donde impartir el curso ni ensayar. Se ven los antiguos aseos al fondo. Aunque la foto no es de calidad es muy emotiva, pues, como dije al principio, no guardo imágenes de aquellas experiencias. Y ésta es un recuerdo de unas vivencias imborrables, en las que varios jóvenes vivimos el teatro como aficionados, con ilusión, esfuerzo y muchas ganas. Aunque no sean reconocibles oficialmente, forman parte, junto a otras, de los treinta últimos años de la historia del teatro en Palma del Río.”

El Paseo y el Barrio de San Francisco, a través de los años

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Seguimos recuperando entradas del viejo blog Celtibético. Esta vez, ya que estamos en verano, lo hacemos con un lugar singular y característico de esta estación: El Paseo. También con alguna novedad, respecto al artículo de 2014.

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Hace años dediqué un post al Paseo, al Paseo Alfonso XIII, titulado “Las noches en el Paseo”. En aquella entrada, además de describir esta zona de Palma, me extendí por algunas de las costumbres que caracterizan sus quioscos, ente ellas esa de que te llamen a voz en grito para hacerte saber que tienes preparadas las consumiciones que has encargado, para que te las lleves a tu propia mesa, pues se trata, en la mayoría de los casos del llamado “autoservicio”. Los quioscos y sus ritos son una parte esencial de esta zona de esparcimiento con tanta solera.

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Hoy vuelvo al lugar, en el recorrido de recuerdos de otras épocas. Épocas que comprenden desde la niñez hasta hoy día, pasando lógicamente por la juventud, pues, para mí, como para muchos habitantes de esta tierra, el Paseo ha sido siempre un lugar esencial. Esencial sobre todo para la temporada veraniega, pues, aunque ahora hay establecimientos abiertos todo el año, lo tradicional era que funcionasen desde la primavera hasta septiembre, aproximadamente, comprendiendo la época estival su apogeo.

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Mi suegro, Miguel Santos, con un amigo junto a las norias

El Paseo es zona verde y de ocio desde tiempos remotos, desde que allí se instalaran las ferias de ganados que dieron origen a las actuales ferias de mayo y agosto. Elementos característicos son sus quioscos, conocidos antaño con el nombre de “aguaúchos”, que están a “tentebonete”, sobre todo en feria. Establecimientos ubicados a ambos lados de la franja de albero (el paseo central) que se delimitó con árboles, formando la parte para caminar, que empezaba en la Avda de Pío XII y termina en la salida a La Chirritana, en la zona conocida como “La bombilla”, cerca del río Genil. Allí había varias casas, donde hubo un bar que no conocí, propiedad de un amigo de mi padre, al que llamaban Juan Manuel “el del Puente” (posiblemente por ocuparse del puente de San Francisco Javier). El bar lo compró el dueño de la Electro Harinera y en él vivía Antonio González Domínguez, que era el gerente. Había además otras casas, la de los llamados “Juncos” (la familia García Martínez) y otras junto al río, más pobres. Esas casas estaban cerca de la “fábrica de harinas”, la Electro Harinera, empresa que fue de la familia García Liñán. construida en 1941-42 y ampliada en 1954. En la zona de terrizo entre las casas y la fábrica, junto a la tapia que daba al río Genil, la Asociación Cultural Vientos del Pueblo, a la que pertenecí, montó varias ferias una caseta, cuando todavía no existía el recinto de caseta actual.

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Fotografía de Miguel Santos: riada de 1963

En la parte del río que daba a la fábrica de harinas estuvieron muchos años antes las famosas norias que, decían, estaban allí desde el tiempo de los árabes. No podemos olvidar tampoco, para cerrar por aquí el recinto, que la Electro Harinera continuaba por la Avenida de Madrid, a espaldas de los pisos de San Francisco (los nuevos, los que edificó la Organización Sindical del Hogar, llamados 18 de Julio), con la calle la Isla, y Miralrío, donde estaban las cocheras de Manzano, el de los autobuses. Por allí se decía que estuvo el burdel de Anita Casas, una “madame” de meretrices que no llegamos a conocer, pero que no faltaba en nuestras conversaciones de niños, cuando queríamos insultar a alguien y decíamos, por ejemplo, que “era más puta que Anita Casas”.

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La zona central estaba delimitada por unas vallas de ladrillo y rejas metálicas, en su parte norte y sur. Las que dan a Pío XII aún se conservan, pero las que estuvieron en la parte más próxima al río fueron sustituidas por una pérgola, a principios de los años noventa del siglo pasado, cuando todo aquel área experimentó importantes cambios. Entonces se urbanizó el llano de los pisos de San Francisco, para situar el recinto de casetas de feria, que se estrenó en 1991. La calle del infierno o zona de los “cacharritos”, que se situaba en ese llano antes, pasó a una parte que compró el Ayuntamiento en la Huerta del Quinto, permitiendo además la ampliación del colegio San Sebastián. Además se pavimentaron los llamados paseos laterales (las vías exteriores que comunican con el jardín, por un lado, y el llano de San Francisco, por otro). Las vallas que subsisten fueron las que cerraban el cementerio y que el alcalde Martínez Bravo trasladó al Paseo. Me cuentan que, desde que esto pasó, los gitanos que eran supersticiosos entraban al Paseo por los laterales. Afortunadamente esto ya no sucede.

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Típicos ornamentos eran sus bancos, de obra, similares en factura a los del jardín, pero con respaldo de azulejos, donde mucho tiempo lució la publicidad de establecimientos locales, como vemos en una de las fotos de mi suegro, Miguel Santos. Que fueron reemplazados por otros menos singulares y ahora son de hierro fundido. También la iluminación tuvo su encanto. Al principio con una hilera de farolas en el centro del albero, con alta columna y dos brazos de los que colgaban las pantallas, con cierto estilo “modernista” y con las lámparas del momento. Podemos verlas en varias de las fotografías. Yo no las recuerdo, pero sí los báculos impersonales que se instalaron luego a ambos lados, similares a los de una carretera, a los que sucedieron unas columnas de cemento con muy feas pantallas de plástico translúcido, ahora cambiadas por otras luminarias, más estándar pero presentables.

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Nevada en febrero de 1954

Había varias casetas. La del Casino, o Círculo de Recreo, propiedad de esta entidad, a la derecha del recinto según se va hacia el río, donde se realizaban bailes en verano, además de en feria. Caseta exclusiva, vedada para mi. Allí recuerdo ver, desde fuera, actuar al famoso grupo musical Los Munsters. Hace algunos años el ayuntamiento la compró a sus dueños, como hizo también con los aguaúchos que eran propiedad privada, cuando se aprobó un convenio con sus ocupantes para regular su adquisición por el ayuntamiento palmeño, al ser el suelo de propiedad municipal. Desde entonces son varios los quioscos que han pasado a manos del consistorio, adjudicándose posteriormente su explotación por los particulares. Pero, volvamos a otros tiempos. Además había otra caseta, la Caseta de la Amistad, que sí era de propiedad municipal, la que hay a la izquierda, que recientemente ha sido también modificada gracias a una obra financiada con fondos del FEDER. En esa caseta, antes de retocarla, jugábamos muchas veces al salir del colegio San Sebastián, sobre todo cuando llovía, pues nos podíamos refugiar bajo su techumbre metálica. Como también jugábamos en los bancos de obra que antes hemos mencionado. Estas casetas eran las más antiguas. Más tarde se levantaron dos más al final, cerca de la valla sur. Una, a la izquierda, era el Munster Club, dedicada al grupo musical. Cuando cerraban en verano la discoteca El Candil, que había fundado el cura Don Tomás, en la calle Cuerpo de Cristo, la fiesta se trasladaba allí los fines de semana. No se me olvidan sus blancos muros, donde empecé a frecuentar este tipo de diversión. Como tampoco olvido su mobiliario: cajas de madera para naranjas con la base tapizada, como asientos, o las mesas, en forma circular con un agujero en medio. Además de los paneles con fotografías de cantantes o artistas del cine que colocaban en los muros, mirando al exterior.

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Mi madre, mi hermano Roberto y yo junto a la caseta de la OJE

A la derecha, enfrente, estuvo la discoteca de verano de la OJE, que, al igual que la anterior, trasladaba sus instalaciones cuando acababa el invierno. Allí, además, esta organización juvenil del Régimen celebraba actos y competiciones de deportes de salón, como ajedrez, tenis de mesa, etc. Sus arcos de ladrillo, enrejados y también blancos, como sus muros, tenían entrañable sabor. Ambas casetas, que compitieron por captar a los jóvenes de varias generaciones, desaparecieron con las obras de los años 90, dejando libres sus solares, que algunas veces fueron ocupados por los “chiringuitos de verano”, establecimientos provisionales que tuvieron bastante éxito durante algún tiempo, idea de Rafalín Campanario, cuya estela siguieron varios hosteleros después y que terminaron desapareciendo por los problemas del volumen de la música.

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Otros elementos esenciales el lugar eran los quioscos de helados, el de Los Valencianos, a la entrada, y el de Luis Ruiz, “el bollito”, en el interior. Objetos de deseo insuperable de todos los tiempos, sobre todo para los “paseantes” de menor edad.

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Rafael Lopera, en el centro con otros camareros y clientes

Pero lo singular, pues es algo que no se da en muchos pueblos y ciudades, eran y son sus quioscos, los aguaúchos. No en todas partes encontramos un buen número de bares con terrazas al aire libre, reunidos en una extensión de terreno fresca, hermosa y cómoda, pues permite que los padres disfruten del ocio, mientras sus hijos pueden jugar seguros en una amplia zona verde. Desde los primeros tiempos del paseo tenemos noticias de estos establecimientos. Como, por ejemplo, este quiosco, donde vemos, en medio de pie, de camarero, a Rafael Lopera Dugo, el padre de Antonio Lopera Flores, el de la imprenta Higueras, y de Rafael, que tuvo el Bar El Barco, en la esquina de las actuales Avenida de Andalucía, con Blas Infante, ahora clínica veterinaria del establecimiento del popular “Pepe, el de la Paja”. También está el tío del que fue dueño del Bar que había junto a la gasolinera de la entonces Avenida de la Diputación (hoy María Auxiliadora), al que llamaban “el Titi”. Una copia de una foto en mal estado, pero que conserva la visión de lo peculiar de aquellos aguaúchos añejos.

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También antigua es la terraza de Rafael Nieto, del bar Mezquita, el abuelo de mi amigo Federico Navarro, bar que frecuentaba mi padre. Con mi padre, mi hermano Roberto y mi madre, recuerdo haber estado en uno de esos bares, junto a otra obra singular, que todavía pervive, el Quiosco de la Música.

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Banda Municipal de Música. En el centro (con la batuta) el director. También aparecen otros, como su hijo (agachado a la derecha), los hermanos Pepín y Manolín Fernández, “Reina”, Paco y Antonio Lora, los “Escupiera”, Ortiz, etc.

Entonces actuaba allí la Banda Municipal de Música. Orquesta a cargo del maestro Angel Martínez de Chomón, padre del policía municipal Angel Martínez Calderón, al que vemos en la fotografía de la inauguración del poblado de El Calonge, agachado a la derecha, ya que también formó parte de la banda. Esta banda la componían palmeños del pueblo llano, como un herrero, un carpintero, un herrador de caballerías… y allí se interpretaban fragmentos de zarzuelas, pasodobles y otras piezas populares, que deleitaban los oídos de quienes estaban en las terrazas o paseaban por allí. Su música dejó de oírse siendo yo niño, pero pude saborearla aquella y otras noches de verano.

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También incluyo una imagen de una de las partituras que Angel Martínez de Chomón transcribió para la banda municipal de Albalat de la Ribera (Valencia) donde vivió antes de recalar en Palma. Este hombre nació en Chiva (Valencia), estuvo de director en la banda de música de Albalat de la Ribera desde 1927 hasta 1932 y luego marchó a dirigir la banda de Sumacárcer (Valencia). Se jubiló en Mieres y falleció en Sevilla en 1976, según me contó Salvador Astruells Moreno, musicólogo y autor de la Tesis Doctoral “La Banda Municipal de Valencia y su aportación a la historia de la música valenciana”, que me facilitó la fotografía.

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Junto a la Caseta de la Amistad, en los años 70 se formó la Peña Los Cabales, entre cuyos fundadores se encontraba Miguel Santos. Hoy día sigue funcionando, con un número importante de miembros, muchos de ellos hijos de los primeros socios, como mi mujer. También he conocido otros establecimientos, como el Bar de los Amigos, el Pichi…

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Arroz de apertura de temporada en Bar Guerra

Especialmente he frecuentado el bar Guerra, cuya familia he conocido desde muy joven, siendo su hija Lola, por ejemplo, una de las “niñas de la pandilla” en mi adolescencia y juventud. Allí he pasado muchos y buenos ratos, ya fuese consumiendo (lo poco que podía un joven en los años setenta y ochenta), echando el rato de charla con los amigos, jugando al “quinito” o viendo el fútbol u otra retransmisión destacable en la televisión que instalan en verano. Era un local especialmente “señalado” por ser frecuentado en tiempos de la clandestinidad por los “elementos subversivos” (como se decía entonces), al ir mucho allí miembros de las organizaciones comunistas y sindicales del pueblo. También era conocido por “el bar de los perros”, al tener en su decoración tras la barra, hace años, un cuadro con esos animales. Todavía sigue siendo un lugar habitual de nuestras noches de primavera-verano, ya reformado y en manos de Pepito, uno de los hijos de Juan y Serafina (excelente cocinera de la que recuerdo especialmente los callos), junto a su mujer, su cuñado Juan José y su hermana Eloísa.

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“Manzano” y su mujer en la barra

En frente a la entrada, estaba el Quiosco de Manzano, de Francisco Muñoz Manzano, padre de “Chiqui”, Francisco Muñoz Vera (al que agradezco que me haya cedido ésta y otras fotografías), oficial albañil del ayuntamiento. Francisco compró el quiosco en 1973 o 1974 a las hermanas Torres. De él recuerdo un juego con una rana de metal, en cuya boca había que introducir unas fichas. En una puerta lateral se veían los números de los cupones de la ONCE, que siempre escribían con tiza para que los clientes supiesen el número premiado.

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Iglesia de San Francisco, con la antigua valla (Foto Miguel Santos)

Había y hay otros quioscos. Nombres, además de los citados, como Mario, “Pollina”, “Peporro”, El vaporcito, Adolfo, Mínguez, Venus (Oliver), Rafael García “el cuquillo”, “El Primo”, el de las roscas, la pizzería… a los que uniremos más que seguro que recordaréis, y que componen la historia reciente de los establecimientos de este bendito lugar. Lugares donde encontrarse con los amigos, quedar con la familia y pasar un buen rato. Como los que no me resisto a rememorar y que disfrutamos muchas veces con Domingo Hidalgo, el abuelo de Manolo Pérez, que vivía en los pisos más recientes de San Francisco. Domingo pasaba mucho el tiempo en el Paseo ya jubilado, y no era raro que, si pasásemos por allí, nos llamara para invitarnos en algún quiosco.

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El Paseo está junto a uno de los barrios populares de Palma, el barrio de San Francisco, nombre lógico por la iglesia y antiguo convento franciscano, hoy hotel, que lo definen. A la entrada del Paseo, en la avenida Pío XII, estaba el cine Coliseo España de la familia Jerez. Cine de verano que compró el ayuntamiento y hoy día es el Teatro Coliseo. Antes fue Caseta Municipal y bar de verano que, por ejemplo, regentó Manolo Pérez. Cine de verano también del área de cultura. De niño íbamos a las azoteas de los pisos de San Francisco (los “blancos”, los primeros en construirse, en 1957 por la Obra Sindical del Hogar) para ver el cine gratis. En esos pisos vivió mi tío Rafalito, hermano de mi madre, con su mujer, Frasquita, cuando se vino de Madrid, ya jubilado y muy mayor. Y también vivían allí otros antiguos compañeros de colegio, como en los otros bloques de viviendas sociales posteriores.

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En esa avenida Pío XII también estuvo el Bar Romero, una fábrica de terrazos, que compró Paco Castillo, para su cine de verano (hoy salón de celebraciones Reina Victoria) o los locales de “El gallero” y el taller de Palma, “el civiquito”, frente al Jardín Reina Victoria. Por la otra parte, tras la calle Portada, la pensión de Castillo, el Bar de Charneca, la piscina de la pensión y, posteriormente el salón de celebraciones de Paco Castillo (“Al Capone”) y las cocheras. También recordamos el Bar Charito, la casa de Campanario, el de la droguería, la casa de González el jardinero, la carpintería de Nieto o el bar de Cabrera, San Francisco, dando a la plaza, donde años más tarde el ayuntamiento levantó una fuente, con piedras de molino de aceite, que dio mucho que hablar, y luego fue sustituida por la fuente actual.

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Mi madre (a la derecha) con amigas en el Paseo (el quiosco de la música no tenía pérgola, solo la valla y las farolas estaban en el centro del albero

Muchas cosas más se podrían decir del Paseo y del Barrio de San Francisco, pero por hoy hacemos una pausa. Seguro que para muchos de vosotros, como para la mayoría de los palmeños, estos espacios encierran un cúmulo de recuerdos que podemos compartir. Y los que seguirán provocando.

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

AMPRimg348Como estoy viendo que en el Facebook se está repitiendo el enlace de este antiguo post del viejo blog Celtibético, muy apropiado para las fechas en que estamos, y que recibió gran número de visitas y comentarios en su día (junio de 2014), y lógicamente, no se puede ver en ese blog (todavía bloqueado por Blogger), os vuelvo a publicar la entrada de entonces, incluyendo alguna foto nueva, facilitada por José Luis de las Heras. Disfrutad.

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Pantalla del Popular Cinema

Los cines de verano de antaño, en Palma del Río

Ahora que ha llegado el calor en su máxima expresión, como si estuviésemos ya en verano, apetece recordar aquellos lugares que eran esenciales para pasar las noches cálidas de nuestra ciudad, como, por ejemplo, los cines de verano. Palma del Río tenía tres cines de verano en mi niñez y juventud: el Cine o Cinema Jardín, el Coliseo España y el Popular Cinema.

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Cines San Miguel y, junto a él, Cinema Jardín

El Cinema Jardín, se situaba junto al Cine San Miguel, en la Calle Alamillos. Se llamaba así, supongo, por las plantas que lo adornaban en la entrada y en el interior, unas enredaderas alojadas en celosías, creo que de color verde (si no me falla la memoria) muy llamativas. Era una terraza al aire libre que compartía máquinas proyectoras con el Cine San Miguel, que se volvían hacia cada local, según la temporada. La pantalla se colocaba en la parte más cercana a la calle Ana de Santiago.

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Calle Alamillos, donde estuvo el San Miguel y el Cinema Jardín, en la actualidad

Fui pocas veces a este cine, que fue el primero que cerró. Recuerdo una vez a mi madre decirme que íbamos a ir “al cine de la sábana blanca”, cuando mi hermana Mari se iba allí con las amigas y queríamos acompañarle. Se refería a que nos iba a acostar temprano, así que mejor olvidarse de la película. Tal vez pensase en la fama que tenía de que en sus sillas de anea se criaban chinches, y no tenía ganas de correr el peligro de los parásitos, frecuentes entonces en las zonas más modestas.

Carteleras-Guadalgenil-1959aOtro de los cines, que duró más tiempo en funcionamiento, fue el Cine Coliseo España. En 1932 el ayuntamiento autorizó a Miguel Jerez y Jerez (médico titular y funcionario municipal) a la construcción de un “teatro de mampostería para espectáculos de verano”, cediéndole el terreno para ello en el Llano de San Francisco (La Segunda República en Palma del Río, 1931-1936, Juan Antonio Zamora Caro y Joaquín de Alba Carmona. Editorial Coleopar Ceparia). En su terraza se llevaron a cabo todo tipo de espectáculos: teatrales, musicales (del gusto de la época, como la copla) y, por supuesto, proyecciones de películas. También recuerdo alguna “Naranjá flamenca” (festival de los que se pusieron de moda en los ochenta) organizado por la Peña Flamenca La Soleá.

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El Coliseo España

Posteriormente a su construcción se edificarían los pisos del Paseo, desde los que vimos más de una película de las que se proyectaban en el cine (sobre todo las que no nos dejarían ver por la edad), en la azotea del bloque donde vivían compañeros del Colegio San Sebastián.

El cine lo compró el ayuntamiento en los años ochenta para caseta municipal. Funcionó así algún tiempo, además de como bar y zona para espectáculos del Área de Cultura, incluido el cine de verano. Se ideó alguna fórmula de techarlo provisionalmente para su uso en invierno, pero finalmente se encargó un proyecto de teatro de nueva construcción, aunque reconstruyendo la primitiva fachada, como recuerdo de la anterior. Hoy día es el Teatro Coliseo, donde se desarrolla cada año parte de los espectáculos de la Feria de Teatro en el Sur, otras actividades culturales e institucionales, tanto públicas como organizadas por entidades privadas, y en contadas ocasiones se ha proyectado también cine.

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Popular Cinema, sillas y cabina de proyección

El Popular Cinema, era también conocido como el cine de la Calle Belén. Fue el último cine de verano privado durante bastantes años, hasta que se cerró para edificar viviendas, como le pasó al Cine San Miguel, aunque éste estuviese abandonado durante bastante tiempo en espera de un proyecto que le diese uso (solo fue empleado por el ayuntamiento durante algunas ediciones de la muestra de murgas del Carnaval). En este cine de verano, recuerdo haber visto, por ejemplo la entonces muy popular “Fiebre del sábado noche” (1977), todavía sin ser mayor de edad, como la mayoría de los asistentes, por lo que al salir al inicio de la proyección la indicación de que estaba autorizada para mayores de 18 años, las carcajadas llenaron la noche veraniega como si de un magnífico gag humorístico se tratase. Nadie podía resistirse a la moda de la música discotequera que esta película impulsó entonces. También asistí a otras películas y espectáculos musicales allí. Así como nos “colamos” más de una vez, viendo la película desde la azotea de los pisos de la Calle Belén, donde vivía mi amigo Manolo Pérez, aunque con mayor distancia que en el caso del Coliseo.

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Comunes a todos ellos, eran los “esenciales” servicios que prestaban al cliente. El puesto de pipas, chucherías, garrapiñadas, altramuces (chochos), por ejemplo, aunque también en los alrededores se instalasen comercios semejantes, la mayoría ambulantes, para surtir a los que iban a pasar allí la noche. Las pipas y otras chucherías, como las palomitas, parecen que están indisolublemente unidas a la contemplación cinematográfica. También había quien llevaba un botijo con agua fresca para que bebieran “a peseta la jartá”. Tal vez fue en el Cinema Jardín, donde lo hacía un tal Valdeón del que me han hablado algunas veces.

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Las carteleras de la “Plaza del Guardia”

El uso de sillas de anea fue nota característica durante algún tiempo. De ahí que del Cinema Jardín se dijera que en ellas se criaban chinches. Algo que pasaría en los demás también. Luego se impuso el uso de sillas y sillones de metal, como las que se usaban en las terrazas de los bares. Los ambigús, para el consumo de bebidas y refrescos, también se fueron generalizando con el aumento del nivel de vida, recordando, por ejemplo, el de Rafael Nieto. En cada cine encontramos unos comunes empleados: operador, taquilleros, control de entrada, barrenderos (por las cáscaras de pipas y otros residuos), acomodadores (que hacían las veces de vigilantes para mantener el orden durante la proyección). Estos cines, como las salas de invierno, anunciaban sus películas, además de en los medios locales, como la Revista Guadalgenil, en las conocidas “carteleras” que había repartidas en diversos puntos del casco urbano, sustituyendo a las de las salas cerradas durante el verano. Y funcionaban con sesiones diarias, lo que les hacía más atractivos.

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En el Paseo los titulares del antiguo Quiosco Manzano, con la fachada del antiguo cine de Paco Castillo al fondo

Habría que resaltar la importancia de los cines, y especialmente la de los cines de verano, en estos tiempos individualistas que vivimos. Eran un entretenimiento ideal y no caro para las noches calurosas, donde se cimentaba la amistad, la convivencia y las relaciones familiares. Un motivo para tomar un refresco, y salir a pasear. Nos ponía en contacto con el mundo que nos rodeaba, estrechando, al mismo tiempo, los lazos de vecindad. Un motivo de añoranza, repleta de emotividad. Algo que se perdió y se está perdiendo en otras partes, donde tienen a gala la conservación de estas instituciones sociales, como pasa en Córdoba capital.

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Foto aérea del Paseo con las naves que adquirió Paco Castillo para el cine

Los últimos cines de verano que hemos tenido en Palma, tras varios periodos de largos años sin nada, fueron el de Paco Castillo en la Avenida de Pío XII, cuyo solar ocupa hoy salón de celebraciones Reina Victoria. Y el que hubo en el lugar que alberga hoy día el Espacio Joven, en la Barriada del V Centenario, junto al Colegio Ferrobús.

juventudEl cine de verano se limita en la actualidad a las proyecciones que realiza el ayuntamiento en la temporada estival tanto en el Jardín Reina Victoria, como por diferentes barrios, donde hay plaza para las proyecciones. En ellas los vecinos se llevan su propia silla, sillón o tumbona para ver la proyección al aire libre. Y algunos hasta mesas de camping para degustar la cena o un tentempié, durante la película. Algo que nos recuerda aquellos gloriosos días en que disfrutábamos del séptimo arte en aquellas salas al aire libre, durante las cálidas noches del verano palmeño.